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lunes, septiembre 21, 2009

738. Érase un hipercubo que comía plasma

Cholo, que había permanecido callado de asombro, despertó a estar viviendo una realidad recién cuando Manuel rompiera el hálito mágico, transformando aquello en un simple aparato.

-Decime, Ernesto... ¿Con qué energía funciona...?

La explicación de Ernesto comenzó dando rodeos que nada explicaban. Fue una descripción del basamento cuadrado y negro que se escondía debajo del cubo, en el cual había descubierto una única abertura por donde, en principio, debería entrar algún elemento portador de energía. Pero no un elemento cualquiera de los que estamos acostumbrados a ver. Aquello no era un enchufe ni cosa parecida. Era un simple hueco oscuro que se prolongaba hasta el otro extremo del aparato sin presentar el menor relieve o depresión interior, ni otro indicio que sugiriera uniones o acoples de partes diferentes. Condición que también mostraba el exterior de esa base y aun el cubo que reposaba arriba. Todo parecía haber sido hecho de una sola vez y de una sola pieza.
En cambio el cubo superior, desde un principio le había resultado hasta cierto punto familiar. Le hacía recordar figuras vistas en libros de geometría. La representación o proyección en tres dimensiones de un cubo de cuatro. Un Hipercubo. Allí estaban a la vista los planos a 45 grados que había visto en los dibujos, que... como era de esperar, desaparecían ante todo intento de ser tocados con los dedos. Las trayectorias de los rayos luminosos eran allí ajenas a todas la leyes de la óptica, o los supuestos vidrios eran materiales extraños intangibles y penetrables. O si no... Era no más aquello un Hipercubo y lo que se veía no era lo que nos sugería el sentido común, sino una realidad incomprensible para nuestra mente. ¡Un espacio de más de tres dimensiones!

-¿Y la energía...?- insistió Cholo.
-...primero empecé a iluminar el interior de aquella cavidad aparentemente cilíndrica, pero las luces se perdían sin mostrar nada iluminado. Metí barras de calefacción con resistencias, llamas de sopletes de gas, descargas eléctricas... todo lo que pasó por mi imaginación...
-¿Y...?
-Bueno... Después de mucho probar y pensar llegué a la conclusión de que este aparato se alimenta de la energía de un estado de la materia poco común. El Plasma... Tuve que aprender a fabricarlo...
-¿Fabricarlo?
-Sí, encontré en Internet artículos que me ayudaron mucho.
-¿Y qué pasó después...?
-Pasó que empezaron a aparecer esas luces que ustedes vieron y el aparato a generar esas perspectivas engañosas que hacen que las cosas que se introducen al cubo se vayan viendo cada vez más pequeñas a medida que entran.

Cholo se empecinaba en encontrar alguna falla en algún lado.

-¿Mediste los campos eléctricos y magnéticos en el interior?
-Sin ningún resultado que me resultara aprovechable...
-¿Por qué?
-Son campos que varían constantemente en un mismo lugar y en lugares contiguos. No les encontré ninguna secuencia o regularidad significativa... No sé... Sospecho que todo ha de tener una explicación unitaria, pero mis conocimientos son muy limitados.

Manuel sugirió que se podría consultar a Don Miguel.

-No parece muy amigo de hablar de estos temas, pero creo que sabe más de lo que reconoce.
-...el farmacéutico...
-Acompañó a mi abuelo cuando buscaba la forma de comunicarse con los mundos paralelos... Hace muchos años...

Ernesto decidió llamarlo de inmediato. Sacó el teléfono y procedió a saludar y contestar cuestiones referentes al comité de base y sus reuniones políticas. Aseguró a continuación que el muchachito que habían tratado para deshabituarlo de la pasta base (Dengue) andaba muy bien, completamente recuperado. Y antes de despedirse llegó por fin al tema.

-Don Miguel... necesito su asesoramiento en un tema de carácter... científico...






sábado, septiembre 19, 2009

737. Del cubo sacó una llave

Entraron a la Villa Los Dogones pasado el mediodía. En fila india y en silencio traspasaron el portal de dos hojas, debajo del arco donde un cartel tallado en madera de lapacho, con extraños símbolos, adelantaba a cualquier visitante que estaba ingresando a otro mundo. Nada parecía haber sufrido el paso del tiempo, ni el portón ni los jardines, por cuyos caminos tapizados de piedras coloridas se acercaron a la construcción, estilo colonial portugués, treparon los tres escalones hasta el corredor de columnas de madera y vieron abrirse la alta puerta celeste ceniza con vivos blanco viejo.
Se abrió a un interior sombrío pero cálido, adornado apenas distinto que el que Manuel ya conocía. La gran biblioteca, una reproducción enorme de Portinari, tallas en marfil y ébano, un dyengué en un rincón, un sillón tallado en una sóla pieza de madera, una alfombra de cuero, tal vez de búfalo... Pero ninguna fotografía de los Tucu tucus...
Ernesto les detuvo en medio de esa sala, y con expresión de quien procede a iniciar algo demasiado significativo como para un ademán cualquiera, empujó con la gran palma de su mano derecha una biblioteca menor, quer sobre el piso completaba el flanco derecho del hogar. Sin quejidos ni tituveos, el mueble se deslizó más de un metro, metiéndose en el muro y dejando al descubierto una angosta y casi vertical escalera descendente, que se perdía en la oscuridad del hueco.

-Bajaré primero para despejar el camino,- dijo al tiempo que accionaba un interruptor de luz en el piso yse agachaba para tomarse del extremo de una barra que oficiaba de pasamano.

Por supuesto el sótano estaba lleno de aparatos electrónicos. Computadoras, ni que decir, Pero también otras cosas que nadie pudo reconocer. Pero era pequeño y en ninguna de sus paredes, por cierto que poco visibles, se hubiese podido suponer alguna salida o de esos llamados pasadizos secretos.
Era un bunker de una sóla plaza, para una persona que estuviera interesada en los aspectos más generales, lejanos y abstractos de la humanidad... de la ciencia..., tal vez del universo.

A Manuel le llamó la atención un cubo de vidrio, casi de un metro de arista, cuyo interior no parecía estar ni lleno ni vacío, pero sí, que le faltaba al menos la cara delantera...

Ernesto Federico se paró justamente frente a eso para iniciar su explicación.

-Esto que ven aquí es un aparato misterioso, que hace años me llegó sin poder saber quien era el remitente... No sé exactamente para qué sirve. No venía acompañado de ninguna explicación pero... yo he estado probándolo. ¡Vean!

De inmediato metió la mano derecha por la abertura frontal y todos pudieron ver cómo, a medida que avanzaba parecía empequeñecerse, y que, al menos en apariencia, aquel interior se iba poblando de un sinnúmero de formas luminosas difícilmente reconocibles. De pronto de un tirón retiró la mano que ahora apareció cerrada y un poco más oscura que al entrar. Pero normal de tamaño. La abrió. como abre el mago la mano después de retirar de una oreja el famoso anillo perdido. Y al abrirla pudieron todos ver en ella, no el anillo, sino una llave. Una pequeña y vulgar llave de bronce, gastada por el uso y sin ninguna seña en particular aparte de dos iniciales en letras latinas: A.L.

La expresión de Ernesto no era de satisfacción. Reflejaba quizá tanta o más sorpresa  que los otros, y sin duda mucha preocupación.

-Vean que esta llave no estaba en este mundo, la he robado de otro, y no sé, en realidad , cuales pueden ser las consecuencias.

Rulo ingenuamente preguntó por qué no la devolvía.

Ernesto apenas sonrió y, pasando el pequeño objeto a manos de Manuel, explicó que no encontraba el modo de saber si era posible llegar dos veces al mismo sitio

-Cada vez que lo hago el resultado es distinto. Alguna vez, creo que llegué a palpar la piel de un ser vivo...

Ahora todos callaron. La tenue luz que todavía emanaba del cubo, les iluminaba con esos tonos que usan las películas de terror, desde abajo, iluminando las narinas y las órbitas de los ojos, pero no las frentes,

Manuel quizo hablar.

-Me parece que al aparato le ha de estar faltando una parte que es la que se encarga de dirigirlo a donde uno quiere. Mi abuelo y su amigo Germán han perfeccionado mucho estas cosas...
-¿Tu abuelo? ¿Ese que era amigo de Don Miguel...?
-Ese. Abelardo Goiticoechea. El que me anda buscando.