miércoles, septiembre 20, 2006

72 - SUPER FLASH CHAMPION

Así que tuvieron que correr porque les dio frío. Corrieron a las risas entre chapuzones que a propósito producían en los charcos que pisaban. Corrieron por dentro de los pinos donde la arena aun no se había mojado mucho. Se cansaron y se sentaron entre los médanos ondulados, apenas cubiertos de pinochas que le daban ese aspecto de cara mal afeitada. Se callaron a escuchar el silencioso ruido de la lluvia mansa que caía allá en las orillas del monte, por la calle desierta y también por las ramas y los troncos resbalando hasta ellos y cayendo como gruesos gotones desacompasados sobre sus cabezas o sobre el piso, donde rápidamente eran absorbidos por la arena. Se volvieron a besar. Se empezaron a tocar. Naturaleza viva despertada en ellos. Encima de lo ya mojado se humedecieron, mientras por Gianastasio continuaba el trancito, rumoroso y obsesivo. Se terminaron de ensuciar, arena y pinochas sobre barro. Y se rieron con ganas esos momentos en que la boca quedaba libre de los otros labios…

Los vecinos les vieron pasar, poco después, tiritando y disfrazados de milanesas, cuando doblaban en la última esquina llegando ya a la casa a donde entraron corriendo derecho a quitarse la ropa, lavarse un poco, secarse y cubrirse con frazadas ya encima de la cama donde formaron una carpa cubriendo los dos cuerpos desnudos y enfrentados, con las piernas entrelazadas y las cabezas juntas y las lenguas y las yemas de los dedos recorriendo valles y hondonadas, selvas y montañas…

No serían más, mucho más de las seis de la tarde, casi noche, cuando las ventanas de los vecinos comenzaban a prender sus luces y las chimeneas a lanzar sus humos de leños crepitando en el fuego gracias a la resina ardiente que ya perfumaba el aire de la calle.
A las ocho y media la única ventana apagada era la de Manuel.

(-¿Se habrían ido?)

Pero a las diez menos cuarto se hizo la luz en la conciencia de Manuel, cuando recordó alarmado que el almacén iba a cerrar y que si no corría se iban a quedar sin comer nada.
Se lo vio aparecer desde afuera, como Súper Flash Champion, el superhéroe de Lagomar y toda la Ciudad de la Costa, porque al abrirse la puerta vino por el aire con los championes por delante, tratando de saltar el charco que se había formado frente a la puerta.
Pan y mortadela, un cacho de queso y otro de dulce, por no haberlo pensado antes…y un troli de vino, al menos, pero no más. Menos mal andar con plata en el bolsillo, gracias a… ¡Gracias a que la señora de las tetas había puesto sus ojos en “un servidor”.
Y ahora la flaca! Por qué sería que las mujeres se ponían tan locas…? Porque la flaca… ¡La guacha estaba loquísima… y él. Todo estaba bien. ¡Estaba de más!

Al llegar de vuelta Manuel tomó carrera para cruzar por el aire el charco sin calcular que con tamaño impuso y una vez en el aire no iba a poder bajar enseguida sobre el porchecito antes de chocar la puerta y meterse con tutti por la casa, destripando del todo la cerradura y las bisagras y arrastrando por el piso la mortadela y especialmente el dulce de membrillo que sin duda se llenó de pelusa y se empastó pegajoso a lo largo de las baldosas…
Apareció la flaca desde el cuarto, riéndose por anticipado de lo que hubiera producido aquel escándalo de ruidos y puteadas, que Manuel le contaría, con descripción de intenciones y de consecuencias, fractura de riñón o cualquier otro daño igualmente cómico.

-No jodas, Manuel, ¡vos lo hacés de gusto!
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