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jueves, enero 29, 2009

653. Retorno

Al salir de su consultorio para dirigirse otra vez a la parada y tomar el Copsa, Vittorio se encontró frente a Yanina, la administrativa del libro donde se anotan los pacientes que van llegando y esas cosas, y al Dr. Soriano que entraba desde la vereda después de haberse fumado un cigarrillo paraguayo y tosido dos veces, tal vez apenas por el remordimiento de dejar tanta evidencia médica por el camino además de un consejo presidencial.

-¿Ya te vas...? Qué suerte la tuya, nosotros estamos cada vez más sobrecargados de trabajo.
-No tengo más pacientes en la lista... y además ya es la hora.
-¿Si, no? Por eso te digo, nosotros estamos hasta las bolas con toda la gente que no logra el carnet de Salud Pública. Ja, el último paciente me ha contado que no se lo dieron porque tiene televisión a color en su casa!
-Pero supongo que este gobierno pensará eliminar esa porquería...
-No lo creo. Los hospitales no dan a basto.
-¿La salud no era un derecho?
-Sí, pero cuesta plata... o humillación.

Humillación. Humillación... Al bajar el escalón roto que no se había arreglado nunca, llevaba puesta en la memoria esa palabra que cobraba ahora evidente significado de moneda de curso legal para condonar deudas. Se podían pagar las cuentas con dinero o con humillación, por cierto. Para que el sistema que entroniza la posesión de riqueza no se viera debilitado por la asistencia gratuita dada con mucha humanidad a través de los más elevados principios del socialismo. Siempre se debe pagar. Aunque más no sea aceptando la propia indignidad de no poseer dinero en cantidad suficiente y la alta dignidad de aquel que sí lo tiene, y puede contratar servicios adicionales, como el de no tener que esperar horas en una sala por ajustarse a caprichosos horarios fuera de toda lógica.

La parada estaba llena de gente ansiosa por embutirse en el primer ómnibus que apareciera y Vittorio, uno más entre todos, pero el único que no torcía la cara para ver si el vehículo venía, se detuvo al borde del grupo y, como otras veces, con la mente en blanco, quedó colgado del horizonte opuesto, el del lado de Montevideo, su ciudad,la de su casa, hogar, o sitio donde acostumbraba dormir en aquella cama que compartía con su esposa, la escribana. ¿Sexo? Aquella poderosa fuerza que el viejo Freud describiera como el combustible de todos los desarrollos, conflictos y motivaciones... Sí, alguna vez. Cuando el azar se dignaba a acordar pausas en la larga lista de crispadas frustraciones económicas con cargo a la gran cuenta de los reproches. Sexo. Aquel perfume que las mujeres sólo usan para esperar a sus amantes. ¿Amor?

Al sentarse contra la único ventanilla libre se estaba sintiendo viejo. ¿Sería posible todavía, a los cuarenta y cinco años, sentir el cosquilleo del entusiasmo vital?

jueves, enero 15, 2009

648. Sólo es anormal tu olfato

-¿Y ahora...?
-No, ahora nada. Olor a nada, a cosas que no tienen olor. Ni siquiera olor a aire...
-Mmm...
-Ves, ahora empiezo a recuperar los olores de hace un rato. Ese perfume que estás usando y... algo que huele como a lata herrumbrada, no sé... pero estaba aquí cuando vinimos ayer.
-¿Siempre tuviste buen olfato...?
-El normal.
-Por ejemplo el perfume este que tengo puesto a qué distancia serías capaz de reconocerlo?

La pregunta le causó mucha gracia a Manuel porque como pasó a reír entre explicaciones, era aquel un olor tan horriblemente agrio que se animaba a reconocerle a dos cuadras. Se disculpó. Y para reforzar el gesto le tendió una mano amiga al licenciado.

Apretón de manos.

Vittorio se descubrió de pronto sacudiendo su mano en el aire con otra mano adentro, y no sólo eso, sino que diciendo con aquel tono de voz que creía perdido desde la muerte del abuelo Eulogio, allá cuando el campo, las palabras consabidas que se dicen durante un apretón de manos.

-Y cómo no...!

Con lo que venía a confirmar que hay otras formas de memoria que no dependen de las palabras. Ese tono de voz a lo gaucho un poco refinado, que no reniega demasiado de sus orígenes culturales, pero usa pantalón en vez de bombacha y botas. Como un adelantado ejemplar del mundo gaucho que se adentra al recibimiento de la globalización.

El abuelo Eulogio, con la misma cara de mi madre criolla que ahora se oculta detrás de esta nariz tana que nos ha crecido a todos... Pero volvamos al muchacho.

-¿Lo reconocerías a diez metros?
-¿A diez metros... ese olor...? Sí, claro!
-¿Y a veinte...?
-¡Vittorio... nunca me puse a contar los metros!
-¿Hasta diez estás seguro?
-Sí, hasta diez.
-Ves...? Es lo que digo, tenés un olfato de tísico!
-...
-Quiero decir. Que eso está muy por encima de lo normal. Sos una persona olfativa.
-¿Es bueno eso?
-Y... decime. Tenés con frecuencia fantasías donde aparezcan olores.
-¿Fantasías...?
-O sueños.
-No sé, no me acuerdo...
-¿Y a veces te dicen que sos terco...?
-Pero, ja. ¿Qué es lo que querés averiguar

Vittorio volvió a la realidad. No debía, no debía evaluar a las personas usando esos ridículos moldes mentales! Categorías, tipos, clases y subclases. Como la red que quiere pescar el agua. En cambio allí enfrente había una persona.

-Nada, muchacho. Solo que no me resulta fácil declararte loco. Decís locuras, pero en todo lo otro parecés normal., sólo es anormal tu olfato. Y bueno, yo había relacionado tu gran olfato con un temperamento orientado hacia las cosas olorosas, las que dan placer y las otras. Los malos olores...No me hagas caso.

-Igual no había entendido nada. Pero quiero ir a lo que dijiste antes... que lo único que parecía loco era lo que yo decía. Que en mí mismo no se notaba nada raro, ni siquiera daba el tipo del gran mentiroso. Ni miento ni estoy loco, pero cuento una historia que sólo un loco puede creer.

-Eso! Eso era lo que te quería decir.

-Bueno, pero yo la creo! Y no estoy loco según acabás de reconocer.

-Tenés razón... Salvo que... simplemente estés confundido, equivocado...

-¿Y si yo te dijera que no sos quien creés ser?

-Está bien. Trato hecho. Pongámonos al mismo nivel. No puedo saber cuando estoy viendo locura a través del cristal color locura.

-Ni yo debo pretender que me creas cuando hablo de cosas que vos no creés posibles. Quisiera poder darte alguna prueba.

-¿Prueba...? ¿Se podrá probar una cosa así?

-Por qué no? Vos podés decirme que cosa te convencería de que lo que yo he visto existe... Y después yo te digo si puedo conseguirla.

-A ver... dejame pensar un poco...







sábado, diciembre 30, 2006

169: Villa Los Dogones

El acomodo que pudieron hacer fue con Mandinga adelante, para que entraran sus largas piernas y sus grandes patas y sus largos brazos. Le habían quitado, por supuesto, el colador de la cabeza y los tubos que salín a la altura del pecho y quedaban colgando para atrás por encima de los hombros. No obstante el aspecto seguía siendo extraño y vuelta a vuelta el chofer desviaba hacia allí la mirada, con disimulo y rapidez. Atrás los cuatro iban apretados y, aunque había bajado los vidrios, pronto se empezó a sentir un perfume extraño que, si no era marihuana –que no lo era- bien podría ser de marcela rubia o tal vez de alpargatas de yute. Por suerte Mandinga iba mirando hacia fuera, como reconociendo el camino, pensativo.
A Manuel le resultó divertida la situación. Allí en bonita cabina iban seis personas viajando en silencio por oscuros callejones de balastro, apretadas en esa lata, llevando al Diablo a curar sus heridas. ¿Quién se lo iba a creer? Y menos si en vez de Diablo se dijera Mandinga. ¡Pero justamente eso era lo que estaban haciendo!
Lo miró.-Todo lo que por encima del hombro de la flaca podía mirar para ese lado-. Sí, era como un gorila flaco y alto y con unos pelos largos en las mejillas, en un lugar que no podían ser patilla ni bigote ¿por eso le estaría mirando el tachero? Que..¡eh!
El pobre hombre perdió el control del vehículo derrapando en una zanja llena de arena en la que se enterró hasta los ejes… Hubo que bajarse del auto.
El último en bajar fue ese sujeto alto y peludo, con rasgos simiescos, que con su voz aguardentosa invitó a todos a seguir el viaje a pie. Ya se había dado cuenta de hacia dónde le llevaban y confesó sentirse tan mejorado como para caminar derecho. ¿Se dan cuenta? Ahí fue que Ernesto de Oliveira pagó el viaje con toda naturalidad, como pretendiendo hacer creer que los que viajaban con él quisieran nomás caminar y no hacer quién sabe qué cosas con esa muchachita, la Magda de allá arriba, que iba con ellos… Porque ese negro de Oliveira (que tendrá mucha plata pero que es negro) siempre fue de andar en cosas raras, que le viene de familia, porque la madre sin ir más lejos, que yo la conocí, era epiléptica, sí señor!
Cuando iban llegando a la casona Mandinga ya no daba más. Pidió un descanso a la altura del portón contra uno de cuyos pilares casi se recuesta, con lo que se hubiera ido a la mierda con pilar y todo, así de rajado que habían quedado desde que se cayo el arco superior con su antiguo letrero “Villa Hermosa” que fue sustituido en una simple madera clavada con el nuevo nombre elegido por Ernesto “Los Dogones” El equilibrio del muro seguía siendo inestable y Ernesto logró interponer su cuerpo ante la mole y sostenerla para que pudiera seguir caminando hacia los tres escalones del corredor que a Mandinga le parecieron cada vez más lejanos…
-¿Cría carpinchos sueltos? –preguntó, por decir algo el Cholo.
-¿Carpinchos…?
-Sí, carpinchos. Se acaba de asomar uno desde el corredor…
-Ah…ese…
El Cholo se rió.
-Esto sí que está bueno!
El “carpincho” desapareció, pero enseguida otro asomó su cabeza por sobre la baranda de la esquina, un instante nomás, apenas suficiente para que todos lo vieran.
Manuel sonrió para el Cholo. Iba a tener que explicarle varias cosas todavía.



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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domingo, diciembre 03, 2006

143: ¡BLANCAS!

Por último todos acordaron quedarse en la cueva. Ernesto ofrecía pizzas o en su defecto chorizos que podía subir a cocinar en el horno…o comprar alguna cosa, pero no. Lo mejor era mantenerse adentro y arreglarse con lo que hubiera. Fueron pizzas. El vino, abundante y embotellado, apareció como atención de la casa, haciendo que Manuel mirara significativamente a la flaca mientras comía la primera porción y se pegoteaba los dedos con la muzzarella que se deslizaba y amenazaba caer engrasando todo. Suerte que lo otros también levantaron la porción sobre la cara y abriendo la boca lograban engullir los hilos sin perder ninguno. El método de todo lo meto en el Metotodo. Para reírse.
Ellos raramente iban a la pizzería. Por falta de money, claro, pero lo novedoso no era la pizza, ni mucho menos el vino, ja! Sino lo otro que también se dijeron con aquella misma mirada, porque sólo con la mirada se puede decir. Eso extraño que flotaba en el ambiente dándole un toque de galante ceremonia, a pesar de los guarangos modales de ellos y aun de Giorgionne, que empezó con un precioso cacho de muzzarella sobre su propio pantalón. ¡Me cago en el cacho!
Era un aire de película de aquellas del tiempo de las ceremonias y las pelucas. Costumbres de antes cuando todos los hombres parecían maricones. ¿Ernesto Federico, sería marica? Era difícil de decidir…y sin embargo… tal vez no fuero eso lo extraño que flotaba en el ambiente.
Manuel tocó con disimulo la rodilla de la flaca para que le mirara otra vez y en la mirada ver si estaban pensando en lo mismo sobre eso que ahora se hacía un raro perfume que untoso e insistente se pegaba a las narinas y cargaba la atmósfera con algo a la vez comestible y desconfiable.
Sí, lo extraño no era otra cosa que un perfume. Uno de esos que usan los ricos, que son más pesaditos que los de ellos, puro alcohol con una gota de extracto, que se desaparecen al menor soplo del viento.
Así que el negro era rico y por eso tenía esos modales. Que te acomodo la mesa de la mejor manera. Que te alcanzo el azucarero y no me olvido de las servilletas…Compro perfumes caros y me los echo encima. Almendras o nueces mezcladas con miel y ese pañuelo en el pescuezo…de seda con seguridad.
Pero lo había salvado de la escalera luminosa y no lo había hecho por Dios, sino por los hombres. Por El Hombre, como él decía. Para salvar al hombre de su esclavitud. ¡Lastima que fuera tan pegajoso! Pero generoso… Y hasta a veces cómico. ¡El famoso Mem! Ernesto Federico de Oliveira e Souza, nativo de Caxías do Sul, en el estado de Río Grande pero venido al Uruguay de pequeño a habitar en aquella casa enorme que tenían encima. Ahora Manuel se la imaginaba nueva y bien pintada, rodeada de jardines por dónde correteaban varios niños ricos. Negros por esta vez, seguidos de niñeras como en esas películas americanas de las plantaciones de algodón, pero con los colores cambiados. ¡Las niñeras eran blancas, ja ja! Y los niños negros eran atrevidos y jactanciosos y maltrataban a las niñeras gritándoles altivamente: “¡Blancas!”
Le vino mucha risa con la boca llena y un trozo de muzzarella huyó de la boca a la nariz, como a veces se mete el arroz, y se atoró totalmente. Un desastre. Quiso ayudarle la flaca dándole golpes en la espalda pero, a ella también le vino risa y también se atoró, con lo que la ayuda la dio por fin Ernesto aconsejando tragar pequeños sorbos de agua para restablecer el sentido de la circulación natural.
Dijo que para la risa sí era bueno el método de los golpes en la espalda. Golpes no. Lo bueno era un solo golpe fuerte tomando al paciente de sorpresa cuando se encontrara distraído y al mismo tiempo a las risas –el método era contra la risa—Era así que se hacía, aunque fuera difícil imaginar alguien a las risas y al mismo tiempo distraído.



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