sábado, diciembre 09, 2006

150: La Telaraña

Ni bien se fueron los Tucus, Magda volvió a tocar el piano sobre las costillas de Manuel. Ya era demasiado tiempo dedicado a la guerra de los mundos. Manuel estaba de acuerdo. Salieron a la superficie y todavía quisieron pasar por los restos del incendio, unos minutos apenas, a ver qué había quedado del capullo y los cadáveres. No había nada. Apenas algunos trozos de palitos, entre vegetal y metálicos, finos y quebradizos, en medio del círculo blanco que destacaba entre tanto hollín. Recogieron un par de ellos sin propósito cierto y volvieron a la calle con los pantalones rayados de carbón, dispuestos ahora sí, a volver a sus asuntos. El amor y la vida en común que habían quedado allá tras los pinos del oeste, como un paraíso escondido donde los árboles saludan a los vecinos y dan sus frutos a la hora del desayuno.
Pero algo había cambiado. Manuel restregó sus ojos y volvió a abrirlos, nada más que para volver a ver sobre todas las imágenes esas telarañas iridiscentes que parecían bailar por la superficie de las cosas. Magda se dio cuenta del repetido movimiento y preguntó qué pasaba.. Manuel volvió entonces la mirada a ella y no pudo evitar un sobresalto al ver que Magdalena era una llamarada de colores tornasolados, rodeada de una concha de luz que se estiraba hacia arriba sobrepasando su cabeza y coronando la imagen con una zona donde la luz oscilaba lentamente entre el turquesa y el naranja.
Volvió a refregarse los ojos y al abrirlos y volver a ver lo mismo no supo qué otra cosa hacer sino echarse a correr revoleando los brazos y las manos como si se quisiera sacar la remera o arrancar los pelos o defenderse de alguna bandada de de insectos que lo atacaran.
Cincuenta metros adelante se detuvo y se dio vuelta. Sonreía amistosamente y como si no hubiera sido él el que se separara, le hacía señas de que viniera, flaca divina, como siempre, sus brazos la esperaban…
-¿Qué te pasó…?
-Nada. Me pareció ver luces.
-¿Bolas…?
No quiso contestar. La flaca estaba allí junto a él. El cielo volvía a ser lo que siempre fue y el lento trasladarse de las nubes blancas y desflecadas decían que no había de qué preocuparse…
-¿Por qué no me contestás?
-Es que no quiero complicarte en mis locuras…
-¿Alguna vez te fallé?
-…Tenés razón. Me ha pasado algo nuevo, distinto a todo lo anterior…
-Contame.
-Vení. Vamos al monte.





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