jueves, marzo 27, 2008

500 ,El Reencuentro

Corrió a abrazarle con un ímpetu tal que casi da con el viejo sobre la tierra.

-¡Te acordaste de mi cumpleaños! -pronunció la cascada voz que por cierto no era la misma de aquel viejo fuerte y aventurero que había conocido en el otro mundo. Se le veía más chico e inseguro en los movimientos, pero alegre.
-Pensaba, que si venías, iba a hacer un asadito. Es posible que se aparezca tu madre también...
Todo era muy natural. Las mismas arrugas, aunque más, y la misma manera de entrecerrar el ojo izquierdo cuando la sonrisa. Llevaba el trozo de costillar que sacó de la heladera, con una mano, mientras conversaba y seguía arrastrando los pies con las mismas eternas alpargatas bigotudas. Dos tiras de asado alcanzaban, junto con cuatro chorizos y dos morcillas, para los tres, con la ensalada que seguramente Margarita dijera de preparar.

-¿Y tu máquina de cortar pasto, qué tal, funciona?

Seguramente una pregunta de gentileza, porque aunque no haya sido muy gentil casi nunca, a veces cedía frente a los embates anticientíficos de la hija, su mamá. Entonces por un rato solía hablar de bueyes perdidos o de los perros de los vecinos, que aparentemente nunca había visto antes. Por un rato. Después volvía a ser el abuelo inventor de siempre. Le tomaba de la mano con el tema de mostrarle lo último que estaba fabricando. Un rayo láser del tamaño de una moneda o una pantalla tridimensional.

-Tengo ganas de que veas lo que estaba haciendo en el galpón...

Esta vez era otra máquina de movimiento perpetuo, pero distinta. Distinta a todas... parecía algo demasiado salvaje, o rústica aquella rueda toda torcida y rodeada de continuos clavos pegados con cinta aisladora. Nada de la antigua fabricación impecable con superficies pulidas y encajes perfectos. Aquello era un adefesio que amenazaba con desmoronarse antes de completar una vuelta. Porque era como una rueda puesta (clavada) sobre un eje (que era un clavo).

-Te explico rapidito, Manolo, antes de que llegue Margarita y me oiga hablar de estas cosas. Es un antojo de viejo porfiado, sabés? Pero no quiero morir sin sacarme la duda de si esto puede funcionar. Sería una burla para ese montón de profesores que escriben libros sobre lo que otros descubren... Tal vez tengan razón y esto sea imposible, pero... si no lo compruebo por mi mismo... ¿sabés?... vasco viejo...

-Si, explicame, a ver, ¿cómo funciona?
-Bueno... todavía no funciona. Me falta conseguir un elemento fundamental, aunque muy sencillo. Un aislante magnético. Una sustancia que no deje pasar la atracción magnética a través suyo.
-Supongo que habrá alguna...
-Hay unas cuantas que son comunes, pero su fuerza de contrarresto es muy débil en cambio... Necesito en realidad una sustancia anti-ferromagnética y tal vez la tenga que fabricar...

En ese momento Manuel se dio cuenta de no estar dentro del viejo taller laboratorio de Abelardo. Estaba en un mísero galpón de los petates viejos, en un rincón medio oscuro donde puesto sobre un cajón de papas invertido, lucía torcidamente la máquina del movimiento continuo de su abuelo.

-Se trata de que una vez puesta en movimiento la rueda se vayan enfrentando de un lados imanes con polos opuestos y del otro con polos iguales, pero debe haber un corte, un punto donde se interpone la sustancia aislante que suprime la atracción para que la rueda siga girando.
-Claro...


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