domingo, mayo 27, 2007

309 NARCOCAEDA

Mientras Manuel se empeñaba en encontrar la bolsa de los guijarros entre los escombros de lo que había sido aquel dormitorio, Magda conseguía comunicarse con Giorgionne para deprimirse en caída libre con las noticias. Si bien el militar había sido detenido y se encontraba ahora en el hospital, el gobierno a punto de disgregarse había aprobado la ocupación militar de Lagomar hasta tanto los cabecillas de la rebelión terrorista no se entregaran y fueran puestos a disposición de la justicia. Atentado a la constitución y a la integridad territorial de la república, rezaba el bando que hoy poblaba la primera página de los matutinos y llenaba de palabras las emisoras, los teléfonos y las conversaciones. Algunos medios clarividentes argumentaron encima contra la predica antisocial del grupúsculo terrorista que estaría en principio trabajando en alianza con Al Kaeda y los narcotraficantes. No dijeron por educación que fueran en su mayoría afro-uruguayos, aunque lo estuvieran pensando mientras la nota escribían. Tampoco dijeron, unos por engañosos y otros por ignorantes, que el grupo de los Maquis no había en ningún momento sido peligroso para nadie, cosa que no se podía decir de las fuerzas del orden, con lo que los conceptos se entrecruzan y… Bueno, ese grado de relatividad no siempre es cómodo para las cabezas que siempre todo lo tuvieron claro.
Tanto revolvió y revolvió los escombros que por fin dio con la bolsita y con ella colgando en vez de levantada en victorioso gesto, fue a dónde Magdalena iba terminando esa conversación con varias exclamaciones que bajaban en importancia o en interés. La tomó desde atrás por los hombros con ambas manos que apenas hicieron contacto con el calor del cuerpo y se detuvieron apoyando sólo el calor y la vibración incontenible que había armado un puente colgante entre los dos.
-Tenemos que escondernos…
-Irnos…


La bola blancuzca se levantó somnolienta sobre las copas de los pinos, buscando el viejo cielo de Lagomar en el otoño. Alto, más alto para mientras ir pensando para dónde irse, que hacer y en qué entretenerse hasta que apareciera el próximo capítulo de esta historieta.
-Preguntale a tu abuelo…
Manuel se puso a desear que hubiese como una especie de piloto automático en su inconciente que manejara la bola mientras él se ocupaba de otra cosa. Disponer en el centro de la bola, entre él y la Flaca un espacio para hacer bailar los guijarros. Así lo hicieron y pronto estuvieron mandando la pregunta a Abelardo de si sabía de algún lugar seguro para esconderse.
-¿Manolito!
-¡Tenemos que escondernos!
Abelardo sabía sí. Conocía un solo lugar con esas características, un lugar que había descubierto en su infancia…
-Hacela corta.
-¿Te acordás de Guichón? Bueno siguiendo para el oeste por sobre la cuchilla de Haedo unos cinco quilómetros vas a encontrar una cueva al costado de un cerrito que se distingue por sus piedras blancas. La boca mira al sudoeste y adentro es grande como una casa. Ahí van a estar seguros, es una estancia, no pasa nadie, ni las vacas.
-Gracias. Después te llamamos.
-Llámenme. ¡Les tengo una sorpresa…!

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)


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