martes, octubre 03, 2006

84 - LOS DIAS DORADOS

Los siguientes fueron días dorados, no sólo porque fueron de sol- otro veranillo entraba a desarrollarse- sino porque no hubo perturbaciones naturales ni artificiales y la vida se desarrolló dentro de lo planeado más menos el margen de error. Rulo y Manuel consiguieron retirar a crédito los materiales de la barraca y comenzaron a trabajar en la casa, por ahora solitaria de los Ferrari, teniendo todavía parte del adelanto sin gastar. Julieta siguió bien con su ambarazo y vino con ellos los primeros días a limpiar todo menos la zona del trabajo. Después se quedaba en la casa o paseaba por el monte, recogiendo trufas que terminaban engrosando la olla. La flaca apareció al otro día del grito, cuando Manuel dormía, a hacerle cosquillas en las patas y cagarse de risa, pidiendo también perdón por haber sido tan tarada de creerse que el flaco había estado apareciendo y desapareciendo delante de sus ojos como si hubiera sido iluminado por esas luces intermitentes de los bailes. Pero Manuel, que tenía mucho sueño, apenas si festejó sus humoradas cuanto menos las explicaciones que se le perdían cuando ovillado en el hueco de la cama, cedía otra vez al sueño… Por último la flaca se acostó a su lado y juntos durmieron hasta el mediodía, cuando llegó el Rulo a los gritos, podrido de esperar que Manuel “ni bien me levante paso por tu casa”.
-Bueno, pero primero nos tomamos unos mates.
-Dejate de joder, después tomamos mate!
Tomaron mate. Un rato apenas, lo suficiente para agotar una cebadura y despertarse un poco. A la una y media ya partían…
Días dorados que se pintaron sobre un cielo azul, rememorando los del verano cuando el aire se perfuma y se siente esa reverberación en la piel y las miradas.
Días dorados de aquellos en que el cuerpo nos queda bien, las energías nos sobran, nos hacemos concientes de los colores de las cosas, de su volumen y su textura… Nos simpatizamos y aceptamos ser queribles.
Así fueron esos días para la Julieta que sentía crecer su primer hijo dentro de la panza. Para el Rulo que se sentía pleno en su pequeño mundo de marido y padre. Para Magdalena que por fin veía claro que lo suyo con Manuel era algo más que sexo. Para Manuel que estaba teniendo la oportunidad de comprobar que esto era lo que quería, esa vida con los suyos y no el montón de cosas raras que últimamente le estaban sucediendo.
Dicen que hay calmas que son lo que precede a las grandes tormentas. Y aunque no siempre ha de ser verdad es probable que por lo general lo sea. Demasiadas discordancias se habían de golpe vuelto armonías. (Cosa matemáticamente posible en un breve período de tiempo proporcional a la indeterminación cuadrática media, pero nunca para duraciones de considerable largura, digamos tres o cuatro días calendarios, por decir una cantidad de tiempo suficiente para que un par de ondas paralelas pasen por casi infinitos períodos de concordancia seguidos de igual cantidad de estridente disonancia. Según la opinión de aquel famoso sabio turco)


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