sábado, julio 26, 2008

570. Los Barracones

Como todos los días varias confluencias de techos chinos se fueron sumando a medida que brotaban de entre los marchitos tallos de las deshojadas amapolas. Como guerrilleros de las películas de Viet Nam, aunque no saliendo de un arrozal, por esta vez, sino del anterior mar rojo de seda en labios que besan. Las bellas amapolas, ensoñación simbólica de la fugacidad de la belleza, cuando sobre sus elásticos tallos lucían bajo la bóveda celeste la canción de tantas bocas, modulando apenas una misma y mismísima nota musical llevada por el viento. El contraste doble de la existencia de lo que no existe y la hilera de rígidos sombreros oscuros montados sobre frágiles criaturas que no reclaman ni por su propia existencia, mientras enfilan pié tras paso por los senderos de antes de llegar a los barracones. Para un cuadro de Van Gog de cuando aquellos que comían papas con humo, o un dibujo de Brescia, fotografiado en blanco y negro, con sombras totales y golpes de rayas blancas.

De los primeros fueron los sombreros de Magda y después Manuel, que caminaban inclinados hacia la tierra, ocultando a la vista los rápidos cambios que mostraban sus rostros, a medida que en silencio ellos pasaban visa, con recuperada memoria, del tiempo perdido y con recuperado entusiasmo, de las interesantes posibilidades revolucionarias que se podrían presentar en un mundo así, tan infantilmente egoísta. Porque -pensaban- la gente acostumbrada a un modo de vivir sin haberlo conquistado termina por querer cambiarlo con tal de tener un pretexto para luchar. Por suerte, que si no estaríamos todos metidos en las cavernas.Pero y entonces, un mundo tan estúpidamente ridículo, como el que habitaban, no podría más que querer cambiar en el sentido de mayor humanidad, por decirlo de algún modo...

También con la mirada dirigida hacia abajo vieron, cada uno por su parte, el par de míseros piés sucios y lastimados que les venían sosteniendo sobre las suelas destartaladas de las ojotas, entre pedruzcos y trozos de tallos secos, y con espinas clavadas en todos los dedos. Mucho más que cuando chicos correteaban por los baldíos o por la calle de balastro, sin pensar que pudiera ser extraño caminar con los pies desnudos, más bien lo más natural, y tan cómodo al menos como resultan, después de acostumbrarse uno, los magníficos zapatos de horma. Eso era todo. Aquellos míseros pies eran parte integrante de ellos mismos, que no estaban tampoco muy elegantes y que sin embargo, en algunos rincones de las entretelas, albergaban un pequeña pícara alegría de saberse ricos en simplicidad. No cargaban por lo menos, sobre sus espaldas, las toneladas de prejuicios y falsos conocimientos. Aunque tampoco cargaran a cambio ninguna verdad. Cosa que debería darles algún tipo de ventaja, mayor movilidad, mejor razonamiento...

Vieron los y las guardias que vigilaban el ingreso de las columnas humanas a las puertas de los barracones, por primera vez. Aquellos rostros lejanos, que de pronto se venían encima con esa sonrisa de estúpidos bien alimentados, no los habían soñado, en noches de fiebre o tormenta, sino en la realidad, que suele ser bastante más cruel.

Puertas que corren suspendidas entre dos rieles y se cierran silenciosamente, capturando la atmósfera interior para que no pierda su esencia ensoñadora. Esa que pronto les iba a derrotar la conciencia si no se ponían a actuar más rápido que los gases!!

Corrieron y saltaron sobre las camas, a recogerles las sábanas para ponerse a tapar las bocas de los ductos, que ya comenzaban a exhalar cantos de sirena. Gritaron llamando la atención de aquellos que les rodeaban, que fueron muchos, al principio sin comprender porque esos muchachos hacían cosas tan extrañas, aunque divertidas, trepados sobre las columnas y las ménsulas de los galpones. Después algunos poco a poco sonreían, se rascaban la cabeza y dudaban de la loca idea que se les acababa de ocurrir, cuando vieron a los muchachos entubando trapos por dentro de aquellas cornetas que bajaban de lo alto, como tapándole la boca al que gobierne ese extraño lugar en que estaban, al que a veces les parecía no haber querido venir. Y más sonrieron cuando les vieron correr sobre las ménsulas que llegaban a la hilera de banderolas altas, que cerradas todo el año no dejaban cambiar los aires, y que, de haberlas conocido hubieran deseado todos abrir
.
De pronto surgió de entre la gente, un par de muchachos peludos que, al mismo tiempo iban trepando columnas distintas. Se pararon arriba sobre la ménsula del medio y están haciendo ademanes de que quieren que otros los sigan. ¿Por qué no...?
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