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miércoles, julio 29, 2009

717. El Brindis

Largo rato estuvo Manuel caído sobre la cama, filosofando sobre esas y otras cuestiones que le llegaban sin pausa luego de sobrevolarle en espera de que terminara de atender las anteriores. Por eso no advirtió que los contornos de las ideas se iban poniendo borrosos y hasta tal vez mezclados de elementos que no venían ni por casualidad al caso. Aquella mancha de humedad en el techo, que se volvía ave de enormes alas abarcativas de conceptos contradictorios... Esos duendes que no cesaban de aparecer a recordarle (engañosamente) cual era la línea de pensamiento actual... La tonadilla de su blue que aun continuaba con su tiovivo en segundo plano...
Se quedó dormido.
Tan dormido que cuando apareció Magdalena y empezó a hacerle cosquillas en la planta de los pies descalzos, y después a lo largo de la pierna enfundada en el vaquero, y en la cintura y después el pecho... No dejaba él de creer que aquel dulce Universo había decidido ser por fin el suyo, dejando de lado las dudas y los problemáticos problemas que hasta entonces en el otro, aquel escabroso e incomprensible, le habían mantenido jaqueado, impidiéndole el ejercicio de la felicidad.
Por eso no quería despertar. Es decir dormirse dentro del sueño o pesadilla de la que se acababa de despertar. Quería seguir despierto en la cosquilla suave que poco a poco efervescía su sangre dispuesta para el entusiasmo del brindis festejado en aquella su copa predilecta, la Magdalena.
Ya venía siendo tiempo de beber otra vez de la fuente insondable de las tibias aguas. De nadar en el mar privado de la felicidad. De compartir las pieles y disolver los cuerpos en uno solo, que se expansiona en la morosa satisfacción de todas las ansias antes de que lo pidan, ni que lo esperen.
Casi ni importa ya, si esto es el sueño o el despertar, porque mientras siga fluyendo... El Universo, fuera cual fuere, tendría permiso para seguir existiendo como un adecuado paisaje que contuviera en su seno la fiesta serena del almuerzo campestre.
Pero también la pasión. Y los labios mordidos y la saliva en el cuello, mientras los pezones enhestan su monte de Venus mil veces lubricados por los labios, y el falo relame, entre relinchos, las umbrías oquedades de la delicia


lunes, abril 02, 2007

258: LAS BOLAS NO SE ENTREGAN

Pasada la medianoche se quedaron dormidos sobre los colchones en el piso. Ahora la señora luna empujó las cortinas y entró silenciosa a alumbrar de blancura el par de cuerpos dorados. Esos senos perfectos, redondos y suaves al alcance todavía de la mano varonil que indolente descansaba acariciando el ombligo. El perfil del muchacho, broncínea moneda imposible de repetir. Las rodillas dobladas de ella. La otra mano en el pubis, la sonrisa satisfecha compartida hasta en sueños… Todo lo iluminó, lechosa luz de paso quedo, almohadonada en el cri cri de los grillos, para no acallarlos ni molestarlos y proseguir su recorrido, allá por sobre las copas de los pinos y más allá en las colinas y los campos, los árboles y las casas solitarias, invitando a la blandura.

Ellas en cambio, habían discutido y ofuscadas se acostaron en sus distantes y demasiado altas camas. Que odiaban, como odiaban las agujas de crochet y los huevos de madera que se habían usado para poner dentro de los calcetines al zurcirlos. También las cortinas floreadas con festones y las bolsas de agua caliente con fundas acolchadas. Todo eso que siempre les había rodeado y que sin querer reponían mucho antes de que se gastaran, como queriendo conservar todo en el estado primero que habían conocido, sin que pase el tiempo, para que aun sea temprano para empezar a caminar.
Habían discutido por el muchacho, esa era la verdad. Flori lo sabía tanto como Juve que no quería reconocerlo, en cambio Juve quería escribir la escena con tantos detalles anatómicos, que ella…a ella le daba un poco de vergüenza, pensando que eso se iba a publicar aunque fuese en España, y que el señor Tuque les hubiese escrito esa carta solicitando más sensualidad y nervio. (¡qué viejo pajero!)
Aunque bien considerado, ellas vivían de eso y como firmaban todo con ese seudónimo espantoso que les había enchufado el viejo, como si fuera creíble que una bailarina de un salón del lejano oeste, –Loreley-, se pusiera a escribir una novela ambientada en una mansión de Béverly Hills del siglo 21. Podría ser divertido después de todo, porque ella se sentía capaz de expresar muchas cosas con el más directo de los lenguajes, si se quiere, ese lenguaje prohibido por estar compuesto por todas las más deliciosas palabras que se hayan inventado, las palabras mágicas, que no solo son palabras sino que son las cosas que designan, que hace que quien las oye las huela, las guste sobre la lengua, las sienta… Mañana se iba a reconciliar con Juve.

Los despertó el Dengue con sacudones y voces a medio tono para decirles que había llegado Pepponne diciendo que la intervención era imparable si no entregaban al menos una bola diciendo que era la única e inventando alguna mentira creíble sobre el origen de los planos.
Manuel saltó del colchón por segunda vez en la noche, en busca de los vaqueros y la remera.
-¡Las bolas no se entregan!

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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miércoles, marzo 21, 2007

248:¡MARKETING!

Tres días completos estuvieron haciendo vuelos de entrenamiento y ajustando detalles en cada una de las bolas. Tres días de mucha actividad por la Galería máxima donde era continuo el cruce de pequeños grupos que iban hacia una u otra bola, o que volvían de ellas, discutiendo los detalles de las maniobras efectuadas. Los más hábiles pilotos resultaron ser los más jóvenes, pero ninguno se quedó sin pilotear. Entre los hábiles, primeros los Tucus que, con ese oído tísico que tienen y esa manera de ser…hasta eran capaces de manejar la bola desde antes de subir. Y estacionarla mejor ya cuando se retiraban al tranquito hacia la jarra de macachines.

A la noche subieron a “Los Dogones” para festejar con un asado y buen vino el enorme progreso logrado. Eran propietarios de una escuadrilla de naves transdimensionales capaces de atravesar montañas, sumergirse en el mar o viajar a otros mundos, indistintamente, sin mayores esfuerzos ni gasto de energía. Por eso los brindis se sucedieron a nombre de cada una de las cosas que las bolas podían hacer. De lo que ellos podían hacer. De lo que iban… Claro, esa fue la pregunta que hizo Miguel y que dio término al jolgorio. Qué iban a hacer ahora con las bolas? La pretendida independencia la iban a conseguir transformando estos farolitos chinos en efectivas armas de guerra? O iban a huir hacia ese orificio interior cada vez que algún militarote descerebrado viniera a reprimirlos? No había noticia de ninguna guerra que se hubiera ganado huyendo! Primero el Cholo y después Manuel se inclinaron por los métodos pacíficos que no tenían por que ser la repetición del no comer con sal. Era el momento del salto cualitativo, como dijo Cholo como para justificar el abrazo que Manuel le regalaba en aprobación. Salvo que al Cholo salir a hacer piruetas sobre la playa para asombrar a la gente le parecía un recurso de publicidad traicionera si no iba acompañado de una explicación que le diera un sentido de lucha en común con toda la gente. –De acuerdo.- Le respondió Manuel. –Pero dame un poco de tiempo. Primero llamamos la atención sin decir nada. Que la gente comente, que se junte a determinadas horas para ver las bolas que andan otra vez haciendo cosas raras. Que diga que son OVNIS y venga Flavio Cerca de dar explicaciones. Que vengan todos los canales de todo el mundo. Entonces sí. Cuando les digamos que hay cosas en el cielo que están viniendo a raptar gente y a darle órdenes al gobierno para que se baje más los pantalones. ..Entonces nos van a creer

Gruesos golpes de manos interrumpieron el discurso de Manuel. Eran los que daba Mandinga del otro lado del portón de calle, de puro bromista, porque entró sin que le atendieran a mostrar su nuevo atuendo rastafari y a felicitar a Manuel por la estrategia. Las rastas le golpeaban el medio de la espalda cuando sacudía la cabeza diciendo sí, al modo del caballo en forzado trote. Porque poniéndose serio, con lo que se le estiraba un tanto la trompa, decía que sí con la palabra y con la cabeza mientras creía recordar que eso era, o algo parecido lo que Germán Oesterheld le había pedido que tratara de promover. Un levantamiento popular.

-Conozco varios lugares en América en los que se están generando movimientos similares.

_¿Tienen bolas también?

-No, pero están bastante embravecidos y a veces tienen las ideas claras.

Cholo se interesó. Preguntó por la línea ideológica de esos movimientos. Mandinga sonrió.

-A vos te va a parecer raro. Pero ya no quedan materialistas. Es el espíritu de América el que renace, el de la vieja América. Ya verán aparcer a los Tupac y los Quetzacoatl y tantos otros primos mios derrotados por la cruz, la espada y el dólar.

-¿Son movimientos religiosos?

-No…No…Ahora los dioses vamos a andar de pata en el suelo, como todos.

Sonó el celular de Giorgionne con Pepponne al habla. El gobierno ardía. Mujica, a duras penas sostenía la situación pero necesitaba tirarles algo. Por lo menos un juego de planos incompletos de la construcción de una bola ya que no un ejemplar real. Habían tenido que reponer al hombrecito gris en su cargo de investigaciones especiales de carácter estratégico, por ahora en su oficina… ¿Y la reunión, para cuando? Tenían la oportunidad de iniciar un movimiento de masas… La idea de Mujica era no cargar las tintas en lo ideológico sino en un renacimiento espiritual, en un nuevo gran entusiasmo generoso y emotivo y apenas un poquito místico. Necesitaban a alguien que encarnara esa masa emocional. Joven y optimista. Generoso y vital. Gracioso e inteligente, en fin alguien que no existe pero que así sería visto por la mayoría a poco que tenga sólo algunas de esas virtudes y se preste a funcionar dentro de un plan muy bien pensado.

Ahí tapó el celular con la palma de la mano Vittorio porque viendo el gesto torcido del Cholo, supuso el comentario. ¡Marketing!

Te llamo después le dijo.

Manuel sacudía la cabeza. Margarita parecía preocupada. El Rulo no podía ponerse más serio. Julieta miraba a Manuel. Ernesto se debatía en dudas que reflejaba quebrando los nudillos. Giorgionne parecía feliz. El Dengue hacía gestos de “que se vayan a cagar”. Magda metía su mano por debajo de la remera de Manuel y Cholo pensaba, pensaba…

Después Manuel dijo que los detalles los iban a ir viendo sobre la marcha. Que no iban a decir ninguna mentira aunque a veces fuera difícil explicar algunas cosas. Lo del punto por ejemplo. Y que lo primero era lograr un espacio donde no se metan las bolas de los ángeles ni los aviones secretos. A los políticos había que mantenerlos aparte.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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sábado, febrero 24, 2007

222: El olor de la espera.

Sonó el teléfono. Mujica lo miró con esa manera diagonal que tiene de mirar las cosas que rompen los huevos pero lo acercó a su pabellón con la mano que no golpeteaba el lápiz. “Se” –dijo apenas, sin mirar la pantallita pero reconociendo la voz de Peppo de cuando quiere disimular lo que dice por tener testigos al lado-Decime, entre uno y diez , por dónde andamos?-Por…catorce, yo que se. Pero va…va!-Bueno, teneme al tanto y acordate de que si hablás de esto con tus amigos periodistas te saco las tripas!

Manuel observó la manera que tenía Pepponne de separarse a hablar por teléfono y encoger casi la cabeza entre los hombros como escondiendo la cara o por lo menos la boca. Se miraron con Magda y sonrieron. Enseguida buscaron con la mirada a Ernesto y marcharon hacia él a pedirle prestado el dormitorio de arriba u otro, si es que tenía. Debería comprender que la situación no les estaba permitiendo estar ni un rato solos… Ernesto lo comprendía. Si lo podré comprender –les dijo cuando sin querer dirigía dulce mirada hacia donde Dengue se rascaba la espalda contra la pared de arenisca haciendo para ello extraños movimientos circulares. –Les presto mi dormitorio sí, vayan nomás que hoy he cambiado las sábanas.

Se abrió la puerta de golpe mientras Mujica intentaba dar con el dedo en el botón del teléfono. El que entró habló con calentura porque les habían quitado el otro hombre gris justo cuando lo iban a agarrar.
-El avión ese se lo llevó!
Lo primero que dijo el Pepe fue pelotudos! Para después recapacitar en lo que acababa de oír. ¿El avión otra vez? ¿Y no era que ya no corría el tratado militar secreto?
-Conectame con la Berruti. Al celular de ella!
El que había abierto la puerta de golpe tomo el telefonito de sobre el escritorio y se puso a toquetearlo para conseguir ese número, frente al Pepe que lo miraba con aquella lejana mirada, casi sonriente, que usan para mirar los ancianos muy sabios cuando están pensando cosas. Por ejemplo hasta qué punto se podía confiar en un sujeto como ese que tenía enfrente. Porque bien podría ser que el Pepe tuviera varios proyectos superpuestos en su cabeza y probara de evaluar quienes servían o no y hasta qué nivel. Mono viejo.

El dormitorio, estudio, de Ernesto estaba bien puesto una vez retirados los libros de sobre la cama y media docena de tacitas de té vacías que de la mesa de luz temieron tirar al suelo en algún momento. Estuvieron medios desnudos antes que medio acostados o vise versa, porque acariciar con mucha necesidad conlleva torpeza cuando no pasión que se desata con el primer roce de las pieles y el olfateo de aquel olor reconocido, más intenso entonces por la espera. En este caso después de la ansiedad fue la pasión



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)


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