martes, diciembre 12, 2006

152: YO NO QUIERO SER MORMÓN

Entrados a la casa Manuel empezó a bromear con que estaba muy enfermo, que necesitaba cuidados especiales de parte de la Magda, caricias y todo tipo de contactos que sólo ella sabía hacer, flaquita degenerada, divina que conocía todos sus puntos alfabéticos, sus dolores y sus placeres… Lo decía mientras buscaba ropa para cambiarse después del baño y la flaca no estaba junto a él sino en la cocina sentada en el taburete, a las risas, comiendo algunas fetas de mortadela –callate atorrante- y haciendo sanguche con las palabras y lo que comía.

-Atorranta serás vos- contestó el otro cuando ya habría la llave de la lluvia y se metía bajo el agua empezando a canturrear guasadas cambiándole la letra a canciones conocidas –Yo no quiero ser mormón.- En eso se le llenaron los ojos de jabón y hasta sintió el gusto salado en la boca. Gritó puteadas , se atragantó con saliva y casi se fue al carajo cuando sin querer pisó el jabón que se le había caído. Pero las manos de la flaca llegaron a tiempo a acariciarle la espalda y él entonces se enderezó orgulloso para girar y encontrarse con su compañera desnuda. Flor de canela y graciosas formas.

Así que Manuel se puso a bañarla y a mirar cómo la piel ya de por sí morena se iba oscureciendo a medida que se mojaba con el agua que iba recorriendo todas sus formas. Excitado pero sin apuro, no podía evitar algunos roces que le iban levantando a pesar de haber puesto su mente en sintonía con el recuerdo de Fátima y sus alto vuelo, cada vez más alto pero sin llegar al final sino siempre a un nuevo principio. Enjabonó su espalda, enjabono sus pechos y bajó la mano jabonosa al monte de Venus a enjabonar la espesura. Se miraron a los ojos y los ojos eran transparentes. No había ningún misterio.

Después del baño fueron a la cama, donde estuvieron mucho tiempo el uno para el otro, inventando juegos y saboreando pieles. Trepando a las máximas alturas y por fin abandonándose a dejar de ser dos cuerpos y dos personas para, por un instante luminoso dejar de saber nada y confundirse en el océano de la verdadera existencia.

Más tarde durmieron hasta alguna hora de la tarde en la que la pereza les impidió levantarse para ir a comer y apenas le dio la voluntad para acomodar los miembros en la dificultosa angostura de la cama. Acomodo para uno que era para el otro desacomodo y vuelta a acomodar. Una y otra vez hasta que se volvió juego y carisias y también cosquillas y vuelta a empezar…

Se hacía la noche cuando Manuel despertó con el recuerdo de otro día que había tenido que correr para comprar comida … Saltó de la cama al piso y empezó a ponerse los pantalones mientras la flaca le miraba con un ojo y aun se resistía entre un embrollo de sábanas.

-Bueno, esperame que voy con vos…

Salían por el pastito del frente cuando sonó el teléfono de Magda. Era Giorgionne quién igual hablaba con ella. Tenía que comunicarles algo muy interesante.
Se cruzaron con las hermanas Bronté y sus bolsos de mandados tejidos de piola zizal.

Le había preguntado a su hijo por aquella vieja revista con el avión secreto. La tenía aún y le contó que cuando había ido a Durazno a casa de su amigo, un hombre del lugar que trabajaba en una cantera junto a la base aérea, le había visto aquella ilustración y le dijo que esos aviones despegaban desde allí, derecho para arriba y con un chiflido impresionante.

El almacenero preguntó qué iban a llevar y Manuel comprendió que le hablaba sólo a él que no a la flaca, todavía teléfono en mano y sólo boca para las exclamaciones.

-Te das cuenta Magdalena, que ese avión que vimos viene de esa base de Durazno?

-Y… déme una lata de arvejas…un trapo de piso, antes de que me olvide y eso que se usa para fregar las ollas…

-Esto en vez de aclararse se complica cada vez más!

-Papas, boniatos y zapallo… ah, y cebollas y salsa de tomates…

-Contale a Manuel. Yo ahora lo llamo a Ernesto. Chau.

-Además un pedazo de chorizo de rueda.


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