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miércoles, marzo 03, 2010

794. No es necesario desnudarse

Manuel tuvo que advertirle las reglas elementales para navegar en semejante adminísculo. No pensar en nada, especialmente no pensar en lugares determinados deseables o aborrecibles. No desear llegar a ningún lado, ni tampoco imaginárselo. Aparte de eso estaban en un lugar seguro aunque un tanto apretados. Hacia los lados estaban viendo sus propias imágenes proyectadas en todos los ángulos posible y hasta el infinito. Las paredes no eran de espejo y la aparente solidez que les recluía no era real. Ellos tomados en conjunto seguramente no hubiesen podido entrar en tan sólo un metro cúbico...

-El espacio es relativo. Lo que nos contiene no es un cubo, es...

No encontró las palabras que expresaran lo que él se imaginaba. Un especie de universo isla acotado no por las dimensiones sino por la limitada energía que lo hacía independiente.

-No se preocupen y confíen en mí...

Qué otra cosa les hubiera podido decir cuando todavía no terminaba de decidir hacia dónde trasladas el exceso de pasajeros?
Magda le sopló al oído la palabra cueva.
Pensó negativamente primero y en seguida cambió de opinión. Después de todo ningún secreto les revelaría a nos ser la existencia misma de las cuevas pobladas de aborígenes. No su hubicación geográfica ni mucho menos las muy secretas entradas desde el exterior.

-Vamos a tener que descargar algunas personas en un lugar subterráneo que no deben preguntar dónde se encuentra. Allí estarán bien mientras dos de nosotros continuamos con la misión de rescate que habíamos planeado.

No terminaba de pronunciar las palabras cuando ya una de las inexistentes paredes se volvía transparente hacia el salón principal de la caverna de los aborígenes, donde un buen conjunto de estos, totalmente desnudos, parecía esperar el ómnibus en una parada penumbrosa.
Se asombraron los rockeros de lo que veían, pero mucho más los aborígenes viendo aparecer de la nada un fardo de miembros humanos que ya se estaban desenredando para mostrar el conjunto de estrafalarios representantes del género humano en su versión vestida. Apenas algunos reconocieron a Magda sonrieron aliviados y dándose vuelta hicieron señas a otro grupo que se encontraba distante aunque también atentos a los sucesos. Desde ellos se desprendió una figura flaca, que a zancadas se aproximó, resultando ser Dengue.

Por supuesto mediaron muchas y apuradas explicaciones para ambos bandos. Una vez hecho eso, mientras los aborígenes amablemente explicaban a los rockeros que no era absolutamente necesario que se desnudaran, Manuel determinaba que iba a continuar viaje con Jack.
Le había convencido su presencia de ánimo frente a los bichos bolita pero especialmente, quería involucrar a uno de los muchachos en una acción conjunta entre los humanos de arriba y abajo de esta Tierra.

Así que sin bandas de instrumentos de viento ni redobles de tambores batientes, el insípido hipercubo nuevamente desapareció de la vista humana, sin elevarse ni despegar de ningún modo. Sin hacer ruido ni dejar de hacer sombra porque nunca la había hecho.
Claro que algunos corazones se sintieron apretados o se salieron momentáneamente de ritmo. No es que lo pensaran, pero todas las hazañas humanas se han hecho siempre sin contar con los mínimos criterios de seguridad ni de lógica y ello está presente en nuestras premoniciones, como el sedimento de las innumerables catástrofes ocurridas en otros tiempos.


viernes, julio 31, 2009

718. Desnudo en medios tonos

Pero al cabo de unas horas de sueño, la noche del reciente invierno comenzó a cobrar su crédito a la tibieza. Cesado ya el fragor y... también caída la colcha conque al principio creyeron suficiente cubrirse.
Los ojos de Manuel se abrieron al silencio homogéneo que flotaba por encima. Se levantó en busca de algo conque cubrirse. Miró unos instantes sobre aquella penumbrosa cama, el cuadro irrepetible del cuerpo desnudo de Magdalena, que nadaba con sus miembros y sus senos boca arriba entre las sábanas. Esos medios tonos de grises, esas curvas. ¡Cuanta belleza!
Y el silencio.
Le pareció que el silencio era algo así como el tiempo sin la carga de las cosas. Con sus talones en el suelo frío pensó que era como que el tiempo se detenía cuando las cosas lo hacían. Cuando las cosas dormían y dejaban de suceder. Que el tiempo...
Pero qué le importaba a él el tiempo! El piso estaba demasiado frío debajo de sus pies como para detenerse a considerarlo.
Consiguió una frazada y... Le pareció hasta brutal cubrir con ella aquel cuadro con una burda frazada pero...
Acostado y tapado ya, siguió pensando en la imagen y en los medios tonos. ¿Podría él alguna vez dibujar, o pintar algo parecido...?

Entonces a lo lejos comenzaron a ladrar algunos perros...

Pero más allá...
Quién sabe si para adelante o para atras o para dónde...
Había otro mundo que él conocía.
Los otros amigos... Aquella gran aventura...

Pronto fue otro despertar. Esta vez conjunto a los mimosos quejidos de Magda que se había ovillado a us hombros compartiendo la suave tibieza.

Después la preparación del desayuno en la cocina.
El aroma del café traído por los rulos de vapor que se formaban sobre el cono de franela. La manteca Y aquellos tazones de esmalte cuarteado...

El tiempo continuaba. El tiempo antiguo. Aquel en que habían estado a punto de planificar una familia y agrandar la casita para que pudieran por ella corretear los hijos...

Porque al parecer.... Este era el mundo definitivo, en el que habría que asentar cualquier proyecto que se tuviera...

-Me gustaría ponerme de una vez a dibujar.
-¿Historietas...?
-Sí... Tal vez mi historia, esa...

viernes, noviembre 07, 2008

622. ¿No habrá sido él?

Es posible que haya abierto los ojos, porque algo en él se abrió de pronto y de par en par a todos los sentidos simultáneos. Cataratas de sensaciones le inundaron y sacudieron al mismo tiempo que el beso primordial continuaba según sus más profundos deseos. Los labios sentidos en toda su tierna realidad de calor y delicioso tacto corrugado, el perfume aquel, nunca olvidado de las más antiguas flores abiertas en el aire de las noches, la humedad... La luz que ahora a raudales le inundaba en orgiástica tocatta, el cuerpo todo que revivía de forma violenta latiendo a todo vapor, la respiración que tragaba resuellos insaciables y por cierto el sexo que ahora también despertaba reclamando su lugar. Estaba vivo por cierto y aquella era su flaca de siempre! La impagable, que acababa de hacerle saltar desde la grisura de la inexistencia a la vorágine de la vida.

-Flaca!

Vino desde el costado una enfermera blanca a controlarle la sonda del suero. Magdalena le acariciaba las mejillas. Él sentía necesidad de preguntar todo pero el corazón le reventaba en el pecho y de pronto se estaba mareando.

-Qué me pasó? Por qué estoy aquí?

Magda, con un gesto le pidió una pausa. La enfermera se retiraba...

-¿No te acordás de nada...?
-Y... lo último... que estábamos volviendo de A Bur Na Bar... la carpa aquella...

Magda en silencio le palpó la frente.

-En tu casa. Te encontré tirado en el piso del baño.
-¿En casa...? Qué raro... No me acuerdo de haber llegado. ¿Y vos, no estabas conmigo...?

Vino un médico con comentarios alegres, los de siempre. Le tomó el pulso, le miró un ojo estirando el párpado. Apuntó cosas en una libretita y murmuró otras hacia la enfermera.

-Haz estado mucho tiempo inconciente...
-¿Qué me pasó?
-No se sabe... Los estudios dan resultados normales. Estabas caído, desnudo, pero aparentemente no te habías golpeado al caer.
-¿Y Satanás...?
-¿De qué hablás...?
-Digo. ¿No habrá sido él...?
-¿El que qué...?
-...el que me tiró... que me hizo algo y me dejó incociente...
-...

La enfermera estaba de vuelta quitándole la mariposa del suero en la muñeca. Había escuchado parte de la conversación pero apenas movió la mirada en silencio de uno a otro. Cuando por fin se fue, Manuel arremetió con sus preguntas. Quería ponerse al día. Si era que había estado inconciente entonces... qué había pasado en aquella vuelta de Galilea traídos por Jesús dentro del receptáculo formado por las líneas de guiones. ¿Habían llegado sin inconvenientes? Ernesto ¿Se había seguido quedando con Rommel, el pequeño zorrito que se les había colado? Jesus, ¿Estaba todavía con ellos, en la caverna, aconsejándoles sobre el mejor modo de defenderse de Satanás?

En vez de contestar los labios de Magda temblaban y sus manos apretaban sin motivo las de Manuel.

-Esperame un momento. Tengo que hablar con el doctor...


sábado, julio 26, 2008

570. Los Barracones

Como todos los días varias confluencias de techos chinos se fueron sumando a medida que brotaban de entre los marchitos tallos de las deshojadas amapolas. Como guerrilleros de las películas de Viet Nam, aunque no saliendo de un arrozal, por esta vez, sino del anterior mar rojo de seda en labios que besan. Las bellas amapolas, ensoñación simbólica de la fugacidad de la belleza, cuando sobre sus elásticos tallos lucían bajo la bóveda celeste la canción de tantas bocas, modulando apenas una misma y mismísima nota musical llevada por el viento. El contraste doble de la existencia de lo que no existe y la hilera de rígidos sombreros oscuros montados sobre frágiles criaturas que no reclaman ni por su propia existencia, mientras enfilan pié tras paso por los senderos de antes de llegar a los barracones. Para un cuadro de Van Gog de cuando aquellos que comían papas con humo, o un dibujo de Brescia, fotografiado en blanco y negro, con sombras totales y golpes de rayas blancas.

De los primeros fueron los sombreros de Magda y después Manuel, que caminaban inclinados hacia la tierra, ocultando a la vista los rápidos cambios que mostraban sus rostros, a medida que en silencio ellos pasaban visa, con recuperada memoria, del tiempo perdido y con recuperado entusiasmo, de las interesantes posibilidades revolucionarias que se podrían presentar en un mundo así, tan infantilmente egoísta. Porque -pensaban- la gente acostumbrada a un modo de vivir sin haberlo conquistado termina por querer cambiarlo con tal de tener un pretexto para luchar. Por suerte, que si no estaríamos todos metidos en las cavernas.Pero y entonces, un mundo tan estúpidamente ridículo, como el que habitaban, no podría más que querer cambiar en el sentido de mayor humanidad, por decirlo de algún modo...

También con la mirada dirigida hacia abajo vieron, cada uno por su parte, el par de míseros piés sucios y lastimados que les venían sosteniendo sobre las suelas destartaladas de las ojotas, entre pedruzcos y trozos de tallos secos, y con espinas clavadas en todos los dedos. Mucho más que cuando chicos correteaban por los baldíos o por la calle de balastro, sin pensar que pudiera ser extraño caminar con los pies desnudos, más bien lo más natural, y tan cómodo al menos como resultan, después de acostumbrarse uno, los magníficos zapatos de horma. Eso era todo. Aquellos míseros pies eran parte integrante de ellos mismos, que no estaban tampoco muy elegantes y que sin embargo, en algunos rincones de las entretelas, albergaban un pequeña pícara alegría de saberse ricos en simplicidad. No cargaban por lo menos, sobre sus espaldas, las toneladas de prejuicios y falsos conocimientos. Aunque tampoco cargaran a cambio ninguna verdad. Cosa que debería darles algún tipo de ventaja, mayor movilidad, mejor razonamiento...

Vieron los y las guardias que vigilaban el ingreso de las columnas humanas a las puertas de los barracones, por primera vez. Aquellos rostros lejanos, que de pronto se venían encima con esa sonrisa de estúpidos bien alimentados, no los habían soñado, en noches de fiebre o tormenta, sino en la realidad, que suele ser bastante más cruel.

Puertas que corren suspendidas entre dos rieles y se cierran silenciosamente, capturando la atmósfera interior para que no pierda su esencia ensoñadora. Esa que pronto les iba a derrotar la conciencia si no se ponían a actuar más rápido que los gases!!

Corrieron y saltaron sobre las camas, a recogerles las sábanas para ponerse a tapar las bocas de los ductos, que ya comenzaban a exhalar cantos de sirena. Gritaron llamando la atención de aquellos que les rodeaban, que fueron muchos, al principio sin comprender porque esos muchachos hacían cosas tan extrañas, aunque divertidas, trepados sobre las columnas y las ménsulas de los galpones. Después algunos poco a poco sonreían, se rascaban la cabeza y dudaban de la loca idea que se les acababa de ocurrir, cuando vieron a los muchachos entubando trapos por dentro de aquellas cornetas que bajaban de lo alto, como tapándole la boca al que gobierne ese extraño lugar en que estaban, al que a veces les parecía no haber querido venir. Y más sonrieron cuando les vieron correr sobre las ménsulas que llegaban a la hilera de banderolas altas, que cerradas todo el año no dejaban cambiar los aires, y que, de haberlas conocido hubieran deseado todos abrir
.
De pronto surgió de entre la gente, un par de muchachos peludos que, al mismo tiempo iban trepando columnas distintas. Se pararon arriba sobre la ménsula del medio y están haciendo ademanes de que quieren que otros los sigan. ¿Por qué no...?

miércoles, junio 11, 2008

551. Cambiando de tema

Aquella noche, después de despedirse de Margarita y entrar al dormitorio quitándose la ropa mojada, tuvieron que acostarse completamente desnudos el uno con el otro.
Por fin.


Mientras afuera la tormenta continuaba silbando en los pinos y salpicando paredes y ventanas de forma despareja...

No estaba mal. Que lo siguiera haciendo sin ninguna prisa y a su manera. La muy puta naturaleza. Que sabe administrar la fuerza de la pasión sobre el estrecho sendero del placer. O algo así, queriendo decir la imaginada cresta de una montaña, un momento de máxima excitación, eso que se nos presenta como el borde de la catarata cuando ya nos estamos por precipitar... y sin embargo como un surfista remontamos la ola que nos acaba de derribar, apareciendo por sobre su lomo, con los brazos abiertos, y volando por los aires con tabla y todo.
La naturaleza sabe.
Sabe mostrarlo todo en cámara lenta, las patas revolendose en el aire mientras la tabla se aleja dejando un rastro de gotas, de a una, que describen trayectorias increíbles. Todo se ve o se siente, mientras los bólidos van cayendo sin ninguna sincronía sobre las redondos duomos tibios de las tetas de la flaca. Tan erctas y esos pezones oscuros...
La naturaleza sabe.
Que los dedos son atraídos por el placer que van a producir cuando se deslicen de esa forma por ese lugar. Que por un momento sabremos sentirnos fuera de todos los límites. Que nos gusta y hace bien.

La naturaleza no siempre sabe cambiar de tema. A veces se le da por mantener una misma tormenta en su grado de máxima energía por varias horas sin amainar. A las diez todavía gopeaban las pinochas sobre los vidrios, se sacudían los postigos y los muchachos acababan de dormisrse abrazados.

Margarita tampoco había dormido- Casi. Demasiadas novedades para un sólo día. Necesitaba pensar. Aunque por momentos no supiera qué. Lo necesitaba para aceptar, poniendo todo dentro del campo de la lógica, que la realidad pudiera abarcar dentro de sí a todas la irrealidades posibles. Que cada uno y ella misma no sean más que una entre millones posibles versiones que por todos lados y al mismo tiempol andan viviendo vidas distintas, aunque con algunos elementos en común...
No es que nunca lo hubiese pensado. Lo había pensado por supuesto pèro, ¿Quién hubiera pensado que era posible? Como los distintops resultados de las ecuaciones que todas tienen su forma de realidad, aunque sean irracionales,imaginarios o complejos. Pero uno sigue pensando que cada problema tiene una solución o que cada circunstancia tiene una definición de si misma que es la verdadera. Que el observador objetivo....
Por otra parte qué podría pensar de la llagada de un hijo justo en el momento en que más lo necesitaba. Por la ventana primero asomándose y golpeando la puerta despues en un mar de timidez. De dónde había salido? ¿Un milagro?

Ella no creía en milagros, por más que con esos temas acostumbrara hacerlo rabiar a su padre.


domingo, junio 01, 2008

545. La Conversación

Terminada la sopa Margarita tuvo ganas de seguir conversando. Olvidó por el momento no haber entendido precisamente qué era lo que los muchachos pretendían, quizá por pura broma, porque...
Siguió preguntando lo de la pareja, tan jóvenes, desde cuando, qué vida tan distinta a la suya, y... De pronto se empezó a hundir en la historia que, de a ratos Magdalena y de a ratos Manuel, iban hilvanando como una ristra de mentiras que no se diferenciaban demasiado de la verdad. Por lo pronto nada se dijo de los mundos paralelos ni de la verdadera identidad de Manuel, hijo
no nacido de la señora presente, ni de la tristeza que que éste sentía por perder al mismo abuelo por segunda vez en dos años. Lo que a Margarita envelezaba era el amor de pareja que los muchachos dejaban entrever al relatar descuidadamente sus anecdotas de los catorce años y de los quince. Los bailes donde todos iban a divertirse sin estar pensando en la vuelta a casa. Las largas noches sobre la arena...
Los tiempos no habían cambiado tanto, pensaba, porque ellos hacían todo lo que ella había pensado sin hacerlo, cuando por las noches se imaginaba yendo a una comunidad hippie de por lo menos Cabo Polonio, donde todos se bañaran desnudos, hubiese luna o no, y se acostasen sobre las rocas planas, por lo general de a dos, todavía ataviados con algunas algas verdes y olor a mejillón. Nada nuevo bajo el sol, salvo el enorme atrevimiento vital de estos muchachos que tal vez ni sepan cuan afortunados son. En la calle, como ellos dicen, con esa manera directa de expresarse, y la calma conque encaran las realidades. Como los perros de la calle, que por cierto son los que nunca ladran ni muerden a los vecinos, porque no tienen propiedad alguna para cuidar en este mundo ancho y ajeno. Ellos tampoco, se veía de lejos y volvía natural el hecho de que anduvieran pidiendo alojamiento por una noche, apenas, cuando en realidad ella les haría lugar permanente de buena gana, si eso no fuera romper con todas las cosas sensatas que nos enseñan desde la niñez. Se rió para adentro. Imaginaba a las hermanas Bronté pasando a cada rato para el almacén fingiendo haberse olvidado de algo, y de paso terminar de catalogar a las dos personas que están viviendo con la flaca Margarita , la hija del viejo que murió electrocutado. Porque de pronto la idea le resultó graciosa. Toda la escena, los vecinos enfermos de curiosidad, ella con cara de tonta, los muchachos entrando y saliendo de su casa como si fuera la suya, el Toba arrimando sus buenos concejos, "ahora que has quedado sola". ¡Era eso! Ahora no se sentía sola. Estos muchachos habían llegado como ángeles salvadores a demostrarle que la vida continúa y que es en esencia una serie de decisiones libres, a partir de ahora, ya. De lo que le estaban contando se entendía que siempre habían tomado los hechos como un desafío para seguir viviendo, por prueba y error, pero sin complejos. No habían pensado nunca en un plan a largo plazo, eran seres vivos, no programas de computadora.

Y en eso Margarita tal vez tuviera razón, si consideramos que desde niños se nos pregunta qué vamos a ser cuando grandes. Qué vamos a saber qué vamos a ser, sabemos apenas que queremos ser fuertes y tener libertad de hacer cualquier cosa...

Margarita le tenía tirria a todo eso de las computadoras, no sólo porque esos aparatos, o mejor dicho el aparato diabólico que había estado inventando en los últimos cinco años, su padre, y que... Claro, fueron muchas noches de invierno que en vez del susurro de la lluvia sobre el techo, en la casa se oían aquellas palabras extrambóticas de los nombres de los comandos y sus complejos desarrollos lógicos. Sin embargo se había ofrecido como secretaria y primera operadora de toda aquella mesa llenas de llaves de relé y de manojos de cables negros. Una locura. Pobre su padre.

-Se ha hecho tarde. Vengan que les muestro la pieza...

Manuel quería hacerle una pregunta antes, sobre qué era lo que su padre estaba inventando con tanta pasión.

-Una computadora distinta...
-¿Cómo distinta...?
-Sí, el decía que iba a ser distinta, que no se iba a armar sobre chips, sino sobre objetos...
-¡¿Objetos!?
-Sí, en realidad no sé a que le llamaba objetos.
-No serían algo como piedritas...?

La mujer había visto efectivamente que su padre colocaba una caja de acrílico transparente en el medio de todos los aparatos, allí donde una luz violácea parecía siempre estar pulsando, con unos cositas oscuras, probablemente guijarros, en su interior. Era la zona peligrosa donde le había explicado que estando todos los "campos" activos se generan fuerzas electromagnéticas muy poderosas, capaces de despedir violentamente a una persona o aplastarla.

-De ahí lo tuve que retirar luego de apagar todas las llaves.
-¿Y el invento?
-El invento quedó allá en la otra casa... en el galpón...

Manuel estaba exitado.

-¿Podemos ir a verlo?

Margarita no comprendía.

Manuel sí comprendió. Tenía que decir algo. Explicar su interés al preguntar por una cosa que supuestamente no debería comprender. Una mentira, por ahora.

-Me habían hablado de un inventor, yo lo quería conocer...

A Margarita le pareció suficiente razón como para desestimar que fuera más de medianoche. Buscó el manojo de llaves y la linterna.

-Allá no hay luz, la casa está para la venta.

Salieron los tres atravesando calles y charlando a viva voz como si fueran viejos camaradas de aventuras relatando las nuevas vivencias. Compartiéndolas y disfrutando de la charla bajo un cielo muy poblado de estrellas diamantinas.

lunes, abril 02, 2007

258: LAS BOLAS NO SE ENTREGAN

Pasada la medianoche se quedaron dormidos sobre los colchones en el piso. Ahora la señora luna empujó las cortinas y entró silenciosa a alumbrar de blancura el par de cuerpos dorados. Esos senos perfectos, redondos y suaves al alcance todavía de la mano varonil que indolente descansaba acariciando el ombligo. El perfil del muchacho, broncínea moneda imposible de repetir. Las rodillas dobladas de ella. La otra mano en el pubis, la sonrisa satisfecha compartida hasta en sueños… Todo lo iluminó, lechosa luz de paso quedo, almohadonada en el cri cri de los grillos, para no acallarlos ni molestarlos y proseguir su recorrido, allá por sobre las copas de los pinos y más allá en las colinas y los campos, los árboles y las casas solitarias, invitando a la blandura.

Ellas en cambio, habían discutido y ofuscadas se acostaron en sus distantes y demasiado altas camas. Que odiaban, como odiaban las agujas de crochet y los huevos de madera que se habían usado para poner dentro de los calcetines al zurcirlos. También las cortinas floreadas con festones y las bolsas de agua caliente con fundas acolchadas. Todo eso que siempre les había rodeado y que sin querer reponían mucho antes de que se gastaran, como queriendo conservar todo en el estado primero que habían conocido, sin que pase el tiempo, para que aun sea temprano para empezar a caminar.
Habían discutido por el muchacho, esa era la verdad. Flori lo sabía tanto como Juve que no quería reconocerlo, en cambio Juve quería escribir la escena con tantos detalles anatómicos, que ella…a ella le daba un poco de vergüenza, pensando que eso se iba a publicar aunque fuese en España, y que el señor Tuque les hubiese escrito esa carta solicitando más sensualidad y nervio. (¡qué viejo pajero!)
Aunque bien considerado, ellas vivían de eso y como firmaban todo con ese seudónimo espantoso que les había enchufado el viejo, como si fuera creíble que una bailarina de un salón del lejano oeste, –Loreley-, se pusiera a escribir una novela ambientada en una mansión de Béverly Hills del siglo 21. Podría ser divertido después de todo, porque ella se sentía capaz de expresar muchas cosas con el más directo de los lenguajes, si se quiere, ese lenguaje prohibido por estar compuesto por todas las más deliciosas palabras que se hayan inventado, las palabras mágicas, que no solo son palabras sino que son las cosas que designan, que hace que quien las oye las huela, las guste sobre la lengua, las sienta… Mañana se iba a reconciliar con Juve.

Los despertó el Dengue con sacudones y voces a medio tono para decirles que había llegado Pepponne diciendo que la intervención era imparable si no entregaban al menos una bola diciendo que era la única e inventando alguna mentira creíble sobre el origen de los planos.
Manuel saltó del colchón por segunda vez en la noche, en busca de los vaqueros y la remera.
-¡Las bolas no se entregan!

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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viernes, marzo 30, 2007

256: SACERDOTE DE SATÁN

Se sintió el ruido de una moto que paraba adelante sobre el pasto. Entró el Toba con el casco rojo en una mano casi amenazante.
-¿Pero qué hacés, Manuel!
-Estoy en mi casa.
Las miradas rebotaron en todas las barandas haciendo carambolas. Del Toba para las hermanas Bronté y de las Bronté para Manuel. También el Toba para Manuel en abanico de ping pong. Porque volvía a mirar a las Bronté muy bien vestidas aunque…raras… y a Manuel totalmente desnudo, sonriente y sin taparse con nada. Ellas se retiraron un paso de Manuel y giraron los cuerpos en dirección al recién llegado, hicieron una casi reverencia como muñecas a cuerda que bailaran acordadamente entre las dos. Una reverencia y mutis por el foro.
La Magda le tiró una toalla encima que fue contraproducente en cuanto a la desnudez de Manuel porque, si bien primero se le había colgado del hombro en diagonal para abajo, cubriendo las partes pudibundas, pronto se fue resbalando, justo cuando todas las miradas confluían en ella… desnudando otra vez al desnudo para renovado asombro del pobre Toba que aún no sabía qué pensar y renovado placer para las hermanas Bronté.
Toba trató de recomponerse.
-Entré porque supe que los milicos se habían ido y al ver luz…
-Cuando llegaron las vecinas Manuel la prendió.
Ellas se sintieron aludidas.
-Nos dijeron que aquí se celebraban rituales diabólicos.
Manuel bromeó sobre que si se venían a inscribir y ellas apenas si sonrieron antes de afirmar que la de ellas había sido una sana curiosidad intelectual.
-Para saber de qué se trataba. Hay mucho material sobre esos cultos que a nos suena como una exageración interesada. Queríamos participar de una celebración real para volcarla luego por escrito.
-¿Escrito?
Volvieron a agarrarse de las manos una junto a la otra como las muñecas que había sido.
-Nosotras escribimos…Somos escritoras…
El Toba temió por un instante estar haciendo el papel del ridículo boludo frente a todos estos que le estuvieran tomando del pelo.
-¿Qué escriben? ¿A quién le escriben? ¿Para qué?
-Es nuestra profesión. Vivimos de eso.
La flaca agarró la onda de lo que las mujeres decían y se acercó con su sábana.
-¿Escriben novelas?
-¡Claro…! Ahora estamos escribiendo una en la que el personaje central, una muchacha de la alta sociedad se enamora del jardinero de su familia que en realidad es un sacerdote del culto de Satán.
Toba se agarró la pera con la otra mano.
-Ahora empiezo a entender.
-El se le presenta como un hombre, que aparte de ser hermoso, está vestido de todas las virtudes, desde el valor a la generosidad. Desde el buen humor a la galantería…
-…pero es el Diablo!
-No, el Diablo mismo, no! Es un sacerdote –tenemos que averiguar como se le dice- de la secta de Satán. Nos ha parecido mejor decir Satán que Satanás porque, si bien Satanás suena como una serie de golpes que pudieran ser definitivamente mortales, en cambio Satán es algo más concreto, también con ese aire de cosa fatal, pero la oscura fatalidad corporizada en un sujeto.
Para escucharlas mejor Magda se fue a recostar con Manuel sin percatarse que el Toba había dado el mal paso de pisar la cola de su sábana que se le quitó de encima, dejándola, al llegar ella a sus brazos, tan desnuda como él y tan campante.


(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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jueves, marzo 29, 2007

255: LA CASUALIDAD DE ESTAR VIVOS

Se sintieron de pronto encerrados y quisieron salir. Pidieron la Harley a Ernesto sin pensar que podrían ponerlo en un compromiso por tratarse de una pieza de colección. Pero Ernesto sólo dijo que se le sacaban el sidecar llamaría menos la atención. Era lo conveniente. Salieron al aire libre con un cielo añil que se platinaba en filamentosa nubes mientras los pinos fosforecían sus verdes en la penumbra. Por esas calles fueron, protegidos por los montes y pasando lejos de la comisaría. Fueron a dar al camino del horno y volvieron rodeando los barrios hasta llegar a dos cuadras desde donde vieron los camiones manchados detenidos frente la casa mientras un enjambre de uniformes los cargaban. Se refugiaron en el monte de panza otra vez sobre las dunas a esperar lo que se hacía sin ninguna prisa. Cerrándose la noche recién roncaron los motores y se encendieron los faros volviendo la imagen en blanco y negro. Se fueron.
Ellos se acercaron como indios entre las, hasta convencerse de que ya la casa no estaba vigilada. Tomaron posesión de ella, comprobaron el despelote y volvieron para el monte a rescatar la Harley de la intemperie y traerla. Estaban en la casa. En aquella vieja casita dónde tantas veces se habían amado, fornicado, lamido y chupeteado. Magdalena se rió al encontrar lo que buscaba en el fondo del cajoncito de los cubiertos. Una punta. Manuel también sonrió.
Enseguida estuvieron desnudos, festejando la casualidad de estar vivos y despiertos con toda la juventud. Maravillándose en la perfecto hecho de que uno tenga lo que al otro le falta y las pieles! Las contiguas pieles buenas para acariciar o para ver o para restregar y morder desesperadamente satisfechos por la presencia del otro….
Sintieron pasos desde la puerta que habían dejado abierta. Todo oscuro y esos varios pasos cortos y poco pesados…Silencio. Algo como un cuchicheo y dos o tres pasitos más. Manuel saltó y prendió la luz junto con el chillido de espanto de las hermanas Bronté al verlo agazapado y en pelotas, pronto para volver a saltar.
Entre ellas se abrazaron de costado aunque sin dejar de mirar, fijamente la anatomía desnuda del primer hombre en muchísimos años que veían. Se quisieron disculpar con incoherencias y confusiones graciosas de palabras. Eran tímidas y recatadas además de temerosas, por eso había optado por vivir de a dos, acompañándose en todas las frustraciones y las pequeñas alegrías. Más con todo fueron recuperando la calma y la compostura sin dejarse de tomar por ambas manos ni de mirar el cuerpo de Manuel todo el tiempo sin hacerle notar con palabras su desnudez.
Apareció la flaca en el ruedo con una sábana sobre el pecho y casi sin impaciencia. La conversación ahora se iba de la situación grotesca creada por ellas a los hechos que habían estado rodeando a esa casa en los últimos días desde que antes se paraba de noche un plato volador arriba y la alumbraba.
-Sí, me contaron –decía Manuel apoyando una mano contra la pared para no taparse nada con ella. Estaba en su casa y estas señoras…
-¿Y usted no tiene miedo…?
-Un poco. Pero si pasa algo le pediré ayuda a los vecinos…-continuaba con el juego, ahora apoyando la espalda contra la pared y doblando la rodilla del otro lado para que las hermanas no se perdieran nada.
Ellas se adelantaron de golpe un paso, largándose entre ellas de la mano más lejana,
-Cuente con nosotras para lo que necesite!



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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