miércoles, febrero 06, 2008

469 Emplazados

Trataron todos de interceder por la paz entre las hermanas, pero éstas rodaban por el piso enroscadas en una furia tal que les hacía no sentir como muchos cabellos se despegaban de sus cráneos. Chillaban palabras tan mordidas y apretadas que... no se sabía de qué hablaban, ni qué se reprochaban cara a cara, rodando sobre la arenisca rosa del piso.

En eso empezaron a aparecer unos cuantos Tucu Tucus adolescentes por la rampa y bajando en derecho a ver la pelea en primer plano. Parecía divertirles tanto que por un momento dejaban de observarse entre ellos los pelajes afeitados en intrincados diseños abstractos por todo el cuerpo. Esto era algo distinto. Un par de hembras humanas enfrascadas con pasión en impedir la pasión de la otra, se podría suponer y se adivinaba por la ceguera instintiva conque se usaban los recursos agresivos, y las posturas de los miembros sobre el suelo, como si se tratara de gatas defendiendo aquello que más le importaba... ¿Y por qué todos los humanos estarían observando sin intervenir? ¿Tal vez se tratara de algún otro deporte de esos que les apasionan? ¿O de un duelo singular que aparejara con su resultado el beneficio de la mitad de los que allí estaban, contra la otra, la del bando de la vencida...?

De a poco la vista de los muchachos Tucus se había ido deslizando desde la pelea de las Bronté a la platea de los que observaban el espectáculo. Gentes extrañas estos humanos, parecían pensar.

¡Para la foto! Divididos en dos grupos por la línea imaginaria del medio con su pareja de luchadoras, los dos grupos que ya eran se observaban muy de cerca. Los humanos adultos a un lado, agachando levemente la espalda para encontrar la misma línea de visión. Al otro lado ese montoncito de adolescentes peludos y decorados que, miraba comprendiendo muchas cosas e ignorando otras, como siempre ocurre y seguirá ocurriendo. Claro que ellos se sabían buenos comprendedores de la idiosincrasia humana y de su manera tan perdonavidas de valorizar cualquier pavada que uno pueda decir, más allá de su verdadera importancia. Cosa que a los humanos no les importa hasta el preciso momento en que lo importante se le vuelve importante. O sea... Lo importante es aquello que los otros creen así.

Uno de los tucus, Pucum, hijo -aunque nadie lo supiera- de Trum, el conductor involuntario de la apertura hacia los humanos, levantó pícaramente la mirada llena de ocurrencia repentina.

-¿Se reciben apuestas?

Nadie le contestó porque todos giraron hacia la consola que estaba resonando una especie de alarma de guerra. ¡El chivo otra vez! A toda pantalla estaba moviendo las mandíbulas en un lenguaje cortante que aparecía traducido al corriente español rioplatense.

-Tienen 24 horas, ta?

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