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sábado, septiembre 19, 2009

737. Del cubo sacó una llave

Entraron a la Villa Los Dogones pasado el mediodía. En fila india y en silencio traspasaron el portal de dos hojas, debajo del arco donde un cartel tallado en madera de lapacho, con extraños símbolos, adelantaba a cualquier visitante que estaba ingresando a otro mundo. Nada parecía haber sufrido el paso del tiempo, ni el portón ni los jardines, por cuyos caminos tapizados de piedras coloridas se acercaron a la construcción, estilo colonial portugués, treparon los tres escalones hasta el corredor de columnas de madera y vieron abrirse la alta puerta celeste ceniza con vivos blanco viejo.
Se abrió a un interior sombrío pero cálido, adornado apenas distinto que el que Manuel ya conocía. La gran biblioteca, una reproducción enorme de Portinari, tallas en marfil y ébano, un dyengué en un rincón, un sillón tallado en una sóla pieza de madera, una alfombra de cuero, tal vez de búfalo... Pero ninguna fotografía de los Tucu tucus...
Ernesto les detuvo en medio de esa sala, y con expresión de quien procede a iniciar algo demasiado significativo como para un ademán cualquiera, empujó con la gran palma de su mano derecha una biblioteca menor, quer sobre el piso completaba el flanco derecho del hogar. Sin quejidos ni tituveos, el mueble se deslizó más de un metro, metiéndose en el muro y dejando al descubierto una angosta y casi vertical escalera descendente, que se perdía en la oscuridad del hueco.

-Bajaré primero para despejar el camino,- dijo al tiempo que accionaba un interruptor de luz en el piso yse agachaba para tomarse del extremo de una barra que oficiaba de pasamano.

Por supuesto el sótano estaba lleno de aparatos electrónicos. Computadoras, ni que decir, Pero también otras cosas que nadie pudo reconocer. Pero era pequeño y en ninguna de sus paredes, por cierto que poco visibles, se hubiese podido suponer alguna salida o de esos llamados pasadizos secretos.
Era un bunker de una sóla plaza, para una persona que estuviera interesada en los aspectos más generales, lejanos y abstractos de la humanidad... de la ciencia..., tal vez del universo.

A Manuel le llamó la atención un cubo de vidrio, casi de un metro de arista, cuyo interior no parecía estar ni lleno ni vacío, pero sí, que le faltaba al menos la cara delantera...

Ernesto Federico se paró justamente frente a eso para iniciar su explicación.

-Esto que ven aquí es un aparato misterioso, que hace años me llegó sin poder saber quien era el remitente... No sé exactamente para qué sirve. No venía acompañado de ninguna explicación pero... yo he estado probándolo. ¡Vean!

De inmediato metió la mano derecha por la abertura frontal y todos pudieron ver cómo, a medida que avanzaba parecía empequeñecerse, y que, al menos en apariencia, aquel interior se iba poblando de un sinnúmero de formas luminosas difícilmente reconocibles. De pronto de un tirón retiró la mano que ahora apareció cerrada y un poco más oscura que al entrar. Pero normal de tamaño. La abrió. como abre el mago la mano después de retirar de una oreja el famoso anillo perdido. Y al abrirla pudieron todos ver en ella, no el anillo, sino una llave. Una pequeña y vulgar llave de bronce, gastada por el uso y sin ninguna seña en particular aparte de dos iniciales en letras latinas: A.L.

La expresión de Ernesto no era de satisfacción. Reflejaba quizá tanta o más sorpresa  que los otros, y sin duda mucha preocupación.

-Vean que esta llave no estaba en este mundo, la he robado de otro, y no sé, en realidad , cuales pueden ser las consecuencias.

Rulo ingenuamente preguntó por qué no la devolvía.

Ernesto apenas sonrió y, pasando el pequeño objeto a manos de Manuel, explicó que no encontraba el modo de saber si era posible llegar dos veces al mismo sitio

-Cada vez que lo hago el resultado es distinto. Alguna vez, creo que llegué a palpar la piel de un ser vivo...

Ahora todos callaron. La tenue luz que todavía emanaba del cubo, les iluminaba con esos tonos que usan las películas de terror, desde abajo, iluminando las narinas y las órbitas de los ojos, pero no las frentes,

Manuel quizo hablar.

-Me parece que al aparato le ha de estar faltando una parte que es la que se encarga de dirigirlo a donde uno quiere. Mi abuelo y su amigo Germán han perfeccionado mucho estas cosas...
-¿Tu abuelo? ¿Ese que era amigo de Don Miguel...?
-Ese. Abelardo Goiticoechea. El que me anda buscando.

martes, septiembre 02, 2008

592 Otra vez en la Tierra

En poco tiempo, y tras sobrevolar las largas arenas de la costa uruguaya, la remendada bola se detuvo sobre la villa Los Dogones a la espera de alguna indicio que indicara si el peligro había cesado. No fue necesario esperar mucho. Ernesto Federico de Oliveira e Souza, él mismo, salió de la casona e instintivamente levantó la mirada a los cielos. Hizo de inmediato señas, amistosas, claramente expresivas de su entusiasmo por volver a encontrarse con una de las primeras bolas Maquis. La número cinco.
Sin embargo sus señales fueron interpretadas correctamente como queriendo decir que aterrizaran sobre el pasto del jardín delantero, ese lugar tan visible desde la calle que, en otras épocas habría sido evitado cuidadosamente para no escandalizar a la opinión pública.
Abrazos y buenas noticias. Es decir, provisorias buenas noticias. Satanás había abandonado la caverna de los Maquis, tanto como los ángeles su apoyo a la reconquista planetaria por parte de los imperios. El Universo local todo, contenía su aliento ante la inminencia de sucesos que nadie suponía beneficiosos para la humanidad, pero mientras tanto, la paz había vuelto, junto con soleados días otoñales cuya brisa se perfumaba de aromas de panes recién horneados, y trinos de alegres pajarillos.
Por último, explicó Ernesto que la caverna, una vez abandonada por las innúmeras bestias berreantes, había quedado embebida de un olor sumamente similar al de los huevos podridos y que por esa causa no la habían querido reutilizar, hasta tanto no se le cambiara completamente la atmósfera.
Sobre los nipones nada preguntó. Era obvio que si venían junto a sus amigos, amigos debían ser. Sin embargo, cuando la historia de las peripecias de Magda y Manuel por Última Tierra, llegó al punto en que aparecían estos protagonistas, fue enorme la sorpresa, la alegre sorpresa de enterarse de que también el los mundos paralelos, existían los mismos ideales que a ellos animaba, y qué, de una manera o de otra, aunque fuera por tortuosos y distintos caminos, la gente empezaba a buscar una misma solución. La disolución del poder.

Se reunieron en la sala reconstruida de la casa a esperar que, tras varios mensajes telefónicos, los otros Maquis llegaran a la re-unión. Mientras tanto tomaban té, miraban viejas fotografías y masticaban bizcochitos de aniz.
Jarumi y sus amigos se supieron observados y por eso al mismo tiempo que hablaban o escuchaban, barrían los rincones del ambiente con rápidos visajes, supuestamente disimulados, exitosos por fin , cuando Toshiro, en medio de una explicación teórica, se atragantó con la propia saliva al ver aparecer entre los libros de la biblioteca, un hocico cubierto de pinchudos pelos por detrás de un par de enormes incisivos.
Era Trum Urum, quien, a su vez sorprendido por el atorón del otro, quiso girar el cuerpo para reintroducirse en la galería, que secretamente tenía cavada desde mucho tiempo antes, pero, con tan mala maña que, entre libros desguazados, terminó rodando hasta el centro de la alfombra aquella, llena de galgos, caballos y zorros a la disparada.

Lleno de vergüenza, pero recomponiendo el ánimo, él mismo se presentó en castellano, luego en algo parecido al inglés, luego en portugués y también en italiano, antes de sentarse sobre sus cortas patas para recibir los abrazos de Manuel y Magda, justo en el momento en que por la puerta de calle aparecían Margarita y Vittorio Giorgionne, llenos de extrañas historias vividas en los extraños mundos en que habían caído arrojados por la irresistible energía centrífuga del pensamiento satánico.


lunes, mayo 19, 2008

536. Pescador de aguas

Comenzó Ernesto Federico a correr las cortinas para después encender las luces. Un tramo, dos, y en el tercero se detuvo unos momentos. Sentía que aquella misma tempestad de afuera recorría sus entrañas disparando contínuos flashes en la conciencia. El era, sí que lo era, el señor Ernesto Federico de Oliveira e Souza. Un negro descendiente por línea materna de aquel antiguo pueblo Dogón arquitecto del barro y el misterio. Un negro rico, en un continente de negros pobres. Un negro culto en un continente de negros ignorantes. Un empresario, un político. Un político... Porque había llegado a eso, arrastrado por las contradicciones y los sentimientos culposos. Porque la política... -se había dicho el día que definitivamente dejara los negocios en manos de los gerentes-..

"La política es la única herramienta capaz de contrarrestar el dominio de toda la humanidad por parte de unos pocos."

Ahora no eran sólo los relámpagos quienes alumbraban su negro perfil, mucho más intensos eran esos otros destellos mentales, esas fotografías en blanco y negro, que le iban jalonando una historia de vida centrada en los momentos en que su conciencia daba un salto en procura de la comprensión del significado de la vida.
Al terminar de correr la última cortina extendió el brazo y dió luz al ambiente. Allí estaba ese par de personas que desde su prosaico y pequeño aspecto, le estaban sacudiendo todo el tablero de los planes y las estrategias. Salidos de pronto como los mensajeros del cambio de los tiempos, desde el mismo corazón de una tormenta. Simultáneos con los cambios reales que evidentemente se avecinaban. Uno, el más joven, pretendiendo sin embozos ser un profeta de las dimensiones y el otro... su viejo amigo de las discuciones filosóficas y las reuniones del comité de base. No importaba que no toda la historia fuera cierta. Bastaba con una semilla pequeña de verdad. Una pizca. Aquella gota que termina derramando el vaso, para que el vaso de su mente dijera de pronto basta, basta con el modelo de pensamiento occidental y cristiano, donde las causas preceden siempre a las consecuencias y dos más dos son siempre cuatro. Su instinto se lo había dicho.

Hay más cosas en el mundo que que las que sueña cualquier filosofía.

La lógica por ejemplo, que viene siendo otra filosófía. Una que a veces hasta nos esclaviza con sus reglas que en realidad se cumplen sólo en un sentido estadístico. Sin por ello negarle grandes servicios en las cuestiones practicas, como hacer pensar a una máquina.
Claro, eso era. La lógica venía siendo una filosofía práctica, una aproximación, como tantas, a un buen aprovechamiento de las energías. Pero, la verdad... La verdad, siempre estaría más allá de la razón, como el agua que se escapa de todas las redes donde quedan los pescados, como el espacio mismo que ni siquiera sopla, como un hilo de seda...

Dijo que traería de la cocina una picada. Salame en trozos iguales a los de queso y otras minusias para acompañar un vino. La noche iba a ser larga. La conversación también.

sábado, abril 19, 2008

516. LAS CUATRO MANOS DE MANUEL

Manuel explicó para Abelardo y Miguel a qué se refería Ernesto. A los tucus gigantescos y mutantes que habitaban en el otro mundo enormes cavernas debajo de la casa de Ernesto Federico. Los Dogones. Que esa era el nombre que rezaba en el portal por encima del grueso y restaurado portón. Como que no?
-Bueno allá se llama así y a pesar de todos los arreglos hechos por esos Tucu Tucus...
-¿Mutantes...?
-Sí, mutantes. Eran tucu tucus comunes... sus abuelos, o bisabuelos, pero... de golpe empezaron a crecer y se volvieron inteligentes.
-¿Inteligentes...?
-Sí, muy inteligentes... Con decirles que formaron un país anarquista mucho antes que nosotros... Ja, hoy los anduve buscando dentro del monte.

Margarita asomó su cara re-pálida por la hendija de la puerta. Era evidente que venía anunciando a alguien que todavía no mostraba su figura. Pero nada anunciaba, sino que con temblor en los labios, como en aquellas viejas escenas de cine en blanco y negro, trataba inútilmente de articular alguna palabra. De pronto entró el ligero cuerpo y casi sin pensarlo entornó mejor la puerta, volviendo todo a la anterior penumbra, cuando ella, manos en la espalda, buscó la protección de la pared sin dejar de mirar horrorizada a su propio hijo...

-Ahí afuera está Manuel

Abelardo saltó gallardamente sobre sus largas piernas y fue a abrir la puerta, pero se contentó enseguida con apenas abrir lo suficiente, para verlo no más a su nieto que venía con la Magdalena a felicitarle por el cumpleaños. Sacó todo su cuerpo afuera y cerró por detrás.
Los de adentro fueron a espiar por las rendijas, incapaces de escuchar lo que afuera se hablaba por el paso simultáneo de una pequeña moto, enemiga de los tímpanos. Se estremecieron. Especialmente Manuel que no estaba acostumbrado más que a verse en el espejo, a lo sumo a intercambiar algunos párrafos consigo mismo. Miguel se apoderó de la hoja y hablándole con una voz baja que se oía desde una cuadra, le advirtió que no osara aproximarse a su otro yo. Que era sumamente peligroso. Se podría producir una explosión de esas en las que toda la masa de las partículas se transforma instantáneamente en energía.
Manuel, en realidad estaba paralizado por la perplejidad, no por el miedo. Apenas si atendió a lo que le advertía Miguel, porque en cambio se miraba las manos y volvía a poner el ojo en la rendija, para ver las de Manuel que se movían allá afuera. Sin que él las estuviera moviendo, ni estuviese charlando allá del brazo con la Flaca que,... ahora se veía contenta...
Y acorrió lo que tenía que ocurrir para que la puerta cediera y Manuel saliera hacia el frente casi cayéndose sobre la figura de sí mismo. Al enderezarse no supo si saludarlo...asrse... con un ¿cómo te va? que hubiera terminado por desmayar, tal vez, al pobre Manuel que pareció querer meterse en el pecho de la flaca. Abelardo acercó sus manos sostenedoras y balbuceó algo como "tu primo" que enseguida desechó. Siempre les había enseñado a sus nietos... A su único nieto, Manuel, que ante todo había que decir la verdad.
No. Nadie se desmayó, pero tampoco nadie decía algo distinto que un silencio mientras los dos Manueles se miraban fijamente como los gallos antes del primer espolonazo. Miguel volvió a advertir.

-Por favor, no se vayan a tocar. -para enseguida dirigirse a Abelardo como advirtiendo al hermano mayor, ya bastante capaz de la responsabilidad. -Pueden estar constituidos de manera especular, con todas las condiciones al contrario. Un contacto los podría convertir en una colección de fotones... o en nada.

miércoles, marzo 05, 2008

487 RESTAURACIÓN

Manuel vio que la cosa venía conversada. Dengue se veía mejor aunque todavía no pudiera hablar, la Yiya no quería perder su posesión y Cholo... no terminaba de salir de su estupor.

-Me voy a buscar a mi madre.

Dijo y salió a las zancadas, bastante agobiado por la responsabilidad. Después de todo nada hubiese ocurrido si no le hubieran raptado desde dentro del cuarto de baño, Germán o su abuelo, o viceversa, o los dos juntos y además Bosco y ese demonio de Mandinga!

(Pero yo me las busqué todavía... porque no tenía por qué andar contando lo que me había pasado, ni a la flaca, para no meterla en líos, ni a nadie más aunque... qué miedo que tenía de estar en serio volviéndome loco! Entonces Giorgionne...y Ernesto Federico y... No, pero los ángeles ya me andaban detrás! Ese día entre los pinos me hubiesen llevado si no hubiera sido por Ernesto y los Tucus...¿Y entonces...? ¿Todo hubiera sucedido aunque me hiciese el boludo....?)

Por esos temas vagó la cabeza de Manuel mientras caminaba derechamente hacía las ruinas de Los Dogones, al ritmo que la arena del camino marcaba, según su cantidad sobre el firme del terreno.

¡Allí estaba...otra vez con su magnífica estampa el caserón de los Oliveira! Entero y con buena pintura, obra segura de la extraordinaria habilidad de los Tucus para el manejo de la madera y por lo visto de la restauración de relojes antiguos o de casas estilo castillito como si fueran relojes cu-cu. Porque la casa parecía ser una réplica exacta de la antigua casa... salvo un detalle... los contramarcos de las puertas estaban pintadas de color lacre! Por qué los tucus habrían cambiado el anterior color? A veces parecían medios chicatos para eso. Sólo les importaban las formas y los olores... En el portón había otra diferencia: Se habría con sólo apoyarle una mano... y el camino de entrada estaba limpio...

Apareció por el porche con su bermudas blancas. Llevaba alto el perfil mirando la extensión de sus plantíos de blanco algodón que cultivaban los negros. Sus negros. Quiso portar en la mano una fusta para cualquier animal que montara. Y parecía muy ocupado en importantes pensamientos cuando advirtió que se habría el portón y aparecía a las risas ese pardito Manuel que le habían recomendado como jardinero.

-Adelante...¡no baja a pedir permiso! -le espetó a boca de jarro, golpeteándose de forma imaginaria con la fusta en las supuestas botas.

Manuel levantó la palma en el saludo ácrata y ya iba a comentar la exactitud de la nueva casa cuando vio en Ernesto un gesto altivo desde el enmaderado del porche hacia abajo. Un gesto feo que parecía de desprecio, como diciéndole que había mucha distancia entre uno y otro. ¿Por qué? ¿Que le estaría pasando? Seguro que otro que se había visto afectado por el tránsito a través del punto... Otro más.

-¿Mi madre y los otros, salieron bien?





lunes, octubre 08, 2007

407 Asalto a Los Dogones

Al mismo tiempo que ellos terminaban de considerar semejante idea y como aprovechándose del relativo silencio reinante, allá a lo lejos, por sobre los techos oscuros de la ciudad, vino llegando el ululante sonido de una sirena que no parecía ni alejarse ni acercarse. Pareció triste en comparación con la algarabía de la fiesta y el baile. Pareció demasiado fijo…como las sirenas…aquellas antiguas sirenas de las películas cuando comenzaban a caer las bombas nazis sobre Londres… Enseguida el celular de Magda…y su expresión al separar el aparato de su oreja y lacónicamente decir:

-Los Dogones fue tomado por fuerzas de asalto!

Era un reporte urgente que les llegaba vía Pepponne y que los otros pudieron oír cuando Magda les pasó el teléfono. Saber de lo imprevisto del ataque hecho por fuerzas humanas de infantería, es decir por un comando de tropas especiales. Aparentemente se habrían llevado a tres prisioneros entre ellos una mujer a los que cargaron en una cucaracha de esas negras y desaparecieron en el espacio. Los Dogones seguían en poder enemigo a pesar del fuego que en un primer momento concentró sobre su entrada un par de bolas del destacamento de San José de Carrasco antes de ser advertidos de que podrían dar muerte o herir a un enemigo humano. Las asambleas en las comunas vecinas estaban funcionando a full para agregar nuevas tácticas a la respuesta colectiva que por el momento sólo consistía en el sitio terrestre y aéreo a Los Dogones, que en ese momento se estaba instrumentando.

-Vamos para allá – dijo Manuel al tiempo que encontraba con la vista la salida más cercana a la playa de estacionamiento en que habían estacionado.

Habían llegado en dos bolas estandar que piloteadas una por Dengue y la otra por Manuel llegaron al teatro de los hechos en menos de dos minutos, justo cuando se prendían dos reflectores de los que habían sido de la fuerza aérea, confluyendo sus rayos sobre la nueva entrada de 45 modificada y ampliada.

-Hay otras salidas -gritó Manuel desde la bola a los del comité de campaña- vengan algunos con nosotros. Y ustedes, los de las armas, cuidado con disparar al tutun! En cualquier momento pueden salir por la entrada o por otro lado, unos animales amaestrados que teníamos ahí abajo. No tiren si no están seguros.

Uno de los compañeros de la trinchera largó la carcajada.

-Ya sabemos, Manuel, que ahí viven como cinco mil Tucus!

Pero Manuel ya corría con los otros que como él trataban de reconstruir en la imaginación cómo era la forma de la Galería Máxima por allí abajo para saber donde podrían quedar arriba los agujeros de las otras salidas.

Por fin estuvieron las cuatro bocas conocidas bajo vigilancia por si algún comando intentaba huir por allí cuando se pusiera en ejecución el plan rescate elaborado entre todos menos Dengue que se oponía a toda idea violenta. Dengue quedaría afuera a bordo de otra bola por si aparecían nuevas naves en el cielo y reportando con los guijarros los hechos en cualquier sentido.

Cuando estuvo todo dispuesto Manuel con la Magda en una bola y Chumbo con Cholo en la otra perforaron desde arriba el techo de la cueva y aparecieron en la Galería máxima en el vacío central rodeado de comandos vestidos de negro que miraban justamente en el otro sentido. Ni tiempo tuvieron de darse completamente vuelta cuando ya estaban atrapados todos en la trama pegajosa de las bolas de moco verde que los muchachos habían sintetizado con la resonancia de las cuerdas. Tuvieron que envolverlos con sábanas para poderlos juntar y declararlos prisioneros de guerra con su consabida dignidad y derechos.

Atrás vinieron los tucus a festejar dando vueltas alrededor de las bolas con una velocidad y traqueteo de las patas contra el suelo que parecía que se iba a caer la cúpula sobre ellos.

sábado, mayo 26, 2007

308 CONSTANCIA NOTARIAL

Difícil sería decir cuanto tiempo pasó por ellos sin respiración ni pulso. Sin saliva ni sudor. Pero compenetrados igual en ese extraño contacto tan íntimo y sensible como el mejor sexo, el de ellos, de siempre, que se prolonga y aumenta poco a poco para llegar al clímax muy tarde, cuando ya las fronteras entre las personalidades han dejado de existir. Hasta era más fácil, sin cuerpo. Yendo directo a lo esencial, el contacto entre las almas. Que se reconocen en ese mundo sin luz de la única manera que se puede conocer sin posibilidad de error: Por el contacto entre las conciencias que mucho disfrutan cuando pueden dejar de estar solas dentro de esa caja de nada que sin embargo limita. Mente con mente, recorriéndose como recorren los ojos del lector las páginas de un libro o la sensibilidad auditiva llevada de la mano por Motzart. Allí estaban todas las historias sin palabras, a pura sensaciones simultáneas y un débil pensamiento que intenta inútilmente poner un nombre a cada cosa. Una etiqueta a la vida! Con sus componentes en miligramos para poder después repetirla bajo la firma de la constancia notarial. No, historias como las del Hombre Ilustrado que se ponen en movimiento involucrándonos por entero como si nadáramos bajo el agua sin necesidad de respirar. Daba gracia saber que el pobre pensamiento se había quedado atrás ya desde el principio con su libretita de anotaciones dejándoles navegar por los rápidos de la existencia con las almas desnudas del temor por el devenir constante. Y daba gusto sentirse liberado del eterno tiempo aunque siguiera pasando, pero ya no como el tic tac que nos acerca a la hora de la alarma, de la comida o de la muerte. El tiempo también se había liberado de toda esa carga de fenómenos que siempre debía estar empujando para que no se retrasaran y todo funcionase como dios manda. Aquí no había tareas. No habían cosas ni fenómenos, sólo había conciencias.
Sin embargo, en algún momento algo se abrió en el aire sobre las ruinas de Los Dogones y las rozadas luces del alba. Sobre la tierra gris sonaba un acorde de inmenso silencio para enmarcar la imposible desolación que allí reinaba. No salían humos ni olores, no había huellas de fuego, no quedaba más que un montón de escombros y tablas quebradas alrededor de un pozo central. No quedaba nada.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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jueves, mayo 24, 2007

306 Tres Angeles Caídos

Todo se volvió muy confuso. Cuando salieron al espacio se encontraban debajo de una lluvia de padrenuestros que caían como meteoritos y ya habían aplastado por completo la Villa los Dogones. Algunos se metieron para adentro pero la bola de Manuel no respondía a sus órdenes reiteradas. Enseguida Mandinga, que venía para el mismo lado, le gritó pensando, que se fijara en lo que traía arrastrando atrás. Que se desprendiera de las cinco burbujas mientras él distraía a los angelotes.
Pensó Manuel que más bien le hubiera dicho cómo deshacerse de las burbujas y su contenido. Qué carajo! Si los bajaba a tierra iban a perecer bajo los rezos. Si los dejaba flotando solos, iban a reventar en el aire como pompas de jabón. Debía pensar una solución y al mismo tiempo mantener media cabeza en comunicación con las cuerdas de la bola, sentir los padres que se acercaban y mantener esa vibración que los desviaba.
También saber que Mandinga iba a los gritos trepando altura a las gambetas cada vez más cerca de la flotilla que se estaba abriendo por el medio no para dejarle pasar sino para encerrarlo cuando llegase, entre dos mandíbulas. Por eso dejaron de bombardear y se acomodaron en abanicos lamiéndose de expectación. Mandinga casi entro en el ojal y eso creyeron los brillantes, pero a último momento cuando ya iba entrando hizo varias vertiginosas maniobras que activaron enloquecidamente los disparadores mentales mientras él bajaba saliéndose de las líneas de tiro de las dos alas que ahora se estaban disparado entre sí.
Cayeron tres ángeles abollados cerca de donde Manuel acababa de dejar los prisioneros con burbuja y todo. Entonces levantó la atención a la batalla, para ver qué otra travesura inventaba Mandinga ahora que volvía a carcajear. Fue cuando un fulgor le encegueció desde lo alto, por detrás de los novatos que habían mandado a borrar la casa del demonio. El fulgor de los arcángeles! Manuel supo que debía retirarse. Se unió a la mirada de Magdalena y enseguida se metieron en el punto.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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sábado, diciembre 30, 2006

169: Villa Los Dogones

El acomodo que pudieron hacer fue con Mandinga adelante, para que entraran sus largas piernas y sus grandes patas y sus largos brazos. Le habían quitado, por supuesto, el colador de la cabeza y los tubos que salín a la altura del pecho y quedaban colgando para atrás por encima de los hombros. No obstante el aspecto seguía siendo extraño y vuelta a vuelta el chofer desviaba hacia allí la mirada, con disimulo y rapidez. Atrás los cuatro iban apretados y, aunque había bajado los vidrios, pronto se empezó a sentir un perfume extraño que, si no era marihuana –que no lo era- bien podría ser de marcela rubia o tal vez de alpargatas de yute. Por suerte Mandinga iba mirando hacia fuera, como reconociendo el camino, pensativo.
A Manuel le resultó divertida la situación. Allí en bonita cabina iban seis personas viajando en silencio por oscuros callejones de balastro, apretadas en esa lata, llevando al Diablo a curar sus heridas. ¿Quién se lo iba a creer? Y menos si en vez de Diablo se dijera Mandinga. ¡Pero justamente eso era lo que estaban haciendo!
Lo miró.-Todo lo que por encima del hombro de la flaca podía mirar para ese lado-. Sí, era como un gorila flaco y alto y con unos pelos largos en las mejillas, en un lugar que no podían ser patilla ni bigote ¿por eso le estaría mirando el tachero? Que..¡eh!
El pobre hombre perdió el control del vehículo derrapando en una zanja llena de arena en la que se enterró hasta los ejes… Hubo que bajarse del auto.
El último en bajar fue ese sujeto alto y peludo, con rasgos simiescos, que con su voz aguardentosa invitó a todos a seguir el viaje a pie. Ya se había dado cuenta de hacia dónde le llevaban y confesó sentirse tan mejorado como para caminar derecho. ¿Se dan cuenta? Ahí fue que Ernesto de Oliveira pagó el viaje con toda naturalidad, como pretendiendo hacer creer que los que viajaban con él quisieran nomás caminar y no hacer quién sabe qué cosas con esa muchachita, la Magda de allá arriba, que iba con ellos… Porque ese negro de Oliveira (que tendrá mucha plata pero que es negro) siempre fue de andar en cosas raras, que le viene de familia, porque la madre sin ir más lejos, que yo la conocí, era epiléptica, sí señor!
Cuando iban llegando a la casona Mandinga ya no daba más. Pidió un descanso a la altura del portón contra uno de cuyos pilares casi se recuesta, con lo que se hubiera ido a la mierda con pilar y todo, así de rajado que habían quedado desde que se cayo el arco superior con su antiguo letrero “Villa Hermosa” que fue sustituido en una simple madera clavada con el nuevo nombre elegido por Ernesto “Los Dogones” El equilibrio del muro seguía siendo inestable y Ernesto logró interponer su cuerpo ante la mole y sostenerla para que pudiera seguir caminando hacia los tres escalones del corredor que a Mandinga le parecieron cada vez más lejanos…
-¿Cría carpinchos sueltos? –preguntó, por decir algo el Cholo.
-¿Carpinchos…?
-Sí, carpinchos. Se acaba de asomar uno desde el corredor…
-Ah…ese…
El Cholo se rió.
-Esto sí que está bueno!
El “carpincho” desapareció, pero enseguida otro asomó su cabeza por sobre la baranda de la esquina, un instante nomás, apenas suficiente para que todos lo vieran.
Manuel sonrió para el Cholo. Iba a tener que explicarle varias cosas todavía.



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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