martes, agosto 14, 2007

365 Ese tipo no soy yo.

Guichón estaba convulsionado como una señora gorda que a sus cincuenta años saca del arcón aquellas blusas floreadas que dejó de usar desde cuando iba a los bailes del carnaval con papelitos y serpentinas. Todo se movía al chispeante ritmo de saludos por derecha e izquierda y para nadie podía ocurrir otra cosa más importante que los dos días de fiesta y el reencuentro con tantos viajeros que volvían de los más remotos rincones del universo con caras nuevas por envejecidas e irreconocibles. Ni siquiera la revolución anarquista que les había también ocupado, conservaba ahora su importancia.

Los muchachos, después de esconder la bola en el monte, caminaron al encuentro de Bosco que les esperaba en la vereda del viejo hotel tal cual habían acordado. Se había puesto sobre la cabeza un gorro al estilo cosaco por debajo de cuyo término asomaban canas desparejas que se negaban a refugiarse dentro de la solapa de la campera. Guantes no llevaba y por eso resguardaba las manos dentro de los bolsillos y se encorvaba de frente al viento que amenazaba llevarlo por aquella bajada rumbo a las vías del ferrocarril.

Estaba todo solucionado. Del otro lado de la manzana de enfrente quedaba el comercio del amigo que les iba permitir el uso de su computadora. Edgardo se llama –dijo- y era amigo de tu abuelo, también.

Manuel preguntó, por joder, si ya no lo era más y vio por la actitud del otro que ya estaba enterado de toda la historia.

-¿Leíste desde el principio?
-Sí, leí todo. Es bastante largo.
-Vamos entonces.

Edgardo les abrió la puerta luego de asegurarse de que nadie andaba por esa cuadra, para evitar preguntas, ya que Bosco le había dicho que tenían que guardar mucha reserva. Entraron chocando muebles y apretándose hasta que Edgardo prendió dos mortecinos tubos fluorescentes que dieron un toque tétrico al largo salón lleno de cosas apiladas, en cuyo fondo se veía la compu rodeada de tres sillas hábilmente dispuestas en abanico.

-Ahí la tienen. Se las he dejado prendida y con la conexión a Internet. Yo los dejo porque tengo a mi esposa con gripe.

Bosco se sentó, escribió en el buscador “las bolas de manuel” y enseguida aparecieron las mismas palabras pero en formato título y rodeadas de un recuadro. Abajo y al costado se pintó una fotografía media borrosa acompañada de las palabras “Bosco” “Maldonado” y “Uruguay”

-Miren el tipo de la foto. ¿Se dan cuenta de que ni se parece a mí?

Nadie comentó nada, así que buscó el principio de la historia y agrandó la letra para que todos pudieran leer sin apiñarse sobre la máquina. Enseguida aparecieron las risas y las preguntas sobre la veracidad de la historia. Manuel leía y no comentaba nada. Cuando terminaba un capítulo miraba nerviosamente a Bosco como para que éste procediera a cambiar la pantalla. Cuando en la historia se tenía que tirar al vacío se agarró la cabeza con ambas manos. Cuando corría por corrientes todo dibujado de historietas, se rascaba la piel de los brazos. Cuando el auto lo choca al lado del obelisco, no pudo retener un grito.

-¡No puede ser que alguien cuente esto sin haber estado ahí!
-¿Entonces, la historia es toda verdadera?
-¡Exacta!



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)
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