lunes, octubre 22, 2007

417 NO SE PILLEN

Margarita se precipitó, antes que Manuel, a saludar a su padre que sonreía ufano apenas bajado de una bola reluciente que todavía flotaba sobre el piso de la caverna.

Corrieron las lágrimas por las mejillas de la orgullosa Margarita que volvió a olfatear aquel horrible perfume que siempre usara Abelardo.

-Mi niña! Cada vez te parecés más a tu madre.

-Me dijeron que está otra vez con vos. ¡La hubieras traído!

Al mismo tiempo contestó Abelardo que estaban en guerra, que Manuel también abrió los brazos para estrechar a su abuelo.

-Qué cambio –le dijo señalando la nave- La última vez andabas en un cachilo prestado.

Fueron a mirarla todos.

Le acariciaban la bruñida superficie tornasolada en cada punto como una pantalla de monitor. Decían uh y ah, como corresponde cuando el vecino se compra un auto nuevo. Preguntaban detalles que enseguida se olvidaban.

-La parte de navegación se la debo a Germán. Se maneja con cuerdas de dimensiones enrolladas. Eso le da una precisión nunca vista…Ahora Germán llora de risa cuando se acuerda que te raptaba, Manuel, en alguna de aquellas bolas primitivas y que te tiraba por cualquier lugar porque era hasta peligroso errarle feo en una maniobra y reventarse contra un asteroide.

Recién entonces Manuel se dio cuenta de que aquello había sido divertido. Por cierto!

-¿Así que era de bruto, que me hacía esas cosas? Una vez volví lleno de babas de milico!

-Claro. El año pasado todavía la ciencia de las bolas estaba en pañales… Pero me he enterado de que ustedes también han hecho muchas mejoras.

-Estamos en guerra! –aclaró Cholo- entre un previo “cómo le vá?” y el posterior “venga por acá que nos sentamos en los sillones”.

No quería reconocerlo Cholo, pero se sentía impresionado de pensar que aquel hombre en realidad era un muerto que desde entonces casi no había vuelto a envejecer. Él le había conocido vivo y podía jurar que era el mismo que habían visto cruzar la calle dentro de un cajón. Don Abelardo, como le decían para su disgusto de los títulos nobiliariarios. Viejo con fama de loco, aunque bondadoso e inventor de inventos imposibles. ¡Anarquista hasta la médula de los huesos…! Pero eso sí, una cosa rara. Enemigo de los hippies a partir de que la madre de Manuel se fuera tras de uno que pasó, cuando tenía trece años.

-Si, Margarita… tu mamá está lo más bien, ya se podrá hacer el viaje sin peligro… En realidad no tengo mucho tiempo. No por mí sino por la nave que está en fase alfa… Esto casi es un vuelo de prueba con los nuevos sistemas…Quiero decir que pasemos al tema que nos preocupa.

-La guerra. –acotó por las dudas Cholo.

-¡Eso! Quería decirles que ustedes la pueden ganar con las tácticas de la no violencia y la desorganización, pero corren un peligro. Que se pillen.

-Qué se qué? –Preguntó Manuel enseguida, adivinando que era otra de esas palabras del abuelo.

Abelardo vio cómo Manuel ponía cara de reírse diciendo que estás diciendo abuelo? Como lo hacía cuando era un botijita allí en San José de Carrasco. Y como lo vio, explicó casi molesto:

-Pillarse, creerse, creérsela, inflarse…

Manuel se puso serio.

-¿Tenés miedo de que el poder nos cambie?

-Si no estuvieran prevenidos…

-Pero… viniste del otro mundo por eso… mirá abuelo…

A Manuel se le estrechaba la garganta.

-…nosotros no tenemos poder. No somos el gobierno más que de nuestra propia comuna subterránea. Esto funciona así y nadie nos viene a preguntar que carajo opinamos de los que ellos quieren hacer.

Abelardo se interesó echando el cuerpo adelante.

-Pero es tan así…? ¿En serio ustedes no ejercen la función de “consejeros” o “elaboradores de informes que desaconsejan cierta línea de acción”?

-No señor Abelardo, -contestó Ernesto Federico quien hasta ese momento había esperado ser reconocido por el viejo Abelardo, su amigo.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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