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viernes, octubre 14, 2011

840. Nadie pasaba por la calle.

Pocas noches como esa. Tras la comida y el sueño del niño, noche cerrada y tormentosa, relámpagos que lagartijean en el cielo  mientras el suelo tiembla sacudido por el trueno. El aire...ay. El aire... justo para que apenas se sienta la piel un poco más cálida al tocarla, deslizando las yemas a lo largo de las espaldas desnudas.
Más tarde el vendaval que abrió la ventana del dormitorio, sus cortinas y postigos, haciendo que se tuvieran que levantar a sujetar todo a oscuras y cagándose de risa, recibiendo parte del agua que diluviaba afuera sobre ellos, para que se tuviesen que secar, uno al otro, allí parados, sin dejar de estar desnudos y al oscuro.

Otra vez. Nadie tenía ganas de dormir. Sólo de eternizar el contacto. Pero la lluvia arresiaba sonando ensordecedora sobre las chapas del techo, a tal punto, que tuvieron la curiosidad de asomarse al porchecito para convencerse del tamaño del meteoro y enseguida saltar y correr a las risas sobre el césped y bajo la catarata de agua. Resbalando y cayendo, sin poder reir con la boca abierta porque se les llenaba de agua.
Total era de madrugada y nadie pasaba por la calle...

Aunque... Un momento! Alguien estaba detenido sobre el pasto de la vereda.. En el resplandor de un último relámpago vieron ese bulto inmóvil bajo la cúpula de un paraguas que brillaba por detrás como una aureola líquida,
Se quedaron quietos sobre el pasto.
El hombre les había estado mirando tal vez todo el tiempo.

-Oiga! Qué está haciendo ahí?
-Nada. Sólo pasaba y...

Mientras respondía eso, el bulto se iba retirando marcha atrás hasta que le dejaron de ver.









domingo, junio 08, 2008

550. El Arco Iris

A la vuelta la noche se había puesto muy oscura. Parecía estar formándose una tormenta sobre el Río de la Plata, que negramente y en silencio comenzara a avanzar sobre las casas de la costa, desde Shangrilá al Pinar, aprovechando que todo el mundo dormía, menos los sapos que atacaban de rato en rato con sus gorgoteos broncos acompañados por los agudos staccatos de sus compañeras. Todo en calma. Esa calma gorda de un rato antes del vendaval. Ese silencio poblado de voces antiguas que tal vez nunca hayan dejado de decirnos las verdades verdaderas. Las que nunca comprendimos por no conocer el idioma ni tener el órgano sensible que captase ese tipo de sonido.

En la conciencia de Margarita otro instrumento vibraba sus cuerdas con el arco sobre el corazón. Las emociones que luchaban por predominar en el primer plano, sin lograrlo más que en turnos. El saberse madre y haber realizado sus sueños adolescentes, por una parte y el descubrir la endiablada complejidad de la existencia, por la otra. Como encontrarse de pronto pisando por fin el exacto punto donde arranca el arco iris, y que le digan por la otra oreja que eso es matemáticamente imposible por las leyes y la geometría del espacio. Que este muchacho es su hijo, de su sangre y sus entrañas y que al mismo tiempo, es un conjunto de campos energéticos engendrados entre los repliegues invisibles de un manojo de dimensiones enrolladas alrededor de una probabilidad infinitesimal. Una nada. Una imagen virtual de la proyección de una idea platónica. Una ilusión.

La voz de Manuel sonó apenas sobre el nivel del asfalto que caminaban.

-Nosotros queremos volver a nuestro mundo...

Susurro de suelas.

-...allá estamos en revolución... y en guerra...
-¿En guerra?
-Hemos adoptado el anarquismo...
-¿También ustedes? Mi padre era anarquista.
-Allá toda América Latina. No hay más gobiernos...
-¿Y cómo piensan volver...? ¿Cómo fue que vinieron?
-Nos arrojaron aquí... Tenemos que construir una... nave... Una nave especial que...

En ese momento en la garganta de Manuel estalló un grito de ¡CUIDADO! mientras empujaba a las mujeres sobre el pasto de la banquina. Habían aparecido de improviso dos faros que bajaban atravesando las nubes. Era una avión que venía a tomar pista al aeropuerto de Carrasco y cuyo ruido al parecer había quedado atascado del otro lado de la tormenta, hasta ahora, que pasó sobre las cabezas tronando el escarmiento de la cómica confusión.

Sentados en el pasto rieron. La tormenta dejaba caer las primeras gotas que golpeaban sobre los cráneos, como a veces comienza a sonar sobre las chapas de un techo. Con gracioso ritmo y sin apuro, dejando para después la prisa y la carrera. Para un minuto después, cuando los truenos sacudieron el mundo y largas raíces luminosas craquelaron un cielo que así iluminado se descubría como un manojo de retorcijones.

Por supuesto llegaron a la casita hechos una sopa


lunes, mayo 19, 2008

536. Pescador de aguas

Comenzó Ernesto Federico a correr las cortinas para después encender las luces. Un tramo, dos, y en el tercero se detuvo unos momentos. Sentía que aquella misma tempestad de afuera recorría sus entrañas disparando contínuos flashes en la conciencia. El era, sí que lo era, el señor Ernesto Federico de Oliveira e Souza. Un negro descendiente por línea materna de aquel antiguo pueblo Dogón arquitecto del barro y el misterio. Un negro rico, en un continente de negros pobres. Un negro culto en un continente de negros ignorantes. Un empresario, un político. Un político... Porque había llegado a eso, arrastrado por las contradicciones y los sentimientos culposos. Porque la política... -se había dicho el día que definitivamente dejara los negocios en manos de los gerentes-..

"La política es la única herramienta capaz de contrarrestar el dominio de toda la humanidad por parte de unos pocos."

Ahora no eran sólo los relámpagos quienes alumbraban su negro perfil, mucho más intensos eran esos otros destellos mentales, esas fotografías en blanco y negro, que le iban jalonando una historia de vida centrada en los momentos en que su conciencia daba un salto en procura de la comprensión del significado de la vida.
Al terminar de correr la última cortina extendió el brazo y dió luz al ambiente. Allí estaba ese par de personas que desde su prosaico y pequeño aspecto, le estaban sacudiendo todo el tablero de los planes y las estrategias. Salidos de pronto como los mensajeros del cambio de los tiempos, desde el mismo corazón de una tormenta. Simultáneos con los cambios reales que evidentemente se avecinaban. Uno, el más joven, pretendiendo sin embozos ser un profeta de las dimensiones y el otro... su viejo amigo de las discuciones filosóficas y las reuniones del comité de base. No importaba que no toda la historia fuera cierta. Bastaba con una semilla pequeña de verdad. Una pizca. Aquella gota que termina derramando el vaso, para que el vaso de su mente dijera de pronto basta, basta con el modelo de pensamiento occidental y cristiano, donde las causas preceden siempre a las consecuencias y dos más dos son siempre cuatro. Su instinto se lo había dicho.

Hay más cosas en el mundo que que las que sueña cualquier filosofía.

La lógica por ejemplo, que viene siendo otra filosófía. Una que a veces hasta nos esclaviza con sus reglas que en realidad se cumplen sólo en un sentido estadístico. Sin por ello negarle grandes servicios en las cuestiones practicas, como hacer pensar a una máquina.
Claro, eso era. La lógica venía siendo una filosofía práctica, una aproximación, como tantas, a un buen aprovechamiento de las energías. Pero, la verdad... La verdad, siempre estaría más allá de la razón, como el agua que se escapa de todas las redes donde quedan los pescados, como el espacio mismo que ni siquiera sopla, como un hilo de seda...

Dijo que traería de la cocina una picada. Salame en trozos iguales a los de queso y otras minusias para acompañar un vino. La noche iba a ser larga. La conversación también.