jueves, febrero 28, 2008

482 LA TROMPA DE LA FLACA

A lo que él respondió con similares maniobras de enrollamiento -con la sábana de abajo- taloneando después hasta la cocina, como ella, a encontrarla montada sobre el taburete, frente a la ventanita, mirando para afuera, como si hubiese algo nuevo de ese lado, que no hubiera visto antes. Estaba toda enfurruñada, en serio, cosa que a Manuel le sorprendió cuando no le doblegaba ni bailándole la danza de los velos que tanto siempre le divertía.

-Qué te está pasando flaquita... Estuvo muy feo el encierro en el punto?

Ella torció asquerosamente la boca para decirle que sintonizara otra estación.

-Sabés muy bien que me molestan tus dedos en las costillas... y más cuando me estoy despertando.
-¡Pero flaquita...! Si siempre nos cagamos de risa porque no podés contener ese gritito tan cómico y abrazarme como si te tuviera que salvar de algo.

Magda dió vuelta la cara después de no poder comprender a qué se refería él.

-Te pregunté si estuvo muy feo el asunto de meterse y no poder salir del punto...

Ahora hizo un revoleo de pelos y se tiró del taburete con la evidente intensión de buscar su ropa e irse a la casa de sus padres. Eran movimientos decisivos en ese sentido porque los hacía impelida por impulsos incontrolables y hasta rectilíneos, enfundando las piernas, cada una de un golpe, dentro de los tubos del vaquero, sin haberse puesto calzón. Ya traspasaba el umbral de la puerta, hacia afuera, cuando se despidió rumoreando:

-Cuando tenga ganas de escuchar tus payasadas vuelvo.

Manuel -todavía en bolas- no pudo hacer otra cosa que rascarse la cabeza. ¿Sería esto aquello que decían de que nunca se sabe cómo puede reaccionar una mujer? ¿O un mal humor extremo, que nunca le había visto a la flaca y que hasta le había quitado las ganas de hacer bromas? Bien... ya se vería. Ahora...
Se fue a la ventana del frente y observó, callado, a lo lejos, allá pasando frente a la hilera de pinos, los pasos largos que se llevaban a la Magda como impelida por un viento de popa, sin recordar que su verdadera casa era esta.
Pero volvió sobre sus pasos después de un momento, para ocuparse de poner en claro las ideas. No necesariamente la flaca, habría de haber pasado por las mismas dificultades que él. Tal vez esa falla provocada que había afectado el mecanismo de salida de su punto... Se hubiese manifestado en otra forma para cada uno de los que intentaban huir de Satanás. Hasta podría ser que algunos no hubieran podido salir de allí a tiempo... Que estuviera prisionero...

Se vistió sin darse cuenta y fue a agarrar su bicicleta roja que alguien en su aucencia había pintado de azul. Salió rumbo a lo de Luque llevado por la costumbre , mientras cavilaba en la forma de entrar a la caverna de alguna manera que no fuese advertida por el Diablo si es que todavía andaba por allí... Vió venir a las Bronté, del brazo caminando como marionetas a cuerda que portaban de lados simétricos canastas tapadas con servilletas blancas que hacían juego con los delantales holandeses y las mejillas rosadas que portaban...
A penas si lo saludaron, con una cosa parecida a una sonrisa y dos hamaconcitos de las cabezas, ambas hacia un lado al unísono.
Miró las canastas. Olió el aroma de empanadas de pescado recién hechas y las vió alejarse a lo largo de la calle como si nunca hubiesen compartido una discusión con el demonio


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