lunes, enero 15, 2007

183: SILICONAS Y TELGOPOR

En la Galería Máxima Ernesto había puesto un par de bancos largos y unos cuantos taburetes que, junto con los sillones y sillas que ya tenían en la caverna iban a ser suficientes asientos para lo que imaginaba una larga reunión informativa. No invitó a los Tucus porque era obvio que no iban a querer exponerse ante tantos desconocidos, pero, instaló varios micrófonos conectados a los parlantes que siempre estuvieron en algún lugar de las galerías donde él no había llegado.
Cuando Pepponne pudo superar su claustrofobia y atravesar el declive en 45 casi sin pisar los escalones, comprendió por qué su medio pariente se había hecho tan adicto a este lugar y a las reuniones que se hacían allí. Las altas cúpulas de arenisca rosada daban un marco adecuado a cualquier actividad que se pudiera realizar bajo ellas, pero mucho más cuando se trataba de verse enfrentados a un enemigo que viene de afuera. A misteriosos seres grises habitantes tal vez de un mundo sin sol y alimentados no con carne y ensaladas sino con siliconas y telgopor. (Cosa que no agregaba peligro al peligro, aunque sí desprecio al temor que les tenía)
Aceptó ser el primer expositor. Su tema era obvio. Qué información maneja el gobierno y cuales serán las medidas que piensa adoptar. Comenzó con la clásica aclaración: Todo lo que dijera en delante era información confidencial que en caso de ser divulgada sería sistemáticamente desmentida, desvalorizada y quizá…hasta reprimida.
El gobierno no entendía nada. Sabía sí, y en privado lo reconocía, que había existido un tratado militar secreto, un pacto bah, no firmado de la manera normal sino con unos garabatos significativos, solo reconocibles por el firmante y la otra parte. El pacto había sido impuesto por una potencia extranjera a un presidente degradado por el alcohol e implicaba, entre otras muchas prestaciones inconfesables, la cesión de una base aérea para aviones especiales que se iban a encargar de operaciones antiterroristas de muy sofisticada tecnología. El estado uruguayo se comprometía a mantener toda esa operatoria en estricto secreto y conceder a los efectivos, necesariamente extranjeros, la extra territorialidad jurídica de cualquier acto punible que pudieran cometer. De todas maneras, la otra parte iba a mandar –efectivamente así lo hizo inmediatamente- un pequeño grupo de técnicos que deberían ser aceptados, como funcionarios normales, en las plantillas de varios ministerios. Especialmente en Defensa e Interior.
Pepe Mujica se había opuesto terminantemente a seguir jugando ese juego. Proponía denunciar el tratado de inmediato y “prender fuego” al idiota que había aceptado firmarlo. Pero… consideraciones de conveniencia política…apelaciones al realismo pragmático…La insignificancia internacional del país… Habían llevado el tema a una carpeta dentro de una caja fuerte oculta en un lugar…
Los hechos se precipitaron. Tomaron estado público aunque deformados e incompletos. Había un grupo de personas que juraban haber visto un x666 operando sobre el incendio de El Bosque. Inteligencia de Defensa exigía tener participación en el tema. La Embajada deslizaba comentarios sobre el poco celo que se estaba demostrando en la lucha antiterrorista. Y al presidente le dolía la cabeza.
No parecía extraño en este contesto que hubieran raptado a Mujica….¿Pero, a Manuel, para qué? ¿Pura casualidad…?
Antes de terminar Pepponne invitó a tener en cuenta que –a él le constaba- Manuel había sido la principal fuente de información del Pepe y el que le había obligado a plantearse las hipótesis más audaces.

(Este blog compite en el premio 20Blogs de 20 Minutos- ficción y latinoamericano)

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