martes, agosto 29, 2006

57 - Sólo acepto quejas.

En la ventanilla de informes no había nadie, buscó un timbre o alguna otra manera de llamar, golpeó con los nudillos… Una voz opaca surgió de la madera que se acababa de tragar el sonido de sus golpes:
-Cuasi maderas “EUCA” absorben los ruidos molestos.
Por fin gritó:
-¡Eh! ¿No hay nadie, aquí?
En el espacio visible seguía sin haber nadie, pero al costado, por sobre el mostrador de la ventanilla de quejas apareció una cabeza calva cuya cara parecía un culo.
-¿Qué carajo quiere?
-¿No hay nadie para los informes?
-¿Y yo qué soy?
-¿Usted es un informe?
-¡Idiota! Yo soy el encargado.
-¿Y por qué está ahí, en la ventanilla de quejas?
-¡Y a vos, qué mierda te importa?!
-¡Pará pelao! Vos no me podés tratar así…(o te voy a cagar a patadas!)
-Presentá una queja.
-Sí la voy a presentar…¿Pero dónde la presento?
-¡Aquí pelotudo! Esta es la ventanilla de quejas.
-Bueno… Vengo a presentar una queja.
El pelao tomó unos papeles de sobre el mostrador y con una agilidad asombrosa prácticamente se zambulló detrás del escritorio que quedaba al fondo del receptáculo. Manuel comprendió que tenía que armarse de paciencia y seguir el juego. Primero pensó que al cabo de unos minutos iba a venir a atenderle pero no…
-Señor.
-¿Qué mierda quiere?
-Presentar una queja.
-Alguna estupidez, seguro. Espero que no me haga levantar por una estupidez.
-Quiero presentar una queja porque en la ventanilla de informes no hay nadie para atender.
-Y claro que no hay. Yo no puedo estar en dos lugares.
-Entonces, ¿por qué no me da el informe aquí?
-Porque aquí se reciben quejas, no se dan informes.
-Bueno, venga para la otra ventanilla así me informa.
-¿Acaso lo que me está diciendo es una queja?
-Le estoy pidiendo que me atienda…
-¡Yo sólo recibo quejas!
-Bueno…me quiero quejar de que el encargado de informes, que es el mismo que el de quejas, se queda en las quejas, sin hacer nada y no viene a atender a la gente que necesita informes.
-¿Gente? Querrá decir pasajeros?
-¿Me va a recibir la queja?
-Primero muéstreme su número de asiento
-No tengo, pelao!
-Ah, no tenés? Yo te veía algo raro!
El hombre había de pronto recuperado toda su alegría juvenil. Sonriendo de forma bastante teatral levantó su brazo izquierdo, lo flexionó en el codo y con su dedo índice fue exactamente a presionar aquel botón rojo que lucía en su sien.
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