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jueves, julio 24, 2008

569. Hermosa Melodía

,Enderezó la cabeza y escupió. Igual no veía nada, tenía tierra hasta dentro de los ojos, dentro del cerebro, y de los bolsillos. Razonó que no debía restregarse, pero, qué hacer, en medio del plantío, sin saber donde podría encontrar agua, eso que necesitaba con suma urgencia, ahora lo comprendía, al salir del sopor que le había anestesiado y verse todavía con las ropas del finado abuelo Abelardo, pero muy sucias...
De pronto comprendió que la canción que sentía cantar a no mucha distancia, dulce y melodiosa, alternaba estrofas en japonés y en español. Parecía la voz de Jarumi.

-Ikebana kamasutra.
Nagasaky Samuray.
Nos reunimos esta noche
en el baño de mujeres,
Fujimori Sayonara
Nagasaky Samuray.
Del segundo pabellón
Hiroshima Fukuyama.
ya la guardia está comprada.
Contraseña yamimoto.
Harakiri Samuray...
etc. etc. ...

Se sentó en el suelo sosteniendo la cabeza entre las manos. No lograba abrir los párpados sin que la arena le masticara el brillo de los ojos. Era necesario darle tiempo a las lágrimas para que hicieran su trabajo.
Del lado opuesto apareció la voz de Magda entonando la misma melodía, pero ahora con palabras indígenas:

-Chapicuy Timbó Cuareim.
Tacuarí Caraguatá
Taparemos los vapores.
Queguay Ñandú Iporá.
Hablaremos con la gente.
Yatay Sempé Uruguay
...

Las lágrimas de Manuel caían mezcladas con la risa. Por encima del plantío y de los sombreros sobrevolaban varios teru teros, con su alarma sempiterna, indignados por la invasión del hombre blanco.

-¡¡ Tero !! ¡¡Tero !!

De un agujero en la tierra asomó la cabeza un Tucu Tucu y bostezó. Tenía la mirada perdida en el infinito. Fue lo primero que pudo ver Manuel antes de que sonara la alarma, esa, que indicaba el fin de la jornada. Era necesario ponerse en movimiento.

martes, diciembre 12, 2006

152: YO NO QUIERO SER MORMÓN

Entrados a la casa Manuel empezó a bromear con que estaba muy enfermo, que necesitaba cuidados especiales de parte de la Magda, caricias y todo tipo de contactos que sólo ella sabía hacer, flaquita degenerada, divina que conocía todos sus puntos alfabéticos, sus dolores y sus placeres… Lo decía mientras buscaba ropa para cambiarse después del baño y la flaca no estaba junto a él sino en la cocina sentada en el taburete, a las risas, comiendo algunas fetas de mortadela –callate atorrante- y haciendo sanguche con las palabras y lo que comía.

-Atorranta serás vos- contestó el otro cuando ya habría la llave de la lluvia y se metía bajo el agua empezando a canturrear guasadas cambiándole la letra a canciones conocidas –Yo no quiero ser mormón.- En eso se le llenaron los ojos de jabón y hasta sintió el gusto salado en la boca. Gritó puteadas , se atragantó con saliva y casi se fue al carajo cuando sin querer pisó el jabón que se le había caído. Pero las manos de la flaca llegaron a tiempo a acariciarle la espalda y él entonces se enderezó orgulloso para girar y encontrarse con su compañera desnuda. Flor de canela y graciosas formas.

Así que Manuel se puso a bañarla y a mirar cómo la piel ya de por sí morena se iba oscureciendo a medida que se mojaba con el agua que iba recorriendo todas sus formas. Excitado pero sin apuro, no podía evitar algunos roces que le iban levantando a pesar de haber puesto su mente en sintonía con el recuerdo de Fátima y sus alto vuelo, cada vez más alto pero sin llegar al final sino siempre a un nuevo principio. Enjabonó su espalda, enjabono sus pechos y bajó la mano jabonosa al monte de Venus a enjabonar la espesura. Se miraron a los ojos y los ojos eran transparentes. No había ningún misterio.

Después del baño fueron a la cama, donde estuvieron mucho tiempo el uno para el otro, inventando juegos y saboreando pieles. Trepando a las máximas alturas y por fin abandonándose a dejar de ser dos cuerpos y dos personas para, por un instante luminoso dejar de saber nada y confundirse en el océano de la verdadera existencia.

Más tarde durmieron hasta alguna hora de la tarde en la que la pereza les impidió levantarse para ir a comer y apenas le dio la voluntad para acomodar los miembros en la dificultosa angostura de la cama. Acomodo para uno que era para el otro desacomodo y vuelta a acomodar. Una y otra vez hasta que se volvió juego y carisias y también cosquillas y vuelta a empezar…

Se hacía la noche cuando Manuel despertó con el recuerdo de otro día que había tenido que correr para comprar comida … Saltó de la cama al piso y empezó a ponerse los pantalones mientras la flaca le miraba con un ojo y aun se resistía entre un embrollo de sábanas.

-Bueno, esperame que voy con vos…

Salían por el pastito del frente cuando sonó el teléfono de Magda. Era Giorgionne quién igual hablaba con ella. Tenía que comunicarles algo muy interesante.
Se cruzaron con las hermanas Bronté y sus bolsos de mandados tejidos de piola zizal.

Le había preguntado a su hijo por aquella vieja revista con el avión secreto. La tenía aún y le contó que cuando había ido a Durazno a casa de su amigo, un hombre del lugar que trabajaba en una cantera junto a la base aérea, le había visto aquella ilustración y le dijo que esos aviones despegaban desde allí, derecho para arriba y con un chiflido impresionante.

El almacenero preguntó qué iban a llevar y Manuel comprendió que le hablaba sólo a él que no a la flaca, todavía teléfono en mano y sólo boca para las exclamaciones.

-Te das cuenta Magdalena, que ese avión que vimos viene de esa base de Durazno?

-Y… déme una lata de arvejas…un trapo de piso, antes de que me olvide y eso que se usa para fregar las ollas…

-Esto en vez de aclararse se complica cada vez más!

-Papas, boniatos y zapallo… ah, y cebollas y salsa de tomates…

-Contale a Manuel. Yo ahora lo llamo a Ernesto. Chau.

-Además un pedazo de chorizo de rueda.


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