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jueves, enero 08, 2009

644. HERMANO

Salieron los dos corriendo pero no fue necesario hacerlo por más de una cuadra. A Dengue, afortunadamente, se le atravezó la rueda delantera en un arenal y se quedó trabado, sin encontrar salida. Transpiraba copiosamente mientras quería forzar la situación afirmando sobre los pedales sus rotos championes rojos y sobre el manillar sus flacos oscuros dedos curtidos por mil esfuerzos. Cuando los muchachos le alcanzaron eso vieron. Y la manera vertiginosa conque movía los ojos buscando la fisura que le permitiera escapar de aquella trampa, la tramposa realidad. Mil fantasmas le acosaban y sólo en el mundo existía una posibilidad de alivio, un instante, un infinito y minúsculo instante de paz...
Los muchachos trataron de hacerse oír con palabras amistosas, promesas de comprensión y acompañamiento.
Dengue contestaba incoherentes razones para ausentarse un rato de tales paraísos. La madre que debía visitar de inmediato nunca se había sabido quien era. Un increíble trabajo que debía comenzar ese mismo día. Y, por supuesto, que después de esas diligencias se iba a dedicar por entero a recuperar la salud, más tarde, cuando volviera con la misma bicicleta que ni por un momento había pensado en vender.

Manuel se impuso:

-Dengue, hermano... Dejá de decirte mentiras. Te venís con nosotros.

Aflojó. A pesar de la desesperante tensión accedió a caminar junto a la bici, que ahora llevaba Manuel tomada de las guampas. Magda le tomó una mano...
El sol ya se había puesto, pero su luz magenta retenía el paisaje con su afeite. Ellos mismos, unidad viviente en tres corazones y tres resuellos, se iban perdiendo, difusos y oscuros, en el profundo y dramático acorde de las sombras en avance.
Pasaban otras gentes por los lados, anónimas. Mil motivos habían en el mundo para apurar el paso, llevar paquetes y hasta para hablar solos, recontando trajines y olvidando sentimientos.
Ellos, en cambio, dialogaban con el silencio. Compartían de antiguo la sabiduría de la soledad aprendida en mil atardeceres imposibles de detener. En mil noches oscuras, casi tanto como esa que Dengue no había logrado atravesar, y que ahora... tal vez entre todos... ¿Porque, qué otra cosa somos que unos cuantos náufragos arrojados a las costas de un continente desconocido? ¿Sería sensato olvidar a nuestros compañeros para correr a buscar pepitas de oro?

sábado, diciembre 13, 2008

634. Las lágrimas y el sudor

Cuando los muchachos salieron del consultorio Giorgionne les observó desde la ventana de vidrios opacos que abrió para eso. Un cuadro de complejo diseño humano formado por tres cuerpos y un nudo de emociones autenticas que allí próximo se alejaba dejándole la extraña sensación de haber participado por fin en una verdadera interacción con la realidad y no con la teoría. Lástima que se fueran, supuestos pacientes que de haberse quedado un rato tal vez le hubiesen permitido aproximarse un poco más al misterio de la existencia. Ese carozo inabordable desde los esquemas, perfume volátil por el que los más de los humanos guían los pasos y las acciones que componen la trama de sus historias. Desde ya que se había exedido en sus funciones. Desde ya que nunca debió aprobar que el muchacho fuera mantenido en un domicilio particular, ni tuvo por un instante que dar los nombres de posibles remedios para bajar la ansiedad. Es que había actuado como una persona, como ellos, dejándose llevar por el juego de las imágenes reflejadas, por la emoción empática... por el dolor...

Hasta un rato después no cerró la ventana... Se sentía lleno de una vieja sensación que no había vuelto a sentir en muchos años. Soledad. Como si la vida se le hubiera escapado. Su vida, su propia vida de la que sólo le quedara una sombra. Vida que sí había sentido latir en ellos, llena de coraje y de miedo. De lágrimas y de sudor. De esperanza...
De pronto sin pensarlo se estaba poniendo la campera, abriendo la puerta, despidiéndose parcamente de las funcionarias de la entrada, llegando afuera y mirando en la dirección hacia la que los muchachos se habían alejado, con una sola idea en la mente. No perder contacto.

Los colores del cielo tras las copas de los pinos ya estaban virando a rosado sobre los hilos amarillos de desflecadas nubes. Sintió la aspereza de la arena bajo las suelas, el rumor indiferente del tránsito sobre Gianastasio, la premura de los muchos que bajaban de atestados omnibus desde Montevideo, a descansar para retomar la rutina mañana, los que como él debería estar haciendo y no hacía, se embarcaban ahora dentro del engranaje constante, todo eso en el aire, en las voces que alla lejos se sentían hablar como un fondo sobre el que debería filmarse la escena. LLegó ahora a lo alto del callejón, donde comienza el paulatino declive y los vió, allá, enredados tadavía con los largos miembros del pobre Dengue, así le habían llamado, paso a paso sobre el plateado brillo del balastro, figuras oscuras, pequeñas, solo ocupadas en asumir plenamente sus destinos.

Corrió un trecho. Les gritó sin que le oyeran. Se agitó. Estaba nervioso. Tan nervioso como cuando... Estaba vivo!

sábado, mayo 26, 2007

308 CONSTANCIA NOTARIAL

Difícil sería decir cuanto tiempo pasó por ellos sin respiración ni pulso. Sin saliva ni sudor. Pero compenetrados igual en ese extraño contacto tan íntimo y sensible como el mejor sexo, el de ellos, de siempre, que se prolonga y aumenta poco a poco para llegar al clímax muy tarde, cuando ya las fronteras entre las personalidades han dejado de existir. Hasta era más fácil, sin cuerpo. Yendo directo a lo esencial, el contacto entre las almas. Que se reconocen en ese mundo sin luz de la única manera que se puede conocer sin posibilidad de error: Por el contacto entre las conciencias que mucho disfrutan cuando pueden dejar de estar solas dentro de esa caja de nada que sin embargo limita. Mente con mente, recorriéndose como recorren los ojos del lector las páginas de un libro o la sensibilidad auditiva llevada de la mano por Motzart. Allí estaban todas las historias sin palabras, a pura sensaciones simultáneas y un débil pensamiento que intenta inútilmente poner un nombre a cada cosa. Una etiqueta a la vida! Con sus componentes en miligramos para poder después repetirla bajo la firma de la constancia notarial. No, historias como las del Hombre Ilustrado que se ponen en movimiento involucrándonos por entero como si nadáramos bajo el agua sin necesidad de respirar. Daba gracia saber que el pobre pensamiento se había quedado atrás ya desde el principio con su libretita de anotaciones dejándoles navegar por los rápidos de la existencia con las almas desnudas del temor por el devenir constante. Y daba gusto sentirse liberado del eterno tiempo aunque siguiera pasando, pero ya no como el tic tac que nos acerca a la hora de la alarma, de la comida o de la muerte. El tiempo también se había liberado de toda esa carga de fenómenos que siempre debía estar empujando para que no se retrasaran y todo funcionase como dios manda. Aquí no había tareas. No habían cosas ni fenómenos, sólo había conciencias.
Sin embargo, en algún momento algo se abrió en el aire sobre las ruinas de Los Dogones y las rozadas luces del alba. Sobre la tierra gris sonaba un acorde de inmenso silencio para enmarcar la imposible desolación que allí reinaba. No salían humos ni olores, no había huellas de fuego, no quedaba más que un montón de escombros y tablas quebradas alrededor de un pozo central. No quedaba nada.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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