sábado, diciembre 16, 2006

156: LO QUE EXISTIÓ NUNCA VIERON

Al otro día Manuel dejó solo a Rulo en el trabajo a eso de las tres de la tarde y volvió a su casa que por dentro parecía otra gracias al esfuerzo de la flaca que había rescatado el color de las baldosas. Rojo y crema. La transparencia de los vidrios. Transparente. Y además, sobre la mesa de la cocina estaba la panera de plástico verde cotorra, llena de tortas fritas, amarillas y esponjosas. Sintió un poco de vergüenza. No mucha, porque ni para eso tuvieron tiempo ya que enseguida vieron detenerse enfrente dos vehículos. Un Jeep del Ministerio de Ganadería y un auto gris de vidrios polarizados y ningún cartel. Del Jeep bajó el Pepe Mujica y un gordito que resultó ser el famoso Pepponne, pariente de la mujer de Giorgionne. Del auto bajaron cuatro, entre los que fueron enseguida reconocidos Ernesto Federico y el licenciado.
Para acompañar las tortas había mate. Giorgionne y el Pepe se apuntaron en esa, aunque no en las tortas por problemas digestivos. Ernesto en ambas cosas y los señores del Ministerio de Defensa uno parado y el otro sentado –no alcanzaban las sillas- en ninguna.
Comenzó el Pepe pidiendo a los testigos que contaran detalladamente lo que habían presenciado que, al parecer, podría tratarse de algo delicado, necesariamente delicado, es decir reservado… Estaba intentando hacer más clara esa difusa definición cuando paseando la mirada por los presentes se detuvo- y reconoció- la cara de Manuel.
-¿Otra vez vos?
-Otra vez.
Las distintas versiones de lo sucedido no difirieron más que en pequeños detalles. Coincidieron sí, en que comenzaban desde el momento del ruido y el incendio, pero sin hacer mención a la cueva ni a la sociedad secreta. Agotada pues esa instancia, el hombre sentado del Ministerio de Defensa abrió su portafolio para extraer y mostrar una foto de un X666 y preguntar si era ese aparato el que habían visto descender. Después de la confirmación volvió a hablar el Pepe.
-Yo tengo que decirles algo que no quisiera que entendieran como desde la autoridad del estado sino… desde la confraternidad de los pocos que somos en este pequeño país que no puede ni soñar con enfrentarse a los grandes poderes del mundo. Ustedes han visto lo que nadie debía ver… Ya sé que no es su culpa pero…-bajó la mirada- a todo los efectos prácticos eso que ustedes vieron nunca ocurrió. –Levantó tímidamente la mirada.- Dejemos los misterios para el mundo de los misterios…-Terminó separando las manos en silencio, como mostrando que entre ellas no escondía nada.
Manuel le interrumpió.
-Pero usted vio las burbujas en el piso allá en Fray Bentos, no?
-Es posible…
-Y ahora está sabiendo que lo que provocó el incendio fue la caída de una bola de otro mundo, no?
Mujica se puso pálido. Juntó los carrillos como un viejo jabalí desdentado y suspiró al tiempo que el hombre del ministerio levantaba su extraño celular y presionaba varios botones en él, sin pronunciar palabra. En la distancia comenzaron a sonar reconocidas sirenas que comenzaban a acercarse…
Manuel dio un repentino salto escapando de la rueda y corriendo por el patio antes que ninguna mano le detuviera ni ningún arma le encañonara. Saltó el carrito y siguió a pesar de tropezar con el rastrillo y pisotear las hormigas. Saltó el tejido del fondo y desapareció de la vista del hombre de gris que sólo quería cerciorarse de la dirección de la huída para indicarla por el aparato a los patrulleros que ya llegaban.
El hombre del Ministerio pidió un helicóptero. Mujica se levantó de su lugar y comenzó a gritar cosas por su propio celular. Puteadas y otras cosas que fueron interrumpidas por los otros gritos, los de Ernesto y Giorgionne.
-¡Esto es una traición!
Mujica sin saber a quién atender, si a las personas o al aparato, apenas musitó:
-Estoy atado de pies y manos…
Salió de la casa rumbo al Jeep, con paso lento y desarmado seguido de cerca por Pepponne y sus dos sombras
Por el claro del pinar apareció pistoneando un helicóptero de los grises.
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