lunes, octubre 08, 2007

407 Asalto a Los Dogones

Al mismo tiempo que ellos terminaban de considerar semejante idea y como aprovechándose del relativo silencio reinante, allá a lo lejos, por sobre los techos oscuros de la ciudad, vino llegando el ululante sonido de una sirena que no parecía ni alejarse ni acercarse. Pareció triste en comparación con la algarabía de la fiesta y el baile. Pareció demasiado fijo…como las sirenas…aquellas antiguas sirenas de las películas cuando comenzaban a caer las bombas nazis sobre Londres… Enseguida el celular de Magda…y su expresión al separar el aparato de su oreja y lacónicamente decir:

-Los Dogones fue tomado por fuerzas de asalto!

Era un reporte urgente que les llegaba vía Pepponne y que los otros pudieron oír cuando Magda les pasó el teléfono. Saber de lo imprevisto del ataque hecho por fuerzas humanas de infantería, es decir por un comando de tropas especiales. Aparentemente se habrían llevado a tres prisioneros entre ellos una mujer a los que cargaron en una cucaracha de esas negras y desaparecieron en el espacio. Los Dogones seguían en poder enemigo a pesar del fuego que en un primer momento concentró sobre su entrada un par de bolas del destacamento de San José de Carrasco antes de ser advertidos de que podrían dar muerte o herir a un enemigo humano. Las asambleas en las comunas vecinas estaban funcionando a full para agregar nuevas tácticas a la respuesta colectiva que por el momento sólo consistía en el sitio terrestre y aéreo a Los Dogones, que en ese momento se estaba instrumentando.

-Vamos para allá – dijo Manuel al tiempo que encontraba con la vista la salida más cercana a la playa de estacionamiento en que habían estacionado.

Habían llegado en dos bolas estandar que piloteadas una por Dengue y la otra por Manuel llegaron al teatro de los hechos en menos de dos minutos, justo cuando se prendían dos reflectores de los que habían sido de la fuerza aérea, confluyendo sus rayos sobre la nueva entrada de 45 modificada y ampliada.

-Hay otras salidas -gritó Manuel desde la bola a los del comité de campaña- vengan algunos con nosotros. Y ustedes, los de las armas, cuidado con disparar al tutun! En cualquier momento pueden salir por la entrada o por otro lado, unos animales amaestrados que teníamos ahí abajo. No tiren si no están seguros.

Uno de los compañeros de la trinchera largó la carcajada.

-Ya sabemos, Manuel, que ahí viven como cinco mil Tucus!

Pero Manuel ya corría con los otros que como él trataban de reconstruir en la imaginación cómo era la forma de la Galería Máxima por allí abajo para saber donde podrían quedar arriba los agujeros de las otras salidas.

Por fin estuvieron las cuatro bocas conocidas bajo vigilancia por si algún comando intentaba huir por allí cuando se pusiera en ejecución el plan rescate elaborado entre todos menos Dengue que se oponía a toda idea violenta. Dengue quedaría afuera a bordo de otra bola por si aparecían nuevas naves en el cielo y reportando con los guijarros los hechos en cualquier sentido.

Cuando estuvo todo dispuesto Manuel con la Magda en una bola y Chumbo con Cholo en la otra perforaron desde arriba el techo de la cueva y aparecieron en la Galería máxima en el vacío central rodeado de comandos vestidos de negro que miraban justamente en el otro sentido. Ni tiempo tuvieron de darse completamente vuelta cuando ya estaban atrapados todos en la trama pegajosa de las bolas de moco verde que los muchachos habían sintetizado con la resonancia de las cuerdas. Tuvieron que envolverlos con sábanas para poderlos juntar y declararlos prisioneros de guerra con su consabida dignidad y derechos.

Atrás vinieron los tucus a festejar dando vueltas alrededor de las bolas con una velocidad y traqueteo de las patas contra el suelo que parecía que se iba a caer la cúpula sobre ellos.

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