miércoles, noviembre 29, 2006

139 - EL INCENDIO

-¡Apurensé, tenemos que rajar!
Ahora los atropellados fueron los Tucus. Pasados por arriba por un montón de manos y de pies que en el pasadizo de 45 adquirían un ritmo de trepada frenético que se continuó por la escalera del aljibe y que no cesó hasta que el último ser viviente saltó desde el brocal al suelo del patio. Cuando por fin estuvieron todos juntos formaban un arco de observadores atónitos que miraban con sus caras relampagueadas de franjas rojas, las altas lenguas del fuego que desde sobre el pinar se elevaban bailando su bravura en busca de las nubes que ahora sí se veían, rojizas y mudas sobre el pavoroso incendio. Porque era un gran incendio el que estaba arrasando con los montes allí enfrente, hasta tan cerca que el calor llegaba junto con la luz.
Ernesto quería poner alguna idea en claro.
-Se sintió una explosión. ¿habrá caído algo?
Era difícil pensar en un incendio espontáneo, tras tantos días de lluvia. Tampoco era la primavera època de campamentos…
Trum Urum hizo un ronroneo significativo y se apartó algunos pasos a la izquierda.
-Dice que desde ese lado se ve mejor.
Se veía mejor, sí. Cuando siguieron a Trum vieron lo que parecía ser el centro del incendio. Por entre un desfiladero de árboles que ardían, se veía allá al fondo una zona menos luminosa donde el fuego ya se había comido todo y apenas sobre los médanos tiznados ardía aun algún raigón y se veían dispersas algunas brasas ¡Pero allí había algo! Un manojo de hilos incandescentes…Rollos de alambres que se ponían en partes blancos y en partes rojos y se iban agachando sobre el terreno.¿Qué sería eso?
-¡Esperen!- gritó Manuel cuando ya iba corriendo a los saltos rumbo al incendio. Al llegar al borde del monte tomó una larga rama por el extremo sin fuego y la fue golpeando hasta apagarla contra el suelo. Con ella, al entrar ya en la zona incendiada, iba apartando las ramas que caían y haciendo saltos de garrocha fuego adentro, hasta que sus amigos, que seguían gritándole al pedo, le perdieron de vista entre ráfagas de luz y de calor irradiado.
¡Claro que temieron por él! Si ellos, a la distancia, sentían cómo sus pieles se ponían tensas y sedientas, qué le podían dejar para Manuel, que en ese momento tal vez ya estaría llegando al corazón del fuego?
-Trescientos grados.- estimó muy serio Ernesto.
Pero en ese momento vieron aparecer la cabeza de Manuel cangureando entre las ramas caídas. Ya venía de vuelta…pero no le siguieron mirando porque entonces fue que empezó ese silbido irritante que crecía desde arriba y que al poder ubicavión,searlo con la vista mostró provenir de un aparato inverosímil, mezcla de avión secreto y cucaracha gigante y negra que venía bajando verticalmente por el aire calcinado justo al punto del enredo de los alambres.
Fue cosa de un par de minutos lo que demoró aquello en terminar de bajar y comenzar a subir de nuevo, aceleradamente, para perderse de vista una vez que se alejara del relumbre del incendio. Ya para entonces, por sobre los chasquidos de los troncos que el calor rajaba, predominaban las sirenas que, desde varias direcciones confluían en el centro. Llegaban los bomberos.



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