sábado, abril 26, 2008

521. Ridículo sujeto

La contundente frustración hizo que por varios minutos Manuel quedara rumiando su bronca, sin ponerse a considerar la jungla de pensamientos contradictorios que reverberaban entre las paredes del galpón. Es que siempre los más asquerosos prejuicios reaccionarios surgen cada vez que el héroe muestra alguna de sus muchas debilidades. Una especie de fiebre destructiva de todas las esperanzas y al mismo tiempo de castigo impiadoso, no sólo al héroe destronado sino a todo aquel que por un momento hubiese confiado en él. La religión del eterno castigo al que es débil y osa no arrodillarse frente al poderoso destino que ha determinado cual es el orden del mundo. ¡Ridículo sujeto!
No obstante, cuando Manuel por fin se levantó y antes de hablar miró a los ojos a todos los circunstantes, nadie tuvo temple para expresar lo que había llegado a su mente como una ola de viejas razones conservadoras. Suponía cada uno que aquellas cosas solamente se le habían ocurrido a él y entonces... Nada dijeron. Después poco a poco ayudaron a poner en orden las cosas caídas y los alambres doblados. Margarita fue a traer la última tanda de empanadas y Ernesto sirvió vino en vasitos de papel.
Fue recién entonces que la mente de Manuel se puso a dejar pasar los datos del entorno, eso como susurros y rumores de sombras, que pasan desde un lugar a otros como si fueran niños jugando al panadero desde los troncos de los árboles. Eran pensamientos que salían a la intemperie apenas una pizca de tiempo y se escondían enseguida, detrás de las sombras desde dónde se veían brillar los ojos atemorizados. Toda una lucha que si se producía seguramente estaba provocada por algún miedo.
No sabia Manuel. Porque no podría saberlo. En qué mundo se había metido. Uno, por cierto bastante más conservador que el suyo. No de balde había ganado Lacalle y se sorteban las atenciones entre los pacientes del hospital. No tenía ni idea de que por casualidad había caído en el centro de uno de los grupitos de mente más abierta de toda la zona, ni que ese Ernesto Federico que acababa de reconocer en esta versión elegantemente deportiva, era no más un fiel representante de el ala izquierda del Frente Amplio, ni que... Eran muchas las cosas que Manuel ignoraba, pero con todo tenía su olfato y su olfato le indicaba que se había exhalado por el aire del galponcito un spray con holor a miedo. Un miedo ancestral, cavernícola.¡¡ El miedo al ridículo!!

Jaja, los veteranos se estaban sintiendo terriblemente expuestos al temible monstruo al ser descubiertos culpables del delito de ridícula credulidez. ¡Un trío de viejos que se pasan el día hablando de la verdadera ciencia! ¡Parece mentira, hombre! ¡Amigos de las ciencias exactas, de las pesas y las medidas! Como todo hombre de bien. Y ahora venirse a creer los embustes de un pobre muchacho chiflado...!
Jaja, por eso rumiaban los espiritus como viejas desconformes por el aire de la pieza, embozados en sus oscuros paños. Pasando de las tonalidades grises y azules hacia las marrones claras que flamean y tal vez por simple azar pareciera que se ven figuras...
Jaja, evidentemente era necesesario comprender un poco a la gente de este mundo.
Publicar un comentario