domingo, junio 10, 2007

323 EL HIJO DE JULIETA

Mientras los hombres avanzaban tras la movediza luz de la linterna, Magdalena se fue quedando atrás haciéndose conciente de un leve mareo que la condujo a apoyarse contra un pilar de roca mientras reconocía en su pecho una herida que se estaba abriendo en las llamas del dolor.

-Manuel, tenemos que rescatar a Julieta!

La luz dibujó extremos garabatos por techo y paredes y vino a enfocar el rostro hablante.

-¿Julieta, dijiste?

-Sí, no la vamos a dejar en manos de esos…

-Ella está bien…y el hijo…

-¿El hijo…?

-Sí, también. A los que agarraron, fue a Ernesto y al Dengue.

-¿Vivos?

-Esperá!

Se sentó y se ovilló sobre las rodillas apenas iluminado por la escasa luz que se difundía desde la banda diagonal iluminada del piso, entre la mano izquierda de Manuel y más allá las cuatro piernas que habían escuchado el extraño diálogo ahora interrumpido.

-Sí, los dos están vivos pero muertos de miedo. Dengue especialmente.

-¿Pero dónde están?

-No puedo ver nada. Solo sentir lo que están sintiendo.

-Y…¿el hijo de Julieta que siente?

-Está bastante confundido. No está seguro de haber salido hacia un lugar interesante…

-¿Y Rulo?

-Revienta de orgullo y también de preocupación por la responsabilidad.

Se quedaron callados. La linterna empezó a parpadear su luz que se volvía sepia hasta morir. En la oscuridad todos supieron que nada podían ocultar a la percepción de Manuel que al parecer como un éter que todo lo embebe traspasaba cualquier frontera.

Fue entonces, en la más espesa negrura subterránea que estalló aquel ruido atronador causado por las carcajadas de Manuel rebotando en todos los rincones. Alguien levantó la linterna y lo puso en foco. El desgraciado reía como un animal revolcándose por el suelo. Pataleaba y no lograba volver a sentarse para explicar lo que le pasaba, de qué se reía, o en su defecto…Decir la verdad.

Se levantó y fue otra vez a las risas a abrazar al flaco Oscar, al que sí trataba de explicarle entre risas que nunca se había encontrado con alguien que tuviese tanta gracia para pensar.

-Ah, pero te estás riendo de Mi? ¿Mirá el guacho!

-No me río de vos. Es que mientras pensás te hacés chistes!

-¿Y quién no?

Ahora fue Oscar quien tuvo que dar explicaciones de sus características psico- cotidianas ayudado por Manuel que le iba marcando los puntos en que se diferenciaba del estilo del pensamiento medio. Punto primero: Pensamiento en diálogo. Cosa que era pensar entre dos siendo sin duda uno. Segundo, y eso era lo que más le había llamado la atención a Manuel, la costumbre de que ante cualquier idea uno tenga la actitud de creer cualquier cosa y el otro lo raje a puteadas o le haga caer en trabalenguas o situaciones ridículas. En esa parte iban los chistosos sobrenombres que el maldito le enrostraba al inocente y que Manuel no podía oír sin volverse a reír, pero… Se puso de golpe serio e invitó a salir de la cueva porque tenían que ponerse en marcha para rescatar a los prisioneros.
(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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