martes, mayo 15, 2007

298 OBEDIENCIA DEBIDA

Como ya sus pensamientos dejaban de generar ecos, Manuel enderezó el cuerpo sobre las piernas y buscando la claridad de las luces eléctricas entre los troncos, se dispuso a caminar. Serían las nueve y ya estaba muy oscuro por el otoño que se venía sin que él hubiese hecho aun la estufa de leña que le había pedido la flaca. En la casita, sí, la nuestra –pensó, imaginándosela una vez más llena de gurises a las risas correteando mientras los dos cocinaban algo en la cocina, él a la espalda de la flaca rodeándola con los brazos y besándole el pescuezo. Por qué no? Aunque tuvieran que esperar un poco que las cosas se calmaran, que la gente se acostumbrase a decidir todo entre todos y que los ángeles se dejaran de joder. ¿Se dejarían? Al decir de Mandinga eran clones y los clones no han de tener alma ni razón, ni poder de tomar decisiones, porque…el alma y la inteligencia no se han de poder clonar, se supone… Aunque él no sabía nada de eso ni de otras cosas pero…cuando estuvo con ellos parecían estúpidos, como esos niños muy pegados a su papá que lo único que hacen es portarse bien y decir cosas graciosas para que papá festeje. Bueno, ellos no decían cosas graciosas, cumplían las órdenes con obediencia debida. Y mantenían los ojos duros en el medio del redondel como se pone Homero Simpson cuando se desconecta. Casi siempre que tiene que pensar. Ja, y lo digo yo, Manuel, el gran pensador. Que si no fuera por esos chispazos de locura que a veces me vienen y que… Claro, no es ningún mérito. Me vienen porque estoy medio loco o porque… yo qué se…No serán esas las cosas que escribe Germán con mi abuelo y que a mi me llegan en forma de ideas locas? Pero los otros me entienden! Es decir… no parece que les resulte extraño lo que digo y yo mismo… sí, en realidad termina siendo que en esos momentos tengo razón.
Pero aquel de allá era el Cholo que le estaba haciendo señas de que se apurase. Habían surgido algunos problemas en Shangrilá, en el boliche de josé cuando parece que unos borrachos quisieron tomarse las botellas de los estantes porque ahora ya no había dueños ni patrones.
Le pidieron la Harley a Ernesto y marcharon con espíritu pacificador pensando que todos esto podría ser un cambio demasiado rápido para mucha gente acostumbrada a que el que más fuerte ladra es el que la gana. O acostumbrada a no ladrar por mucho tiempo y con ganas acumuladas.
Llegaron justo para sumarse a la cantarola que todos abrazados desentonaban. El dueño del boliche tan mamado como los otros se adelantó a dar explicaciones entre risitas que se le escapaban. Había comprendido. Que para el Pirincho y el Mulita él, José Fermín Alcorta, venía siendo un acaudalado capitalista que había que fusilar. ¡Seguro! Al paredón. Y por eso, antes de que lo fusilaran con los tacos del billar, se había dejado de pelear por unas botellas de vino mugrientas y había dicho que las descorcharan no más, que la casa pagaba la vuelta y que aquí ya no hay discusión.
Desde entonces estaban cantando abrazados

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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