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martes, abril 01, 2008

504, Pensamientos Secretos

Se lo llevó al galponcito y cerró con cuidado la puerta. El viejo había puesto cara de asustado, se dio cuenta Manuel y pensó en hablar con suficiente claridad, como para que enseguida se diera cuenta de no estar hablando con un loco. Lo sentó en una vieja silla de mimbre con redondos y deshilachados posabrazos, le hizo señas de calmarse con las manos, mientras arrastraba ese taburete que aun tenía tres de las cuatro patas, se sentó y encaró lo que iba a ser su elocuente demostración.

-Como vos me dijiste alguna vez, he comprobado que existen infinitos mundos paralelos.
-...
-Estamos acá en uno. Un mundo donde vos has dejado de lado los inventos, tus grandes inventos, aquellos que siendo chico me mostrabas y explicabas sin que yo entendiera un corno.
-Cuales inventos, Manuel... El que te mostré hoy es el primero que intento hacer...
Manuel se golpeó la sien con la palma derecha.
-Bueno, es otra diferencia más.... ¿Pero te acordás de que me hablabas de ciencia?
-Sí, te trataba de enseñar los principios...

Le había explicado los principios básicos de la ciencia. Nada se crea ni nada se destruye, sólo que todo se transforma. Las energías entre sí y la materia en algunos casos. Le había contado la historia de María Curie antes que la de la manzana de Newton. El efecto fotoeléctrico y el principio de acción y reacción.

-No tenía a nadie con quien hablar... y vos me escuchabas...
-¿Pero, te dabas cuenta de que yo no entendía nada...?
-Pensaba que de tanto escucharlo...
-Abuelo... No tenía más de diez años.
-Después no te hablé más de esas cosas porque tu madre se enojaba.
-No entendía pero igual me gustaban esas explicaciones que me hacían pensar en cosas fabulosas.
-¿Fabulosas...? Tu madre decían que eran fabulosas... Pero yo te enseñaba cosas comprobadas por la ciencia. Cosas que te podrían servir para comprender los mecanismos y los aparatos, el porqué del vuelo de los pájaros, de la flotación de los barcos, del nivel de las aguas...
-...de los vuelos en aparatos sin motor, de la cuarta, la quinta y todas las otras dimensiones...
-¡No, eso no!... Yo nunca te hablaba de eso! ¡Manuel, yo nunca te hablaba de eso!

Imploraba Abelardo con las manos temblorosas puestas en vertical paralelismo frente a su cara sin taparla.
Manuel giró rápidamente el enfoque.

-Pero lo pensabas. En realidad todo el tiempo estuviste pensando en viajes extraordinarios...O no?

Abelardo se puso pálido y dejó escurrir sus mejillas a medida que aflojaba la mandíbula.

-Bueno, abuelo. Yo he hecho varios de esos viajes extraordinarios y te puedo dibujar el plano de una nave que sirve para hacerlos.
-¿Viajes extraordinarios...?
-Sí viajes al pasado, a otras dimensiones... esas cosas...
-Eso no es posible Manolito... Reconozco que he pensado mucho en eso pero...
-¿Probaste alguna vez de sintonizar la onda de cada dimensión por separado?
¿De reunir esa información en un sólo punto? ¿De generar por separado la onda contraria que anulara la natural...? Te estoy hablando de una zona del espacio que quedara aislada del resto de las influencias...

Abelardo estaba temblando, especialmente su mandíbula. Su gran mandíbula de equino desbocado. Sufría, porque por todo lo que oía se sentía culpable. Haber engendrado en aquella mente tierna la semilla de su futuro delirio.

-¿Me leías el pensamiento?
-¡No, abuelo! Apenas me fui acordando de tus charlas cuando pude entenderlas... Cuando tuve la experiencia.
-¿Y qué experiencia pudiste tener...?

Ya estaba. Ahora podía hablar por las claras





sábado, marzo 29, 2008

501. Fotografías y Paraguas

Mientras Abelardo seguía, con entusiasmo, explicando aquello de las atracciones y las repulsiones. Las energías inagotables del movimiento del universo y la masa total equivalente... los ojos de Manuel recorrían uno por uno los objetos que descansaban bajo gruesa capa de polvo, asomando apenas de los estantes, entre tristes telarañas y almanaques de otra década.
Allá había una fotografía vieja, de familia, es decir ellos tres. Abelardo, Margarita y él con pocos años. Una gorra de vasco agujereada, un soplete de querosene que había perdido el gollete de su bomba, varios paraguas desflecados... y una cabeza de Artigas tallada malamente en un trozo de madera. Todo le pareció triste. ¿Por qué triste? Y...
Comprendió que después de todo prefería al otro abuelo. El que nunca había abandonado su loca pasión de inventor, que no se había escondido ni pedido disculpas bajando la voz. Que había sabido encantar toda su niñez con la constante fantasía de los nuevos y portentosos inventos... El que había muerto en pleno entusiasmo y lo había conservado todavía después hasta el extremo de desafiar el poder de los dioses. Aunque le hubiera complicado a él... Sí, aunque le hubiese complicado!
En cambio este pobre viejo...

Se sintió que una voz femenina hablaba desde la casa. Salió Manuel primero mientras Abelardo se ocupaba de esconder el invento. Era Margarita. Vestía un extraño atuendo que terminaba sobre los hombros en un gran manto de seda con largos flecos...

-¡Manuel! Ya sentía yo esa vibración especial que siempre te me anuncia.

El beso vino acompañado de mucho pachouli y tintineos metálicos colgados de las orejas de aquella mujer apenas parecida a su madre. Más bien a una gitana, o una mujer hindú extrañamente nerviosa, flaca, de ojos saltones, que besaba besos repetidos, aunque no cálidos.

-Llegaste recién?
Margarita giró su cara un poco descolocada.
-¿De dónde?
-No se... Creía que estabas en Maldonado...
-¡Pero Manuel, qué estás diciendo...? Ah, ya se, es otro de tus chistes ...
-...o en una cueva... Ja ja!

Fue Abelardo quien siguió la conversación cuando apareció desde la puerta del galpón que había cerrado.

-Hablando de cuevas, encontré otra cueva de tucu tucu en el fondo.
-Pero, no más ancha que una mano, no?

Abelardo ni se dio cuenta de la extraña pregunta porque estaba pronunciando correctamente el nombre científico de los tucus: Ctenomys Pearsoni y preguntándose a sí mismo si la palabra pearsoni querría decir persona. Tampoco oyó que Margarita protestaba por la occidental manera de clasificar los espíritus en casillas inamovibles en vez de reconocerlos como partes del espíritu universal que es en sí mismo el Universo.
Pero Manuel se interesó en saber cuales eran los conocimientos que la nueva versión de su abuelo tenía sobre los simpáticos tucu tucus.

-Los has visto...? ¿Cómo son?
-Y, cómo van a ser ? Como son los tucus, parecidos a los
aperiás, pero un poquito más gordos. ¿No te acordás cuando nos sentábamos en el fondo a pastorearlos...?
-¿Serán inteligentes?

Los ojos del abuelo brillaron al tiempo que levantaba levemente la cabeza y las cejas formando un techo de dos aguas.

-¡Muy inteligentes! Con decirte que cuando salen de la cueva y llevan recorrido un trecho, si se encuentran con un peligro saben correr marcha atrás por todo el recorrido que habían hecho, sin tener que dar una vuelta en círculo...!

jueves, marzo 27, 2008

500 ,El Reencuentro

Corrió a abrazarle con un ímpetu tal que casi da con el viejo sobre la tierra.

-¡Te acordaste de mi cumpleaños! -pronunció la cascada voz que por cierto no era la misma de aquel viejo fuerte y aventurero que había conocido en el otro mundo. Se le veía más chico e inseguro en los movimientos, pero alegre.
-Pensaba, que si venías, iba a hacer un asadito. Es posible que se aparezca tu madre también...
Todo era muy natural. Las mismas arrugas, aunque más, y la misma manera de entrecerrar el ojo izquierdo cuando la sonrisa. Llevaba el trozo de costillar que sacó de la heladera, con una mano, mientras conversaba y seguía arrastrando los pies con las mismas eternas alpargatas bigotudas. Dos tiras de asado alcanzaban, junto con cuatro chorizos y dos morcillas, para los tres, con la ensalada que seguramente Margarita dijera de preparar.

-¿Y tu máquina de cortar pasto, qué tal, funciona?

Seguramente una pregunta de gentileza, porque aunque no haya sido muy gentil casi nunca, a veces cedía frente a los embates anticientíficos de la hija, su mamá. Entonces por un rato solía hablar de bueyes perdidos o de los perros de los vecinos, que aparentemente nunca había visto antes. Por un rato. Después volvía a ser el abuelo inventor de siempre. Le tomaba de la mano con el tema de mostrarle lo último que estaba fabricando. Un rayo láser del tamaño de una moneda o una pantalla tridimensional.

-Tengo ganas de que veas lo que estaba haciendo en el galpón...

Esta vez era otra máquina de movimiento perpetuo, pero distinta. Distinta a todas... parecía algo demasiado salvaje, o rústica aquella rueda toda torcida y rodeada de continuos clavos pegados con cinta aisladora. Nada de la antigua fabricación impecable con superficies pulidas y encajes perfectos. Aquello era un adefesio que amenazaba con desmoronarse antes de completar una vuelta. Porque era como una rueda puesta (clavada) sobre un eje (que era un clavo).

-Te explico rapidito, Manolo, antes de que llegue Margarita y me oiga hablar de estas cosas. Es un antojo de viejo porfiado, sabés? Pero no quiero morir sin sacarme la duda de si esto puede funcionar. Sería una burla para ese montón de profesores que escriben libros sobre lo que otros descubren... Tal vez tengan razón y esto sea imposible, pero... si no lo compruebo por mi mismo... ¿sabés?... vasco viejo...

-Si, explicame, a ver, ¿cómo funciona?
-Bueno... todavía no funciona. Me falta conseguir un elemento fundamental, aunque muy sencillo. Un aislante magnético. Una sustancia que no deje pasar la atracción magnética a través suyo.
-Supongo que habrá alguna...
-Hay unas cuantas que son comunes, pero su fuerza de contrarresto es muy débil en cambio... Necesito en realidad una sustancia anti-ferromagnética y tal vez la tenga que fabricar...

En ese momento Manuel se dio cuenta de no estar dentro del viejo taller laboratorio de Abelardo. Estaba en un mísero galpón de los petates viejos, en un rincón medio oscuro donde puesto sobre un cajón de papas invertido, lucía torcidamente la máquina del movimiento continuo de su abuelo.

-Se trata de que una vez puesta en movimiento la rueda se vayan enfrentando de un lados imanes con polos opuestos y del otro con polos iguales, pero debe haber un corte, un punto donde se interpone la sustancia aislante que suprime la atracción para que la rueda siga girando.
-Claro...