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jueves, abril 30, 2009

686. AJO Y AGUA

Con la debida aclaración de que lo anterior ha sido dicho, o mejor escrito, violando todos los principios estilísticos y hasta según algunos, éticos. No deberíamos nosotros, los que nos dedicamos a la dura tarea de traducir en palabras la mayor parte posible de los dichos y acciones de Manuel y su entorno... Bueno, nos estamos desviando, pero.... Hay que decir que también de este lado del cuento, hay gente... o algo parecido, que a veces se tienta en meter un bocadillo. Y qué?

Claro que el problema pueda ser el venir a develar una de las mayores incógnitas de esta famosa historia. ¿Cual?
No. Queremos decir: ¿Cual incógnita...? Pues, por supuesto aquella duda que a veces expresara Manuel sobre el verdadero autor no sólo de la historia, sino aun de su propia vida... No hay tal. No hemos dicho que fuéramos los autores, sino que tenemos a nuestro cargo (¿Voluntariamente?), la tarea de poner esto por escrito... y que somos más de uno (no se ha dicho cuántos). Ni cual es nuestra condición, circunstancia o individualidad. Podríamos ser tanto Abelardo Goiticoechea y Germán Oesterheld, como los dos hemisferios de algún cerebro, o un grupo de ángeles de la guarda. Humanos, humanoides o semidioses. Duendes, espíritus juguetones o chistosos. Entelequias, en fin, de todas las más dudosas realidades y existencias. Seres meramente probables. Improbables y hasta imposibles. Inteligencias free lance, deambulando aburridamente por el Cosmos. El viejo Dios jugando con algunos de sus bufones. Las griegas Ericnias. Una bandada de cotorras verdes. Una supercomputadora ensayando hipótesis...

Somos parte del misterio y no tenemos la menor intención de revelarlo. ¡Ajo y agua!

Y volviendo a los que te contábamos, fue entonces que por primera vez Manuel consideró seriamente abandonar los esfuerzos por encontrar un camino de retorno. Probablemente todo retorno no sería más que una apariencia aunque el lugar de destino fuera tan real como cualquier otro, porque... Ahora se explicaba, recordando palabras oídas al descuido,... que hubiese podido ser llevado al pasado y achicado y agrandado como un Chapulín... y afinado como una revista de historietas...

¡Eran otros mundos! ¡Todos!

Cada uno con sus leyes propias, parecidas pero distintas.

Uno puede saltar o ser lanzado a los otros mundos y encontrarse con su propia vida en un curso bastante similar al que había venido llevando. O no. Verse desde afuera como otra persona con sus mismos rasgos y nombre. ¡Qué joder!

¡El había una vez leído un libro que había comprado su madre! La cucaracha, de un tal Kafka. Es decir La Metamorfosis. Era eso, otro mundo. Uno en el que una persona que se siente cucaracha, se vuelve cucaracha...

¿Sería ese tipo alguien que viajó entre los mundos...?

Y ahora esta rueda de gente que le mira para prevenir algún rasgo de locura. Cómo explicarles que lo que ellos llaman locura no es otra cosa que lo que vemos cuando nos asomamos por la banderola de otro mundo. Claro que a algunos después se le atraca la cabeza ahí, teniendo el cuerpo todavía en el primero.... Él no estaba loco.

Esa fue la conclusión de Manuel sobre cuya base pasó a considerar una estrategia de supervivencia. No debería asustar demasiado a sus conocidos. Decirles solamente aquellas cosas que les fueran medianamente comprensibles. Darles tiempo.

viernes, diciembre 22, 2006

162: El primer invitado.

Mientras seguían las preguntas y las respuestas, la imagen del Rulo se le iba transformando. Al principio era sólo el aspecto corporal el que parecía haber cambiado al vérsele más bajo y sólido que antes, pero pronto comenzó a estar rodeado por una especie de relumbre que, aunque no muy evidente, le bañaba desde la cintura hacia arriba, con flameos rojizos que se iban tornando anaranjados a medida que subían hasta la cabeza. Por alguna razón que no analizó, esto le hizo pensar que su primo aun estaba con mucho temor, casi tanto como el que él mismo sentía de que le volviera esa visión fantasmagórica que había tenido de Magdalena apenas un rato antes. Entonces se esforzó por sonreír y como jugando a su manera acostumbrada, pidió a la flaca que le diera unos besos.
Rulo seguía con el relato.
-Uno de los que se bajó del patrullero no tenía uniforme ni hablaba…Sólo apretaba los botones del celular…
Manuel sacudió la cabeza afirmativamente y confirmo como para sí mismo:
-Sí, el de traje gris y cara de nadie.
Fue cuando Rulo dijo de irse. Temía que alguien hubiera visto el procedimiento y hubiera ido con el chisme a Julieta, para preocuparla al pedo.
Salió con su bolsito al hombro rumbo a la calle, pero no llevaba andado casi nada cuando vio venir a Julieta, apurada y a los gritos.
-¡Me dijeron que te habían detenido. Vengo de la comisaría!
Volvieron hacia la casa, ahora con el propósito de tomar algunos mates con la Magda y Manuel y de paso que Julieta descansara de lo que había sido casi una carrera.
Sentados todos en la cocina, sintieron voces que llegaban por el frente. Era el Cholo que venía trayendo a un Dengue muy divertido que a la voz de “feliz cumpleaños” entraba a la casa levantando en la derecha una caja de vino. El Cholo le había encontrado preguntando por la casa del Manuel, allá por lo del Pichi. Quería llegar a tiempo para la fiesta pero no recordaba dónde vivía Manuel ni que día le había dicho, sólo que estaba invitado y claro que no quería faltar.
Al ver que no alcanzaban los asientos, Manuel pensó en pedirle a doña Flora unos casilleros prestados y, pensando esto completó la idea con lo que había sugerido el brindis del Dengue. ¿Por qué no hacer nomás la fiesta? Lo dijo y prontamente se repartieron las tareas. El por los casilleros, Rulo y Magda irían a hacer las compras y a avisarles a los amigos. Julieta que ya empezara a amasar, aprovechando que harina no faltaba y el Dengue…que pusiera buena música en la radio.
Quedó sólo el Dengue con sus cumbias y su historia, porque no advirtió que todos salían y se puso a contar lo del incendio y el avión con forma de cucaracha que se metía entre las llamas sin prenderse fuego y volvía a salir derechito para arriba arrastrando telarañas prendidas de sus patas.
-Porque el avión se apareció así –el avión era su mano derecha puesta en el aire- y el incendio era acá abajo, ven? Y entonces yo le veía la panza roja y el lomo negro. Era muy feo… y yo pensaba que aquello no era de acá. Era de esas cosas malditas que más vale no meterse con ellas, pero que… ¡Son esas cosas que hay!
Interrumpió su monólogo cuando vio que la luz de la puerta había sido tapada por una persona que estaba parada pidiendo permiso para entrar. Era Ernesto Federico que al darse cuenta del estado del Dengue ni mucho le preguntó al principio, sino que entró nomás y tomó asiento dispuesto a esperar la llegada de alguna otra persona.



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miércoles, noviembre 29, 2006

139 - EL INCENDIO

-¡Apurensé, tenemos que rajar!
Ahora los atropellados fueron los Tucus. Pasados por arriba por un montón de manos y de pies que en el pasadizo de 45 adquirían un ritmo de trepada frenético que se continuó por la escalera del aljibe y que no cesó hasta que el último ser viviente saltó desde el brocal al suelo del patio. Cuando por fin estuvieron todos juntos formaban un arco de observadores atónitos que miraban con sus caras relampagueadas de franjas rojas, las altas lenguas del fuego que desde sobre el pinar se elevaban bailando su bravura en busca de las nubes que ahora sí se veían, rojizas y mudas sobre el pavoroso incendio. Porque era un gran incendio el que estaba arrasando con los montes allí enfrente, hasta tan cerca que el calor llegaba junto con la luz.
Ernesto quería poner alguna idea en claro.
-Se sintió una explosión. ¿habrá caído algo?
Era difícil pensar en un incendio espontáneo, tras tantos días de lluvia. Tampoco era la primavera època de campamentos…
Trum Urum hizo un ronroneo significativo y se apartó algunos pasos a la izquierda.
-Dice que desde ese lado se ve mejor.
Se veía mejor, sí. Cuando siguieron a Trum vieron lo que parecía ser el centro del incendio. Por entre un desfiladero de árboles que ardían, se veía allá al fondo una zona menos luminosa donde el fuego ya se había comido todo y apenas sobre los médanos tiznados ardía aun algún raigón y se veían dispersas algunas brasas ¡Pero allí había algo! Un manojo de hilos incandescentes…Rollos de alambres que se ponían en partes blancos y en partes rojos y se iban agachando sobre el terreno.¿Qué sería eso?
-¡Esperen!- gritó Manuel cuando ya iba corriendo a los saltos rumbo al incendio. Al llegar al borde del monte tomó una larga rama por el extremo sin fuego y la fue golpeando hasta apagarla contra el suelo. Con ella, al entrar ya en la zona incendiada, iba apartando las ramas que caían y haciendo saltos de garrocha fuego adentro, hasta que sus amigos, que seguían gritándole al pedo, le perdieron de vista entre ráfagas de luz y de calor irradiado.
¡Claro que temieron por él! Si ellos, a la distancia, sentían cómo sus pieles se ponían tensas y sedientas, qué le podían dejar para Manuel, que en ese momento tal vez ya estaría llegando al corazón del fuego?
-Trescientos grados.- estimó muy serio Ernesto.
Pero en ese momento vieron aparecer la cabeza de Manuel cangureando entre las ramas caídas. Ya venía de vuelta…pero no le siguieron mirando porque entonces fue que empezó ese silbido irritante que crecía desde arriba y que al poder ubicavión,searlo con la vista mostró provenir de un aparato inverosímil, mezcla de avión secreto y cucaracha gigante y negra que venía bajando verticalmente por el aire calcinado justo al punto del enredo de los alambres.
Fue cosa de un par de minutos lo que demoró aquello en terminar de bajar y comenzar a subir de nuevo, aceleradamente, para perderse de vista una vez que se alejara del relumbre del incendio. Ya para entonces, por sobre los chasquidos de los troncos que el calor rajaba, predominaban las sirenas que, desde varias direcciones confluían en el centro. Llegaban los bomberos.



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