jueves, noviembre 30, 2006

140 - X 666 LA BESTIA

Como ya empezaba a juntarse gente los Tucus huyeron temerosos de ser vistos. Atrás fueron los otros y vieron divertidos cómo ellos saltaban a la carrera los tres escalones del corredor abierto y chocaban con los hocicos la puerta de la cocina para abrirla al modo de las de vaivén. Ya adentro, Ernesto aun nervioso les sirvió a todos una copa de coñac, incluso a los Tucus, abstemios por principio, a no ser cuando se trataba de licor de macachines como el que una vez les había hecho probar bajo la mentira de que la receta venía de los primeros Charrúas. –En realidad los roedores no se habían tragado el engaño, aunque sí el licor, porque ya tenían a Ernesto catalogado de simpático mentiroso-
-Preferiríamos seguir con los macachines—dijeron al unísono los dos roedores en su peculiar idioma.
Pero el jugo había quedado dentro del frigobar de la caverna. La problemática caverna que…No se había hundido aun, porque de haberlo hecho hubiera arrastrado tras de si al aljibe y bien probablemente hasta a la misma casa. Pero…¿quién podía saber si no planeaba hundirse en los próximos minutos…?
-Habría que bajar para ver qué pasó!
Los Tucus se ofrecieron para hacer ellos la inspección. Ya se sabía de la agudeza extrema de sus oídos que sumada a la buena vista de Ernesto daba de sobra para un correcto diagnóstico. Eso fue lo que Ernesto dijo entender y tradujo a los otros humanos como despedida, cuando ya partían rumbo al aljibe.
En la cocina quedaron tres. Magda preocupada, insistió en que Manuel pusiera la cabeza bajo el chorro de la canilla e incluso se la tomó entre las manos para inclinarlo y así quitar tanto calor acumulado con mucho agua. Con lo que sólo logró que los pelos se le metieran dentro de los ojos y la cara se le pusiera más roja aun, porque lo que realmente acaloraba la sangre de Manuel no era el calor del fuego sino la necesidad que tenía de contar lo que había visto.
Primero había sido aquello que todos vieron, los alambres incandescente. Pero a medida que se había ido acercando al lugar y al límite de su aguante, fue sospechando, y después comprobando, que dentro de aquel capullo incandescente había algo más. Tres bultos. Tres cadáveres asados y retorcidos de seres parecidos a los humanos, aunque irreconocibles. Cuando terminó de comprenderlo el asco logró lo que no había logrado el peligro y el calor. Por eso volvía a los saltos cuando sintió el silbido y presenció la bajada de aquel bicho negro, aquel avión misterioso que bajaba a recoger los restos. ¡Ya lo había visto antes en una revista! Era un avión experimental de despegue vertical e indetectable a todo tipo de radar. Lo había visto en una ilustración de Muy Interesante que tenía en el baño junto con el Hora Cero. X666, La Bestia.
-¿Me entendés?
-Tenés razón. ¡Era muy parecido!
Giorgionne también recordaba haber visto esa ilustración. La recordaba bien porque habían estado comentando cosas al respecto con su hijo, el que todolosabe, quien le había asegurado que ese avión ya estaba en uso y que ahora se experimentaba con cosas mucho más secretas y avanzadas.
-Lo que yo se –dijo Manuel—es que lo de arriba era un avión y lo de abajo una bola de algún tipo, que venía con tres seres que murieron carbonizados.



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