miércoles, agosto 23, 2006

51 - La Última Palabra en Bolas

Esta vez la luz fue enceguecedora y si lo que ocurria era un nuevo resquebrajamiento del mundo visual, entonces la extensión de las grietas se hacía a la misma velocidad que la luz penetraba entre los trozos. Él sólo vio un instante de potente luz y quedó ciego, bah, se supone, porque a partir de ese momento y hasta nuevo aviso, nada más vio. No sabía dónde estaba, no tenía sensaciones salvo las auditivas que o no se perdieron o se recuperaron más pronto que las otras y le permitieron tener esa sensación agradable de estar conectado con algo –ya que no con alguien- un sonido… Un sonido suave y permanente, continuo sólo en la permanencia, porque variaba en todo lo que un sonido puede variar y le acariciaba por fuera y por dentro, que era todo uno… como uno era el sentido de aquella música, porque era música, que decía ser el Ser, queriendo decir Manuel. Y lo era, ya que Manuel sintió que él no era otra cosa que esa música, que palpablemente lo era sin posibilidad de dudas, en todas sus fluctuaciones y complicados giros. Lo era en todos los sentidos posibles, hasta en un sentido futuro, complejo o imaginario…
Pero de pronto cesó. Se prendieron las luces de la sala, cuya supuesta pantalla no era otra cosa que el parabrisas -¿se llamaría así?- de una nave ya que no bola, porque aquello era… ¡La última palabra en bolas! Espacio abundante, aire acondicionado, ¡azafatas!...Iban viajando y por los vidrios se podía ver bien hacia fuera, que era ver cómo las nubes pasaban y pasaban…o cosas parecidas a nubes y unos puntitos negros que a veces aparecían de frente y se agrandaban a tal velocidad que parecía que les venían a chocar. ¡Psup! Y también se sentía música… Apenas una versión comercial de la del Ser de Manuel, puesta en ritmo de chamamé.
Cuando la pantalla superior –la larguita con puntas redondeadas- indicó las coordenadas de tiempo y lugar previstas –cosa que se supo por el parpadeo nervioso que adquirieron los números- la nave se detuvo y automáticamente se abrieron las puertas. Los cinco pasajeros bajaron y Manuel advirtió que aquello no era otra cosa que el andén de una estación de ferrocarril de las de antes. Quiso ver cual era el aspecto exterior de la nave y para ello se dio vuelta, para sorprenderse otra vez, porque aquello era…un vulgar coche de esos que su abuelo le había mostrado fotos…un “motocar”, pintado de color cremita con una banda roja desteñida a lo largo y la sigla AFE, casi orgullosa y bastante conservada. ¡Mirá vo! Por dentro nave espacial y por fuera motocar. No, eso debía ser una joda! Pero no pudo seguir o empezar con la serie de razonamientos que le pudieran conducir a cualquier explicación posible…Le agarraban del brazo. Un muchacho más o menos de su edad.
-Vos sos Manuel, no?
Manuel se sintió arrebatado, en medio de su interés por entender lo de la nave-motocar y de verle de nuevo las caras a los cuatro que con el bajaban para después…andá a saber vos! Pero el tipo…este que evidentemente le había estado esperando y que tal vez fuera empleado de la Compañía de las Bolas Aéreas…?
-Sí, ¡por qué?
-Te estaba esperando. Me mandó tu abuelo.
-Mi abuelo murió…
-Sí, pero este encargue me lo hizo hace años.
-Cuantos años?
-Eso no importa. Vení conmigo!
Increíblemente, Manuel comenzó a dar pasos tras el sujeto. Esas cosas boludas que uno a veces hace sin pensar o pensando mal y que después se arrepiente…o no. Porque si no fuera por los errores… Pero…Qué prepotente el tipo! “Vení conmigo” ¿Quién se mierda se creerá?
-Pará loco…qué te pasa?
Entonces el tipo se le plantó enfrente y le zampó lo siguiente:
Mirá, yo sé que vos te llamás Manuel Aquelarre Goiticoechea, que vivís en Lagomar Norte cerca del parador del Pichi, que sos amigo del Cholo y hablás con él en el comité de base del MPP y que sos amigo del Aníbal Greco de Solymar con el que dentro de dos días vas a ir a un toque roquero en Maldonado, que en realidad ya fuiste aunque nadie te pueda creer y digan que estás loco!
Para qué seguir hablando. Lo siguió!
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