martes, enero 09, 2007

177: Tratado Militar Secreto

El Cholo iba adelante con Manuel y la flaca. Unos pasos más atrás El Dengue con Ernesto Federico que parecía diez años menor y con más entusiasmo que cualquiera. Por ultimo les seguía un perro callejero que solía andar por ahí. Por el lado derecho, alejándose en perspectiva, la hilera de grandes eucaliptos de siempre que se perdían después de la cuesta arriba del lado norte. Ellos entraron por los terrenos baldíos y cruzaron entre los pinos para no llamar la atención.
La flaca seguía hablando con Giorgionne, de vez en cuando emitía alguna exclamación tipo no te puedo creer y después callaba mientras del auricular seguía parpadeado la chicharra sonora mientras todos hundían sus pies en la arena, subiendo y bajando dunas.
Una versión muy incompleta de los hechos había salido en La República, recogiendo el rumor de la renuncia de de la Ministro de Defensa y titulando
CRISIS EN EL GOBIERNO
Sale a luz un tratado militar secreto
Vittorio se aprestaba a enviar el artículo en un correo electrónico pero eso no era todo. La oficina de Mujica había estado más visitada que nunca por gente que venía a expresarle el apoyo. Pepponne decía que era la pulseada más fuerte que él hubiera visto dentro del Frente. Y Giorgionne lamentaba que nadie hablara de las Bolas ni de la guerra cósmica.
Salieron a la luz del otro callejón y desde esa altura por la larga bajadita, allá adelante se veían aun los dos coches grises frente a lo de Manuel. En cambio, ni rastros de los sujetos. Se fueron acercando con cautela, es decir mirando bien el frente de la casa por si aparecían los grises y al mismo tiempo controlando los flancos y la espalda, no fuera cosa de quedar encerrados en un sanguche.
A treinta metros de los autos todavía no pasaba nada más que algún temblor de piernas por causa del crispamiento de la atención puesta en un solo punto. A los veinticinco a la Magda, que había cortado la llamada, le pareció ver algo gris por el costado de la casa, pero cuando volvió a mirar no había nada. A los veinte se separaron en dos alas y un centro. El ala derecha, contra la zanja eran Manuel y Magda. La izquierda del lado izquierdo estaba formada por el Dengue y Ernesto Federico. En el centro de la calle seguía el Cholo, avanzando a grandes pasos, con la cabeza erguida y tirada levemente para atrás, acompañando el ángulo de su lanza en ristre, enfundado en una remera negra de Los Piojos y reclamando a los dioses del universo, so pena de cruentas represalias, la puesta a punto de la anarquía universal. A diez metros se tuvieron que detener porque…no podían avanzar. Habían llegado hasta el lugar donde terminan los lugares, por lo menos hacia delante, aunque se siguiera viendo allí a los autos parados y el pastito de delante de la casa de Manuel con el sendero entre los dos árboles grandes y se supiera que por entre los dos árboles se puede caminar, eso no existía. Más que como una película proyectada sobre algo más cálido que un vidrio pero tan intáctil como suele ser el aire. Fueron entonces caminando contra esa pantalla sin dejar de mirar lo que pudiera ocurrir en la escena y al cabo de unos minutos comprobaron que aquellos estaba describiendo un círculo con centro entre la casa y los autos. ¡El círculo pasaba por la mitad de la casa del Toba! En la casa no había nadie, pero el perro había quedado dentro del círculo. Al verlos empezó a ladrar amistosamente y respondió a las palabras de Manuel –el sonido atravesaba bastante bien el muro de aire, así que…- Entonces Manuel tubo la brillante idea de chumbar al perro señalándole su propia casa. Hizo ese gesto con la cara y con el índice pinchando en el aire una sola vez, porque el perro salió como loco saltando obstáculos y revoleando las orejas hasta que entró por el costado del terreno derecho a la puerta de la cocina que seguro estaba abierta. Se sintieron ladridos de otro tipo y por momentos, algo parecido a un grito humano cuyo posible emisor apareció saltando en una pata, la que el perro estaba mordiendo, por el frente de la casa seguido por los otros grises que pistola en mano no atinaban a apuntar bien las armas sobre el bruto por lo movedizo de la escena.
Manuel se quedó pálido –lo van a matar- pensó y sin pensar más le hizo al perro el mismo silbido que le hace el Toba para llamarlo, con lo que el animal soltó enseguida su presa y corrió el regreso casi junto con las balas que en seguida los sujetos empezaron a disparar hacia ellos. Suerte que las balas rebotaban contra la burbuja energética apenas haciéndola vibrar como una campana.





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