sábado, noviembre 25, 2006

135 - Yo no veo nada.

Manuel se desesperó, aquellas cosas parecían dispuestas a no dejarlo en paz. Cuando no era el amigo del abuelo eran los ángeles.
-¿Por qué se la agarran conmigo?
-Porque sos una persona muy especial, -contesto Ernesto.
¿Qué podría él tener de especial aparte de tener tanta suerte como para que la flaca se fijara en él?
-¿Especial de salame con queso?
-No, mirá…yo no puedo ver el aura de las personas pero, ¡la tuya la veo!
-¿Qué cosa?
-El aura muchacho, el aura! Es como una luz que rodea al cuerpo de las personas y que es más intensa y hermosa cuanto mejor sea el tipo.
Se imaginó un cuerpo humano iluminado desde atrás por los faros de un auto.
-¿Y qué hacés con esa luz?
-Nada. La llevás porque es parte de vos.
-Pero yo no tengo eso…
No continuó contestando porque se encontró con los ojos de Magda que lo miraban sonrientes mientras la cabeza le hacía un sí con el movimiento. Era una sonrisa genial!
Ernesto siguió.
-Todos la tenemos pero unos pocos la pueden ver.
La flaca siguió sonriendo mientras ellos dialogaban y Giorgionne observaba atentamente el juego de significados y significantes del intercambio verbal. Le resultaba reconfortante comprobar que últimamente era capaz de percibir los distintos planos de la conversación al mismo tiempo. Era capaz ahora de disfrutar de lo cotidiano con la misma satisfacción estética que si fuera una representación del mejor teatro…sin embargo yendo a lo que se hablaba no era lo mismo.
-Yo no veo nada, -dijo.
-Yo tampoco,-remató Manuel.
Giorgionne pasó ahora a sentir un poco de vergüenza por su pobre universo de posibilidades. Todas las complejidades de la sicología le resultaban pocas o tal vez mezquinas frente a ese otro mundo que siempre se le escondía y que siempre había querido experimentar. La zona dónde habitan las almas y las fuerzas que gobiernan el universo.
Ernesto insistía.
-Ya les dije que tampoco yo veo el aura. Pero arriba de la cabeza de Manuel hay una luz que no se corresponde con ninguna iluminación.
Giorgionne observó un momento la coronilla de Manuel y luego sacudió decepcionado la cabeza.
Ernesto volvía a insistir.
-A mi me parece que pasa eso porque las vibraciones de tu alma son muy elevadas.
-¡No me rompas las bolas!
Era un punto final para el intercambio de opiniones, al menos por el momento. Pero Giorgionne ni se enteró. Estaba ya muy ocupado discutiendo consigo mismo. Se acusaba de ser un tipo excesivamente racional. Irracional. Había tenido, como pocos, la oportunidad de viajar al trans-mundo y seguía tan escéptico como un perro de presa. Claro que su experiencia había sido más bien decepcionante. Llevado y traído en una nave de pasajeros con todas las comodidades y brillos del primer mundo… y dejado estúpidamente en el mismo momento y lugar. Para él otro mundo era sinónimo de inmaterialidad de espiritualidad y no de butacas super pullman…
Ernesto quiso hacer un cierre amable.
-No te enojes, Manuel. Es que aunque no quiera confirmo todo lo que me había dicho tu abuelo de vos.
Una mirada fulminante de Manuel, ahora sí fue suficiente. Ernesto dejó de hablar pavadas.



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