Manuel explicó para Abelardo y Miguel a qué se refería Ernesto. A los tucus gigantescos y mutantes que habitaban en el otro mundo enormes cavernas debajo de la casa de Ernesto Federico. Los Dogones. Que esa era el nombre que rezaba en el portal por encima del grueso y restaurado portón. Como que no?
-Bueno allá se llama así y a pesar de todos los arreglos hechos por esos Tucu Tucus...
-¿Mutantes...?
-Sí, mutantes. Eran tucu tucus comunes... sus abuelos, o bisabuelos, pero... de golpe empezaron a crecer y se volvieron inteligentes.
-¿Inteligentes...?
-Sí, muy inteligentes... Con decirles que formaron un país anarquista mucho antes que nosotros... Ja, hoy los anduve buscando dentro del monte.
Margarita asomó su cara re-pálida por la hendija de la puerta. Era evidente que venía anunciando a alguien que todavía no mostraba su figura. Pero nada anunciaba, sino que con temblor en los labios, como en aquellas viejas escenas de cine en blanco y negro, trataba inútilmente de articular alguna palabra. De pronto entró el ligero cuerpo y casi sin pensarlo entornó mejor la puerta, volviendo todo a la anterior penumbra, cuando ella, manos en la espalda, buscó la protección de la pared sin dejar de mirar horrorizada a su propio hijo...
-Ahí afuera está Manuel
Abelardo saltó gallardamente sobre sus largas piernas y fue a abrir la puerta, pero se contentó enseguida con apenas abrir lo suficiente, para verlo no más a su nieto que venía con la Magdalena a felicitarle por el cumpleaños. Sacó todo su cuerpo afuera y cerró por detrás.
Los de adentro fueron a espiar por las rendijas, incapaces de escuchar lo que afuera se hablaba por el paso simultáneo de una pequeña moto, enemiga de los tímpanos. Se estremecieron. Especialmente Manuel que no estaba acostumbrado más que a verse en el espejo, a lo sumo a intercambiar algunos párrafos consigo mismo. Miguel se apoderó de la hoja y hablándole con una voz baja que se oía desde una cuadra, le advirtió que no osara aproximarse a su otro yo. Que era sumamente peligroso. Se podría producir una explosión de esas en las que toda la masa de las partículas se transforma instantáneamente en energía.
Manuel, en realidad estaba paralizado por la perplejidad, no por el miedo. Apenas si atendió a lo que le advertía Miguel, porque en cambio se miraba las manos y volvía a poner el ojo en la rendija, para ver las de Manuel que se movían allá afuera. Sin que él las estuviera moviendo, ni estuviese charlando allá del brazo con la Flaca que,... ahora se veía contenta...
Y acorrió lo que tenía que ocurrir para que la puerta cediera y Manuel saliera hacia el frente casi cayéndose sobre la figura de sí mismo. Al enderezarse no supo si saludarlo...asrse... con un ¿cómo te va? que hubiera terminado por desmayar, tal vez, al pobre Manuel que pareció querer meterse en el pecho de la flaca. Abelardo acercó sus manos sostenedoras y balbuceó algo como "tu primo" que enseguida desechó. Siempre les había enseñado a sus nietos... A su único nieto, Manuel, que ante todo había que decir la verdad.
No. Nadie se desmayó, pero tampoco nadie decía algo distinto que un silencio mientras los dos Manueles se miraban fijamente como los gallos antes del primer espolonazo. Miguel volvió a advertir.
-Por favor, no se vayan a tocar. -para enseguida dirigirse a Abelardo como advirtiendo al hermano mayor, ya bastante capaz de la responsabilidad. -Pueden estar constituidos de manera especular, con todas las condiciones al contrario. Un contacto los podría convertir en una colección de fotones... o en nada.
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sábado, abril 19, 2008
viernes, septiembre 29, 2006
81 -El Viejo Tunga
Llegar al aposento fue lo mismo que sentarse Ernesto Federico frente a la computadora ya prendida y empezar a decir cosas incomprensibles para Manuel, al mismo tiempo que tecleaba disparates y dejaba que su cara se iluminara con todos los colores cambiantes que producía aquella pantalla enloquecida.
-Quedate tranquilo, te perdieron de vista.
-¿Quiénes…?
-Los de las bolas de Dios, que casi te atrapan.
-Ah, claro. Vos los viste y me…
-No, los que te salvaron fueron los Tucu tucus. Yo me enteré del operativo, la encerrona y les pasé la información a ellos…
-¿Me estás jodiendo?
-Te estoy diciendo la verdad! Ya te dije que eran mutantes. Son del tamaño de un carpincho y tienen en todo sentido la inteligencia de un profesor de matemáticas; acumulan conocimientos que no saben transmitir.
-Pero yo pasé por esas cuevas y no vi ninguno…
-Cuando vos pasabas se escondían. Son muy tímidos… Mirá, vení para acá.
Sobre uno de los estantes había un portarretratos con marco de marfil, en cuya foto se veía a Ernesto Federico abrazado a un Tucu tucu gigante.
-Este es el viejo Tunga, un verdadero sabio! Sabe de todo. Lastima que hay que saber preguntarle. Ellos, lo que no saben es enseñarte a preguntar.
-¿Cómo?
-Porque ellos te contestan lo que sea, pero si la pregunta está mal hecha, la respuesta resulta completamente inadecuada… Y nuestras preguntas están…casi siempre mal hechas!
-¿Por qué… casi siempre mal hechas?
-Porque somos así. Nosotros no sabemos nada y hacemos preguntas a como nos salgan, confiando, con razón, en que el otro las va a entender a pesar de todo. Entre nosotros funciona porque el que escucha la pregunta, sin darse cuenta adivina la verdadera curiosidad del preguntante y es eso a lo que responde y no a lo que la pregunta, en un sentido lógico, apunta. Una mente de Tucu tucu funciona completamente distinto. La respuesta de ellos está tan condicionada por el sentido literal de la pregunta que, basta con el cambio de orden de alguna palabra o con el largo de alguna pausa, para que cambie. Pero lo que contestan es siempre correcto hasta cuando pensamos que se han equivocado…En esos caso siempre los equivocados hemos sido nosotros, que sin querer hemos preguntado otra cosa.
-¡Te fuiste al carajo!
-Quiero decir que los Bichos saben mucho, pero para que te den información, tenés que ser un sabio en la ciencia de hacer preguntas. Y aun asi…
-¡Ah, bueno!
-Quedate tranquilo, te perdieron de vista.
-¿Quiénes…?
-Los de las bolas de Dios, que casi te atrapan.
-Ah, claro. Vos los viste y me…
-No, los que te salvaron fueron los Tucu tucus. Yo me enteré del operativo, la encerrona y les pasé la información a ellos…
-¿Me estás jodiendo?
-Te estoy diciendo la verdad! Ya te dije que eran mutantes. Son del tamaño de un carpincho y tienen en todo sentido la inteligencia de un profesor de matemáticas; acumulan conocimientos que no saben transmitir.
-Pero yo pasé por esas cuevas y no vi ninguno…
-Cuando vos pasabas se escondían. Son muy tímidos… Mirá, vení para acá.
Sobre uno de los estantes había un portarretratos con marco de marfil, en cuya foto se veía a Ernesto Federico abrazado a un Tucu tucu gigante.
-Este es el viejo Tunga, un verdadero sabio! Sabe de todo. Lastima que hay que saber preguntarle. Ellos, lo que no saben es enseñarte a preguntar.
-¿Cómo?
-Porque ellos te contestan lo que sea, pero si la pregunta está mal hecha, la respuesta resulta completamente inadecuada… Y nuestras preguntas están…casi siempre mal hechas!
-¿Por qué… casi siempre mal hechas?
-Porque somos así. Nosotros no sabemos nada y hacemos preguntas a como nos salgan, confiando, con razón, en que el otro las va a entender a pesar de todo. Entre nosotros funciona porque el que escucha la pregunta, sin darse cuenta adivina la verdadera curiosidad del preguntante y es eso a lo que responde y no a lo que la pregunta, en un sentido lógico, apunta. Una mente de Tucu tucu funciona completamente distinto. La respuesta de ellos está tan condicionada por el sentido literal de la pregunta que, basta con el cambio de orden de alguna palabra o con el largo de alguna pausa, para que cambie. Pero lo que contestan es siempre correcto hasta cuando pensamos que se han equivocado…En esos caso siempre los equivocados hemos sido nosotros, que sin querer hemos preguntado otra cosa.
-¡Te fuiste al carajo!
-Quiero decir que los Bichos saben mucho, pero para que te den información, tenés que ser un sabio en la ciencia de hacer preguntas. Y aun asi…
-¡Ah, bueno!
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