jueves, marzo 29, 2007

255: LA CASUALIDAD DE ESTAR VIVOS

Se sintieron de pronto encerrados y quisieron salir. Pidieron la Harley a Ernesto sin pensar que podrían ponerlo en un compromiso por tratarse de una pieza de colección. Pero Ernesto sólo dijo que se le sacaban el sidecar llamaría menos la atención. Era lo conveniente. Salieron al aire libre con un cielo añil que se platinaba en filamentosa nubes mientras los pinos fosforecían sus verdes en la penumbra. Por esas calles fueron, protegidos por los montes y pasando lejos de la comisaría. Fueron a dar al camino del horno y volvieron rodeando los barrios hasta llegar a dos cuadras desde donde vieron los camiones manchados detenidos frente la casa mientras un enjambre de uniformes los cargaban. Se refugiaron en el monte de panza otra vez sobre las dunas a esperar lo que se hacía sin ninguna prisa. Cerrándose la noche recién roncaron los motores y se encendieron los faros volviendo la imagen en blanco y negro. Se fueron.
Ellos se acercaron como indios entre las, hasta convencerse de que ya la casa no estaba vigilada. Tomaron posesión de ella, comprobaron el despelote y volvieron para el monte a rescatar la Harley de la intemperie y traerla. Estaban en la casa. En aquella vieja casita dónde tantas veces se habían amado, fornicado, lamido y chupeteado. Magdalena se rió al encontrar lo que buscaba en el fondo del cajoncito de los cubiertos. Una punta. Manuel también sonrió.
Enseguida estuvieron desnudos, festejando la casualidad de estar vivos y despiertos con toda la juventud. Maravillándose en la perfecto hecho de que uno tenga lo que al otro le falta y las pieles! Las contiguas pieles buenas para acariciar o para ver o para restregar y morder desesperadamente satisfechos por la presencia del otro….
Sintieron pasos desde la puerta que habían dejado abierta. Todo oscuro y esos varios pasos cortos y poco pesados…Silencio. Algo como un cuchicheo y dos o tres pasitos más. Manuel saltó y prendió la luz junto con el chillido de espanto de las hermanas Bronté al verlo agazapado y en pelotas, pronto para volver a saltar.
Entre ellas se abrazaron de costado aunque sin dejar de mirar, fijamente la anatomía desnuda del primer hombre en muchísimos años que veían. Se quisieron disculpar con incoherencias y confusiones graciosas de palabras. Eran tímidas y recatadas además de temerosas, por eso había optado por vivir de a dos, acompañándose en todas las frustraciones y las pequeñas alegrías. Más con todo fueron recuperando la calma y la compostura sin dejarse de tomar por ambas manos ni de mirar el cuerpo de Manuel todo el tiempo sin hacerle notar con palabras su desnudez.
Apareció la flaca en el ruedo con una sábana sobre el pecho y casi sin impaciencia. La conversación ahora se iba de la situación grotesca creada por ellas a los hechos que habían estado rodeando a esa casa en los últimos días desde que antes se paraba de noche un plato volador arriba y la alumbraba.
-Sí, me contaron –decía Manuel apoyando una mano contra la pared para no taparse nada con ella. Estaba en su casa y estas señoras…
-¿Y usted no tiene miedo…?
-Un poco. Pero si pasa algo le pediré ayuda a los vecinos…-continuaba con el juego, ahora apoyando la espalda contra la pared y doblando la rodilla del otro lado para que las hermanas no se perdieran nada.
Ellas se adelantaron de golpe un paso, largándose entre ellas de la mano más lejana,
-Cuente con nosotras para lo que necesite!



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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