lunes, marzo 12, 2007

239: EL CAÑAVERAL

Dengue se daba cuenta, sí, del interés de aquella historia tan distinta a la suya y escuchaba todos los detalles posesionado en el papel de Ernesto y su nostalgia por una madre de la que no se acordaba pero que creía descubrir en cada perfume y en cada palabra que sonaba extraña a los oídos. Como el llamado de la otra lengua, la que no había hablado nunca…salvo dos palabras que se repetían en sus oídos desde pequeño y que ahora no se atrevía a pronunciar para no sacudirlas con la brusquedad del ruido de su torpeza y la vulgaridad de las cosas cotidianas. Podía sentirlo Dengue, sacudida su alma de un extraño dolor y el pecho herido por una historia ajena, igual que si lo hubiese vivido, en vez de andar durmiendo entre los trapos, de costado para no lastimar las heridas. Así tuvo ganas de levantarse y hacer el movimiento que se imaginaba había hecho Ernesto cuando su padre por fin cayó al suelo, herido por su propia arma entre medio de aquel cañaveral impenetrable donde apenas silbaba el viento, aquel viento enloquecido que había arrastrado al pobre loco hasta el lugar de su muerte.
Podía imaginarlo. Y sin dudas hubiera preferido verse en esos dolorosos trances en vez de acarrear los baldes de comida para los chanchos día a día, con las patas en el suelo, mientras los demás salían a jugar a la pelota. O prender el fuego aquel con ramas y hojas, en el invierno mojadas, pero igual, de alguna manera hacerlo o te aguantás el moquete. Día tras día y ni que hablar de las noches… cuando aullaban los perros y el tío Bernabé chupaba caña de la botella hasta que los ojos se le ponían de vidrio, esa mirada que le anunciaba las intenciones de querer cobrarle el haberlo recogido de la calle en que había sido abandonado, o extraviado, o tal vez simplemente olvidado por descuido… Por mi hermana y la puta madre, mirá el clavo que me dejó!
-Por eso te decía hace un ratito que si yo puedo entender la historia de mi madre puedo entenderme a mi mismo porque no he hecho otra cosa que revolotear alrededor de su imagen ausente, como si fuera una avispa perdida que sigue apenas un rastro de aroma…. Pero perdoná Dengue, me estoy yendo por las ramas…!
-No! Nunca había escuchado a alguien hablando así! No se. Me corre una cosa por todo el cuerpo… Claro…yo no sabía lo que es una madre…
-Tampoco te acordás de ella?
-No se…tengo recuerdos de algunas caras…
-¿Ves que tenemos cosas en común?
-La plata no.
-La plata es lo de menos… Mientras haya.
-En serio vos… pensás eso? ¿Me estás cagando?
Ernesto entrecerró los ojos y sonrió por ellos con una sonrisa ufana que comenzó a fluir sobre Dengue en oleadas de amistad y complicidad desde su ancha cara de negro de los que no se consideran lindos. Sonreía también al público dispuesto ante el escenario partícipes de la misma interpretación de los hechos que mostraba cuales eran las reglas de este juego y por consecuencia cuales eran los verbos a conjugar. Se aplaudía a sí mismo por los acertados pasos dados y su pausamiento, aunque fuera bien cierto que igual, sin pasos ni nada de alguna manera la luz de un pensamiento alto es admirada por todos.
(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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