sábado, enero 27, 2007

195: Cómo sacarla de la caverna?

En algún momento –todo ocurre en algún momento- el último de los despiertos se durmió. Estaban agotados, no sólo por el trabajo continuo, sino también por la tensión de no ver aquello terminado y - lo que era más importante- funcionando. Porque a pesar de haber visto cómo el aparato, por sí mismo se había separado al principio un centímetro del suelo, el sentido común, que niega esa posibilidad, se había encargado de llenar las almas de incredulidad y desazón con lo que durmieron unos en sillones y otros en el suelo, mal comidos y peor bebidos, agitados por sueños inarmónicos, molestados por tensiones musculares, por ronquidos ajenos y hasta por cualquiera de esas cosas que suelen preocuparnos y que sólo al despertar descubrimos que no eran más que producto de la fiebre.
Porque era una fiebre las que los había movido por todo el tiempo de la construcción de la bola y que ahora consumidas ya las energías, les abandonaba al mal descanso y las pesadillas de aparatos aéreos que se desploman, que chocan y derriban edificios, que pierden irremediablemente altura, que son despedazados por una racha de viento…
Pero así como se durmieron, también despertaron.. y la bola seguía allí! Se fueron levantando de sus improvisadas cuchas y caminando en silencio hacia el huevo gigante que allí a pocos metros, apoyado en un solo punto, parecía brillar con luz propia. Era un acto de adoración a la forma más perfecta. Julieta lo había logrado! Y fue Julieta, justamente la primera que encendió la alarma.
-¿Y cómo la vamos a sacar de la caverna?
Los labios de Cholo tartamudearon sonidos que no salían. Su mente se desplomó en el abismo de su evidente estupidez y la de todos. Miró a Ernesto y a Giorgionne casi como un fiscal ante la demostración de que estaba implicado en el mismo delito del que era acusador.
-¡Me cago…!
El silencio que sobrevino duro aproximadamente quince segundos, que fueron demasiados para todos salvo para Mandinga que recién entonces desenganchó una de la piernas que colgaban del posabrazos del sillón para dejar que el sandaliazo golpeara el suelo de arenisca rosa y elevara al aire, aunque nadie lo haya visto, millones de micropartículas que formaron una nube en hongo que duró hasta el otro golpe. Mandinga se estaba levantando. Su boca, cuando llegó a un metro con noventa sobre el suelo, sonreía. No importa que fuera feo, ni que sus crenchas renegridas parecieran pelos de erizo trasnochado y que sus ojos apenas pudieran sostener bolsas en ciernes que tiraban aunque poco los parpados inferiores dejando ver, como si fuera un perro San Bernardo, algo de la parte interna, blancuzca y con venitas. No importaban esas cosas, ni impedían ver que Mandinga estaba otra vez eufórico.
-No se preocupen por eso. Yo me encargo.
Todos giraron para verlo venir sobre sus patas como un Patorusek gigante pero negro y sonriente.
-¿Por qué no le abren la puerta y vamos pasando a ver el interior?


(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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