domingo, diciembre 03, 2006

143: ¡BLANCAS!

Por último todos acordaron quedarse en la cueva. Ernesto ofrecía pizzas o en su defecto chorizos que podía subir a cocinar en el horno…o comprar alguna cosa, pero no. Lo mejor era mantenerse adentro y arreglarse con lo que hubiera. Fueron pizzas. El vino, abundante y embotellado, apareció como atención de la casa, haciendo que Manuel mirara significativamente a la flaca mientras comía la primera porción y se pegoteaba los dedos con la muzzarella que se deslizaba y amenazaba caer engrasando todo. Suerte que lo otros también levantaron la porción sobre la cara y abriendo la boca lograban engullir los hilos sin perder ninguno. El método de todo lo meto en el Metotodo. Para reírse.
Ellos raramente iban a la pizzería. Por falta de money, claro, pero lo novedoso no era la pizza, ni mucho menos el vino, ja! Sino lo otro que también se dijeron con aquella misma mirada, porque sólo con la mirada se puede decir. Eso extraño que flotaba en el ambiente dándole un toque de galante ceremonia, a pesar de los guarangos modales de ellos y aun de Giorgionne, que empezó con un precioso cacho de muzzarella sobre su propio pantalón. ¡Me cago en el cacho!
Era un aire de película de aquellas del tiempo de las ceremonias y las pelucas. Costumbres de antes cuando todos los hombres parecían maricones. ¿Ernesto Federico, sería marica? Era difícil de decidir…y sin embargo… tal vez no fuero eso lo extraño que flotaba en el ambiente.
Manuel tocó con disimulo la rodilla de la flaca para que le mirara otra vez y en la mirada ver si estaban pensando en lo mismo sobre eso que ahora se hacía un raro perfume que untoso e insistente se pegaba a las narinas y cargaba la atmósfera con algo a la vez comestible y desconfiable.
Sí, lo extraño no era otra cosa que un perfume. Uno de esos que usan los ricos, que son más pesaditos que los de ellos, puro alcohol con una gota de extracto, que se desaparecen al menor soplo del viento.
Así que el negro era rico y por eso tenía esos modales. Que te acomodo la mesa de la mejor manera. Que te alcanzo el azucarero y no me olvido de las servilletas…Compro perfumes caros y me los echo encima. Almendras o nueces mezcladas con miel y ese pañuelo en el pescuezo…de seda con seguridad.
Pero lo había salvado de la escalera luminosa y no lo había hecho por Dios, sino por los hombres. Por El Hombre, como él decía. Para salvar al hombre de su esclavitud. ¡Lastima que fuera tan pegajoso! Pero generoso… Y hasta a veces cómico. ¡El famoso Mem! Ernesto Federico de Oliveira e Souza, nativo de Caxías do Sul, en el estado de Río Grande pero venido al Uruguay de pequeño a habitar en aquella casa enorme que tenían encima. Ahora Manuel se la imaginaba nueva y bien pintada, rodeada de jardines por dónde correteaban varios niños ricos. Negros por esta vez, seguidos de niñeras como en esas películas americanas de las plantaciones de algodón, pero con los colores cambiados. ¡Las niñeras eran blancas, ja ja! Y los niños negros eran atrevidos y jactanciosos y maltrataban a las niñeras gritándoles altivamente: “¡Blancas!”
Le vino mucha risa con la boca llena y un trozo de muzzarella huyó de la boca a la nariz, como a veces se mete el arroz, y se atoró totalmente. Un desastre. Quiso ayudarle la flaca dándole golpes en la espalda pero, a ella también le vino risa y también se atoró, con lo que la ayuda la dio por fin Ernesto aconsejando tragar pequeños sorbos de agua para restablecer el sentido de la circulación natural.
Dijo que para la risa sí era bueno el método de los golpes en la espalda. Golpes no. Lo bueno era un solo golpe fuerte tomando al paciente de sorpresa cuando se encontrara distraído y al mismo tiempo a las risas –el método era contra la risa—Era así que se hacía, aunque fuera difícil imaginar alguien a las risas y al mismo tiempo distraído.



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