domingo, noviembre 19, 2006

129 - Muchachito atolondrado.

Manuel salió pedaleando en dirección al horizonte oeste que detrás de todas esas nubes apretadas, plomizas y medio herrumbradas por los bordes, se estaría tragando en ese momento al sol, rojo. Seguramente rojo y enorme. Era un momento de quietud aparente. Una hora lenta, que sin embargo le daba a Manuel mayor sensación de movimiento, mientras las ruedas de la bicicleta hendían la gravilla húmeda. Iba mirando hacia delante, ese era el mundo en el que le tocaba vivir. Como a otros les tocaba en suerte la selva con sus animales y sus pantanos. O a otros los hielos eternos… La cuestión era decidirse, aceptar la partida o decir, como si fuera una mano de poker, “paso” si no daba el ánimo para aceptar las cartas que le habían tocado…Sin dejar de pedalear tomo la bajada y con la mirada en la distancia se dijo “voy”, para decir que aceptaba. ¡Estaba vivo! Era conciente de que este muchachito medio atolondrado que era él, se estaba metiendo en problemas sin más necesidad que la de hacer de la vida una cosa que mereciera algún día ser contada.
Cuando llegó a la casa se encontró con que Magda tenía visitas. Estaba en la cocina de mucha conversación con la Mulata, quién mostraba en su rostro, por lo general sonriente y seductor, una seriedad que evidentemente se remarcó cuando apareció Manuel por la puerta.
Manuel no quería interrumpir la conversación que acababa de interrumpir, pero la bolsa de los guijarros estaba justamente dentro del cajoncito de la mesa que Magda había cubierto con un mantel blanco que colgaba por el lado en que el cuerpo perfecto de la Mulata rozaba contra el borde… No quería meterse allí, entre las dos y sus miradas, para abrir el cajón debajo del mantel, como si fuera metiendo la mano por debajo de la minifalda de la Mulata, como el Dengue, para que después le viniera también a él la piña voladora del Roque a hacerle bum sobre la cara.
Iba a decir “con permiso” y desde cierta distancia alargar el cuerpo y el brazo pero no las gambas, cuando justo la Magda le nombró de modo que pasara de golpe a formar parte de la charla.
-¿No verdad, Manuel?
Recién después de pasados unos días fue que se vino a enterar de cómo la cosa había empezado cuando la Mulata llegó y se puso a procurar, con indirectas y mohines, que la flaca se ocupara en interceder frente a Roque para que volviera a darle bola. La flaca entonces se había parado en los pedales para decirle lo mal que había estado al darle entrada al Dengue nada más que por divertirse, sabiendo que estaba mamado, y dejarlo pagando después, como si no tuviera ella nada que ver. Y la Mulata se había ido en pretextos, nada más. El mejor de los cuales era la merecida fama de bailarín que tenía el Dengue. El mejor bailarín de Cumbia de la ciudad de la costa.
La flaca, un poco antes de la entrada de Manuel en la cocina, le había dicho que bueno, que si tanto gustaba del Dengue, por qué no se quedaba con él y lo dejaba tranquilo al Roque y de paso a ella que no tenía ganas de meterse en el asunto. Y justo por verlo en la puerta había agregado eso de “¿No verdad, Manuel?” pensando que el habría escuchado al menos parte de lo anterior.
-¿No verdad, que qué?
-Que el Dengue es un lindo muchacho?
Extrañamente, los tres rieron al mismo tiempo.




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