lunes, octubre 29, 2007

421 EL OJO DEL HURACÁN

Abelardo no estaba muy de acuerdo con Mandinga. Protestó que diera como conocimiento positivo lo que no pasaba de ser una especulación compartida por mucha gente del otro mundo, incluso hasta cierto punto por él mismo y su amigo Germán.

-La conciencia se resiste denodadamente a ser analizada por cualquier instrumento ya sea teórico o práctico. No hace otra cosa que devolvernos nuestra estúpida cara de observadores de microbios en el microscópico.

-Porque la conciencia somos nosotros mismos…

-Pero nos devuelve nuestra actitud del momento. Como si fuera un espejo. Al ansioso le dice que la conciencia es ansiosa. Al calmo que es la calma. Al racional que es pura razón y al materialista que está compuesta de algún tipo de átomos…

-Y está bien. Refleja la conciencia de cada cual.

-¡No, nos toma del pelo! ¡Nos dice lo que ya sabemos! Lo que quisiéramos saber es qué mierda es la conciencia? Y eso no lo dice. Sólo sonríe y mira al infinito.

Manuel intervino:

-A ver abuelo…A ver si yo me fui al carajo también. Vos dijiste que con tu conciencia querías entender a toda la conciencia?

Abelardo le miró casi con rabia pero enseguida sonrió satisfecho.

-Tenés razón Manuelito, si creo que hay una conciencia que abarca a todas no puedo pretender eso a no ser que yo sea esa conciencia. ¿Pero si no existe esa conciencia total. Si todas las conciencias son iguales, al menos en importancia o poderío, en ese caso yo me pregunto qué es, cual es la esencia de la conciencia, cómo funciona…o…

-La de cada cual, que serían semejantes?

-Porque son distintas pero todas tienen la calidad de conciencia. Se trata de una pregunta muy pelotuda…ya lo se, pero no puedo expresarlo más que así: ¿Qué es la conciencia?

-¡Te entendí, por fin te entendí, abuelo! ¿Sabés las noches que me pasaba pensando en eso mismo?

-¿Vos también?

-Si me imaginaba las conciencias como bolas luminosas en la oscuridad. Pero eran seres vivos sin cuerpo ni forma! Como unos bichitos de luz que tuvieran una vitalidad bárbara.

-¿Qué tipo de vitalidad? –se apresuró a preguntar Vittorio?

-Yo no lo veía, pero yo sabía que en ellas había una gran actividad que uno se podría imaginar como mucha gente conversando, pero que en el centro, había un vacío donde no pasaba nada.

-El ojo del huracán.

-Como un silencio. En el fondo eran calladas…

-¿Y cuando veías eso?

-Era un juego que jugaba cuando se apagaba la luz.

-¿Para no sentir miedo?

Manuel se rió

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)
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