domingo, junio 01, 2008

545. La Conversación

Terminada la sopa Margarita tuvo ganas de seguir conversando. Olvidó por el momento no haber entendido precisamente qué era lo que los muchachos pretendían, quizá por pura broma, porque...
Siguió preguntando lo de la pareja, tan jóvenes, desde cuando, qué vida tan distinta a la suya, y... De pronto se empezó a hundir en la historia que, de a ratos Magdalena y de a ratos Manuel, iban hilvanando como una ristra de mentiras que no se diferenciaban demasiado de la verdad. Por lo pronto nada se dijo de los mundos paralelos ni de la verdadera identidad de Manuel, hijo
no nacido de la señora presente, ni de la tristeza que que éste sentía por perder al mismo abuelo por segunda vez en dos años. Lo que a Margarita envelezaba era el amor de pareja que los muchachos dejaban entrever al relatar descuidadamente sus anecdotas de los catorce años y de los quince. Los bailes donde todos iban a divertirse sin estar pensando en la vuelta a casa. Las largas noches sobre la arena...
Los tiempos no habían cambiado tanto, pensaba, porque ellos hacían todo lo que ella había pensado sin hacerlo, cuando por las noches se imaginaba yendo a una comunidad hippie de por lo menos Cabo Polonio, donde todos se bañaran desnudos, hubiese luna o no, y se acostasen sobre las rocas planas, por lo general de a dos, todavía ataviados con algunas algas verdes y olor a mejillón. Nada nuevo bajo el sol, salvo el enorme atrevimiento vital de estos muchachos que tal vez ni sepan cuan afortunados son. En la calle, como ellos dicen, con esa manera directa de expresarse, y la calma conque encaran las realidades. Como los perros de la calle, que por cierto son los que nunca ladran ni muerden a los vecinos, porque no tienen propiedad alguna para cuidar en este mundo ancho y ajeno. Ellos tampoco, se veía de lejos y volvía natural el hecho de que anduvieran pidiendo alojamiento por una noche, apenas, cuando en realidad ella les haría lugar permanente de buena gana, si eso no fuera romper con todas las cosas sensatas que nos enseñan desde la niñez. Se rió para adentro. Imaginaba a las hermanas Bronté pasando a cada rato para el almacén fingiendo haberse olvidado de algo, y de paso terminar de catalogar a las dos personas que están viviendo con la flaca Margarita , la hija del viejo que murió electrocutado. Porque de pronto la idea le resultó graciosa. Toda la escena, los vecinos enfermos de curiosidad, ella con cara de tonta, los muchachos entrando y saliendo de su casa como si fuera la suya, el Toba arrimando sus buenos concejos, "ahora que has quedado sola". ¡Era eso! Ahora no se sentía sola. Estos muchachos habían llegado como ángeles salvadores a demostrarle que la vida continúa y que es en esencia una serie de decisiones libres, a partir de ahora, ya. De lo que le estaban contando se entendía que siempre habían tomado los hechos como un desafío para seguir viviendo, por prueba y error, pero sin complejos. No habían pensado nunca en un plan a largo plazo, eran seres vivos, no programas de computadora.

Y en eso Margarita tal vez tuviera razón, si consideramos que desde niños se nos pregunta qué vamos a ser cuando grandes. Qué vamos a saber qué vamos a ser, sabemos apenas que queremos ser fuertes y tener libertad de hacer cualquier cosa...

Margarita le tenía tirria a todo eso de las computadoras, no sólo porque esos aparatos, o mejor dicho el aparato diabólico que había estado inventando en los últimos cinco años, su padre, y que... Claro, fueron muchas noches de invierno que en vez del susurro de la lluvia sobre el techo, en la casa se oían aquellas palabras extrambóticas de los nombres de los comandos y sus complejos desarrollos lógicos. Sin embargo se había ofrecido como secretaria y primera operadora de toda aquella mesa llenas de llaves de relé y de manojos de cables negros. Una locura. Pobre su padre.

-Se ha hecho tarde. Vengan que les muestro la pieza...

Manuel quería hacerle una pregunta antes, sobre qué era lo que su padre estaba inventando con tanta pasión.

-Una computadora distinta...
-¿Cómo distinta...?
-Sí, el decía que iba a ser distinta, que no se iba a armar sobre chips, sino sobre objetos...
-¡¿Objetos!?
-Sí, en realidad no sé a que le llamaba objetos.
-No serían algo como piedritas...?

La mujer había visto efectivamente que su padre colocaba una caja de acrílico transparente en el medio de todos los aparatos, allí donde una luz violácea parecía siempre estar pulsando, con unos cositas oscuras, probablemente guijarros, en su interior. Era la zona peligrosa donde le había explicado que estando todos los "campos" activos se generan fuerzas electromagnéticas muy poderosas, capaces de despedir violentamente a una persona o aplastarla.

-De ahí lo tuve que retirar luego de apagar todas las llaves.
-¿Y el invento?
-El invento quedó allá en la otra casa... en el galpón...

Manuel estaba exitado.

-¿Podemos ir a verlo?

Margarita no comprendía.

Manuel sí comprendió. Tenía que decir algo. Explicar su interés al preguntar por una cosa que supuestamente no debería comprender. Una mentira, por ahora.

-Me habían hablado de un inventor, yo lo quería conocer...

A Margarita le pareció suficiente razón como para desestimar que fuera más de medianoche. Buscó el manojo de llaves y la linterna.

-Allá no hay luz, la casa está para la venta.

Salieron los tres atravesando calles y charlando a viva voz como si fueran viejos camaradas de aventuras relatando las nuevas vivencias. Compartiéndolas y disfrutando de la charla bajo un cielo muy poblado de estrellas diamantinas.
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