sábado, abril 21, 2007

276: OVNIS SOBRE QUEBRACHO

Por qué, pensó Cholo, por qué no iba a haber libertad al haber un plan. Podría a ser un plan que estableciera las líneas generales y lo demás…Claro, sería una libertad limitada, pero…No, Cholo, interrumpió Manuel, tenés razón, ha de ser que estamos acostumbrados a pensar que la libertad es un desorden. Me parece que muchas veces quedamos encerrados por nuestros propios pensamientos. Tal vez no estemos capacitados para ser enteramente libres. La libertad nos da miedo…como el destino. Todo nos da miedo. ¿Y cómo se vence ese miedo? Es que no queremos vencerlo por miedo! ¿Pero y si quisiéramos? Si quisiéramos tal vez no lo sentiríamos.
Sonó el teléfono de Pepponne y tras él el de Vittorio. Manuel, el Cholo y Ernesto se miraron para entenderse en seguirla más tarde. A una mirada los que hablaban por teléfono cerraron sus aparatitos y se acercaron a la mesa junto con los otros, a observar los dibujos sobre la mesa y el garabato de plano que dibujaba Manuel.
-Al principio no nos tenemos que preocupar si nos confunden con Ovnis, debemos acaparar la atención por todos los medios. Hoy vamos a concentrarnos sobre Quebracho. Hace años que… Con una hora haciendo cosas todos… Ah, Cholo ¿Probamos de hacer un corte de luz?
En una hora estuvo hecho el plan de todo el día, con un descanso de dos a tres de la tarde. Subieron a sus blancuzcas naves y cerraron las portezuelas…

Tampoco este día vieron los Bosquimanos salir doradas burbujitas elevándose prestas a la alta atmósfera. O plateadas más bien, según el ángulo del choque entre la luz del sol matutino y el punto de los observadores reflejada por las páginas de diarios y revistas barnizadas pero no tanto. Los árboles les habían quitado la costumbre de levantar la mirada, pero aparte estaban por demás ocupados en no creer lo que veían a nivel del suelo. Por el medio de la calle iban pasando una pareja de carpinchos caminando en dos patas, con sombrillas y lentes de sol. Venían caminándose todo y la gente siguiéndoles a prudente distancia y por ahora atajando a quien viniese con un rifle, que no eran pocos. Parecían sonreír entre que se hamacaban bastante torpemente al modo de los lobos de mar y ronroneaban aquello que parecía ser una conversación.
Al llegar a la avenida Becú, a tres cuadras de Avenida Italia, se detuvieron y giraron con suficiente cautela para no ahuyentar a la casi multitud que los seguía. Una vez de frente, desenrollaron de los cabos de las sombrillas unas tiras de género donde rezaba en el más puro castizo:

No somos carpinchos ni aperiás -en el uno y- Somos Tucu Tucus inteligentes –en el otro.

Se produjo un silencio impresionante! Durante su infinita duración los jóvenes tucus tuvieron tiempo para aquilatar lo temeraria que había sido su propuesta. Los humanos tenían cerrrada la calle de lado a lado y en abigarrada masa les observaban sin mirarse entre ellos, como si fueran poseedores de alguna verdad prenegociada, indubitable, clarísima. ¡Los iban a matar! Corrieron tirando los carteles por encima de un cerco blanco al que saltaban para adentrarse en los baldíos, que conocían, de las rejuntas de macachines de las noches oscuras, mejor que nadie, y sus variadas formas de atravesarlos para llegar rápidamente a la primera boca de cueva.




(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)


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