viernes, septiembre 16, 2011

824. La Heladera Económica.

Terminadas las lecturas Dellavalle le acaparó toda posibilidad de conocer a los otros. Apenas si tartamudeó un poco cuando don Miguel le preguntó si esas cartas que le estaba mostrando habían sido enviadas por él a Manuel, luego de que en la anterior reunión se le hubiera puesto al círculo el nombre su abuelo. Abelardo Goiticoechea.

-Yo sabía que era muy inteligente.

Luego el tema fue todo suyo con el pretexto de explicar por qué habiendo sido vecino de don Abelardo durante años se había amistado con él recién pocos días antes de que falleciera. Principalmente por su cuidado constante de nos ser un vecino invasivo, pero también, al principio, porque "nuestro Abelardo" gozaba de una pésima reputación entre muchas personas.

Hablaba acercando la cara y especialmente los ojos a los de su interlocutor. Era de ese tipo de personas y que después gira y nos sigue hablando de perfil teniéndonos perfectamente controlados de reojo.

-Soy una persona que no tiene empacho en confesar públicamente que mis ideas y mis preferencias han hecho un giro de 180 grados. En aquella época yo no era capás  de desafiar las creencias de la mayoría. Era un conservador que se cree moderno. Uno que por tener la mejor enciclapedia encuadernada cree poseer toda la sabiduría. No había entendido que la nuestra es una cultura muerta, llena de monumentos que están guardados en tristes depósitos, de nombres muertos... Bien, en esa época yo no hubiera podido ser amigo de un anarquista por más genial que se me hubiese dicho que era. Y se me habían dicho, las dos cosas: Que era un anarquista recalcitrante y que era una mente absolutamente genial. Entonces yo dudaba. Por momentos me sentía tentado a intentar un saludo a media voz, para enseguida retirar la mirada hacia los árboles a lo lejos y pasar de largo sin saludar, como siempre. Ja ja. Así durante años. Hasta que un día me mostraron la heladera del Club Lagomar. La que anda sin consumo de ningún tipo de energía conocida y me dijeron el nombre del inventor-fabricante: Abelardo Goiticoechea, mi vecino, Fue demasiado...

En algún momento Manuel salió como para el baño sabiendo que desde allí se podía pasar por una puertita hacia el fondo y desde el fondo a la calle de atrás.

La noche estaba estrellada y esquemática como un cuadro de Van Gogh. Las calles de balastro blancuzco se metían con lentitud entre las oscuras masas de los árboles acurrucando cariñosos recuerdos de algún pasado. Allá en el fondo de la bajada ya se veía prendida la ventanita de su casa.

Le contaría a la flaca.


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