viernes, junio 22, 2007

331 Un Sello de Sangre

En esa tonalidad de Re menor seguían entrecruzando melodías cuando se presentó el innombrable príncipe de las tinieblas. Perdón, el primo de Satanás, el príncipe de los mandingas. Nombrable por cierto bajo el apelativo genérico de Mandinga, aunque fuese el menos genérico de todos los diablos, por bohemio e indolente. Venía con un nuevo look restallante de colores que saltaban de su exagerada camisola hawaiana para salpicar los ojos y arrancar sonrisas.

-Hola chicos!

Logró en dos segundos cambiar el clima sintonizado de golpe en la estación festiva de la música de salsa. Aunque demasiado grande, se movía con sutileza por el centro del espacio insinuando bailes, pero haciendo tales ademanes con los brazos por lo alto que entendieron todos que algo quería decir.

-JAjajajajá.

La carcajada bien podía ser el primer verso de una estrofa de esas chiquitas que tienen esa gracia, pero no era. Era una carcajada. Que después se repitió cortita cuando el tipo se dio cuenta de que todos escuchaban y él reía. Pero Mandinga trató de ponerse serio y explicó su alegre risa por tener como aliados a este conjunto de humanos tan valientes que han quedado hermanados entre ellos y con todos los enemigos del viejo Dios. Una alianza sellada no con palabras dichas o escritas sino con sangre derramada. -dicho sea en un sentido metafórico para embellecer las transas con un lenguaje distinto al del marketing- Los abrazó uno por uno y pidió hacer una fiesta.

-Tenemos que irnos –explicó Cholo- dejamos las bolas en el monte.

-¿Y a dónde las llevan? Yo anduve por lugares demasiado lejanos.

Los ojos de Cholo relampaguearon ida y vuelta a los de Manuel antes de contestar con naturalidad: Vení con nosotros.

Los de Mandinga también siguieron el recorrido de las miradas que había visto hacer a Cholo y entonces no contestó más que con una bajada de cabeza de consentimiento.

Quedarían en la casa Giorgionne y Margarita. En la suya Rulo, Julieta y Lucila. En Montevideo Pepponne. Los otros seis debían irse montados en las tres bolas que los trajeron, después que Ernesto Federico De Oliveira e Sousa blandiera la tarjeta en el cajero automático. ¡Entrégueme todo el dinero! Esto es un asalto (Toda nuestra plata la tienen ellos y a nosotros nos cobran por usarla?)-Para hacer las compras en el supermercado.

Tuvieron que hacer dos viajes. En el primero se quedaron Ernesto y Dengue con Magdalena, arreglando las cosas dentro de la cueva, después de haber instalado los faroles de gas. En el segundo venía la comida y la ropa de abrigo mas un par de botellas de grappamiel y un poco más de cajas de vino.

Al caer la noche los primeros veinte metros de la cueva se veía como un salón imperial de baile al que le faltaran las esplendidas arañas de cristal y las alfombras de enmarañados diseños apagando el sonido de los tacos desparejos aunque tampoco las cortinas…Era otra cueva habitada por el hombre siguiendo la vieja tradición que se abandonó enseguida de inventarse la vivienda, o el trabajo, al cavo de que las cuevas que habían ya tenían dueño… Lo extraño es que después que los derrotados en la guerra (los que se quedaban sin cuevas) inventaron las casas y se resignaron a ellas procreándose allí dentro y no haciéndolo más al aire libre por siglos y siglos, de pronto los descendientes de los triunfadores abandonaban por su cuenta las cuevas para ya nunca más volver, atraídos como estaban por el brillo de las tejas sobre un montón de tablas carcomidas por los teredos. Era el progreso. El que se completó años después cuando se inventaron los enanitos de Pórtland de jardín y la lluvia giratoria. Estaba limpia y bastante iluminada. El olor del aire era agradable, ni muy seco ni muy húmedo y la temperatura normal. Hicieron un brindis.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)
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