jueves, octubre 12, 2006

93 - Oesterheld se presenta.

A la madrugada Manuel sintió un pequeño sacudimiento dentro del dulce fluir de su sueño… Abrió los ojos y comprendió enseguida que había sido, otra vez, raptado por una bola. Iba en ella tirado en el suelo y apenas envuelto con su vieja frazada, frente al tipo aquel, narigudo, parecido a Ernie Pike.. Sí era…
-Perdoname Manuel. Soy Germán Oesterheld, el que conocías de Hora Cero. Supongo que haz de estar bastante confundido y lo comprendo, pero, no puedo explicarte todo. No podría explicarte lo que yo mismo aun no termino de entender. Sólo que yo, tanto como tu abuelo, al que conozco y con el que me une una vieja amistad, confío en vos. No me preguntes por qué. Espero que puedas confiar en mi… Si de algo te sirve, mía fue la voz que oíste por teléfono cuando estabas detenido en la comisaría 12 de Buenos Aires. Podrías no creerme… Tu abuelo no está de acuerdo conmigo en esto y recién se está avivando de que tengo que ver con alguna –que no todas- tus abducciones, como decía aquel camionero, buen tipo, que te llevó casi hasta Gualeguaychú, bajo mi control o influencia, hasta que se descontroló totalmente y te tuviste que tirar del camión. Ahora, si puedo, te voy a llevar a un lugar donde siguen operando las fuerzas oscuras… No pretendo nada de vos, sino que veas y escuches. Después, si es que soy yo quien está en lo cierto y no tu abuelo, vos vas a saber qué hacer con ese conocimiento.
-Esperá- gritó Manuel al ver la actitud de Germán de estar yéndose.-No te vayas todavía. Explicame cómo es que me movés y me llevás cruzando el tiempo.
-Yo cruzo tu tiempo…pero voy junto con el mío, que es el segundo. Ya lo vas a comprender.
Dicho eso Oesterheld desapareció de la vista justo antes de que todo el espacio de la bola se comenzara a comprimir apretando sin dolor a Manuel y obligándolo a acompañar la reducción que se seguía produciendo y que siguió hasta que todo aquello se había convertido en un largo hilo hueco por cuyo interior todo caía sin rozamiento ni sonido. Apareció Manuel por el otro extremo del hilo en una planicie helada, el polo sur, pensó, o la base General Lujambio que había sentido nombrar, aunque no sabía si quedaba en el polo. La planicie de hielo se extendía hasta un horizonte brumoso más allá del cual luminosidades de tenues colores se movían al modo de nubes movedizas… Se sintió mareado. Habían en el aire densos vapores que al respirarlos le estaban anestesiando, en parte, aunque no del todo, el frío que sentía en las patas descalzas que no podía separar del hielo de abajo que tal vez por el mismo mareo le parecía bamboleante. De pronto sintió truenos lejanos, como gárgaras de sonidos celestiales, junto con un vértigo total. La sensación era de estar siendo arrojado hacia el espacio a enorme velocidad, cosa improbable ya que sus pies seguían pegados al casquete polar, pero desde arriba se le alucinó una enorme boca que bajaba derecho a él con intenciones de tragarlo! A él y al hielo y esa agua que mas allá hacía de pronto olas ¡amarillas! Porque… ¡aquello era un mar de whisky dentro de un vaso! Y él… él iba a ser bebido por aquella boca de un solo trago! El vaso se inclinaba y con ellos los cubos de hielo se entrechocaban mientras se acercaban flotantes al borde y Manuel… Manuel a último momento resistió la succión de la chupadera aferrándose al borde del vaso a costa de soltar la frazada y perderla en aquel precipicio exterior que allá a lo lejos mostraba un mantel a cuadros sobre la mesa, un cenicero y un yesquero Zippo que mostraba orgulloso una imagen en relieve de un cóndor de alas abiertas parado sobre la cumbre de una montaña helada… No pudo mantener el equilibrio inestable en el que había quedado y también él se precipitó al vacío, yendo a caer justo encima de la frazada y al frente de la puerta del depósito aquel al que penetro rengueando para salir enseguida asqueado de tanto olor a tabaco –era una cajilla de Benson. Estudió temeroso el paisaje. Ya había comprendido donde estaba y temía que alguna mano en cualquier momento se apoyara sobre la mesa y lo aplastara. Vio en eso que en el cenicero, que visto desde allí parecía un enorme estadio, había quedado un cigarrillo que al consumirse había pesado más del lado de afuera y había caído sobre el mantel desde la punta, formando una hermosa rampa por la que subir agarrándose de los relieves desparejos del papel. Estaba en camino para hacerlo cuando las nubes coloridas, que comprendió eran figuras humanas lejanas y fuera de foco, se comenzaron a mover y a retemblar la atmósfera con sonidos cada vez más cercanos. Se acordó de estar, de alguna manera cumpliendo una misión y aguzó el oído tratando de comprender si aquello que escuchaba eran palabras o qué…?
-ESTAMOS EN MARCHA – PERO, CAMARADAS, AHORA TENEMOS QUE INICIAR LA SEGUNDA FASE ¡!

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