sábado, noviembre 11, 2006

121 - CASAMIENTO CRIOLLO

Estaban en familia. Esa era la foto de su casa por dentro. En otro tiempo habían sido su madre con el Quique los que habían reído y hablado en ese interior, cuando vivían juntos y la casita era muy nueva, recién hecha, en parte por el propio Quique, aunque con la ayuda de los vecinos y un poco Margarita, el Rulo, entonces de trece o catorce años y de él mismo con apenas diez u once. Margarita y el Quique habían sido, tal vez, felices entre esas mismas paredes, pintadas entonces de aquel colorcito limón maduro, con estrellitas de papel metálico pegadas. El Quique decía que nunca había visto una cosa tan linda y que sólo se la podría comparar en belleza con algún quilombo muy elegante de los que hay en las grandes ciudades. Ahora iban a ser él, Manuel, con la Magdalena los que rieran sus voces e hicieran sus ruidos de platos y de ollas. Los que recibieran las visitas de los amigos y parientes. El rulo con la Julieta para empezar. Y pronto con su hijito que ya venía, y los otros que vinieran después… Manuel con la Magda allí mismo los iban a querer a todos preparándose para querer a sus propios hijos que correrían por esas piezas y las otras que iban a tener que agregar, cimiento y paredes de bloques cubiertas de chapas con sus propias manos y pintadas de nuevo tal vez con nuevas estrellas pegadas en recuerdo de una infancia que no había estado tan mal y que valía recordar así, con una pizca de humor. Estrellas plateadas, se le antojaban y con cinco puntas como…
De pronto supo que su pensamiento iba derecho a los pentágonos y las piedras y…todos esos mundos complicados que le venían a romper las pelotas justo en el mejor momento de su vida!
Porque dentro de la felicidad de Manuel, se había incrustado esa cuña venida del más allá que no le dejaba redondear un posible futuro que prolongara su alegría de vivir y se continuara en todos los hijos que fuera capaz de engendrar…o de alimentar, por lo menos. Bien que ya la flaca le había perdido el miedo a ese tema y que el mismo Rulo estaba entrando en razones… Igual era difícil planear algo cuando a cada rato te llevan los ángeles o los diablos, o tu abuelo y los amigos de tu abuelo y la concha de la lora!
Entonces le vino el recuerdo de lo que le había dicho su abuelo. “Estamos en guerra otra vez.” Y la frase se le superponía con la otra conversación de los milicos reclamándose entre ellos el pasar a la ofensiva y las imágenes de los anteriores, los torturadores de Rincón del Cerro. “Estamos en guerra otra vez” Había que aceptarlo como una realidad que a él había palpado en vivo y en directo. Una guerra de mierda, pero una guerra. A él le habían perseguido, lo habían raptado, le habían querido borrar los recuerdos de su abuela… ¿Con qué derecho?
Eso era la guerra y podían venir a pelearla encima de tu casa y de paso reventarte a vos y a tu familia!
Recibió el mate que le devolvía el Rulo y se puso a cebarlo nuevamente. Levantó la mirada hacia la flaca y le hizo apenas un guiño –no quería quemarse- en el silencio que se produjo cuando ella terminaba de contar cómo había visto al Eternauta salir de la pared. En ese silencio se sintieron las primeras gotas de la garúa sobre las chapas del techo junto con los últimos chirridos de la grasa que en el sartén se terminaba de enfriar. Unas gotas corrieron zigzagueantes por el vidrio de la ventanita del lado del reparo y fue el instante en que la flaca se daba vuelta mordiendo una torta y sobrándole boca para sonreír mientras alargaba el brazo para recibir el mate que Manuel le estaba alcanzando. Aceptaba junto con el mate el compartir su vida en las buenas y en las malas, en la paz como en la guerra, en prosperidad o pobreza, agarrados cuerpo a cuerpo, protegiendo primero la prole y la alegría, de cualquier avatar externo, natural o sobrenatural



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