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sábado, noviembre 08, 2008

623. La Vieja Policlínica

Horas más tarde bajaban del ómnibus entreverados todavía en un diálogo abstruso y entrecortado. Manuel que insistía en enterarse de las últimas noticias de la patria anarquista, de los movimientos de las huestes de Satanás o de lo que pudiera opinar al respecto tanto Mandinga, su padre, como el mismísimo Jesús Cristo, advenido en nuevo asesor y consejero. Y Magdalena, que nada comprendía y a todo contestaba con evasivas mientras apuraba el paso rogando interiormente para que llegaran a la policlínica antes de que el sicólogo ese se hubiera retirado.

-¿Cómo fue que te dije que se llamaba el licenciado...?
-Giorgionne, flaca, ¿cómo más querés que se llame? Vittorio... El mismo Vittorio de siempre... O acaso...?
-Sí, tenés razón, es que con todo esto...

Manuel iba a insistir conque por muy preocupada que pudiera estar no podía.... Pero se quedó mudo no pudiendo él creer lo que estaba viendo cincuenta metros adelante. ¡La policlínica! ¡La vieja policlínica de Lagomar se mostraba allí enfrente en su completa vieja estampa de cuando todavía no le habían hecho las ampliaciones. En lugar del ala izquierda, compuesta por los cinco consultorios nuevos, volvía a reinar el viejo baldío lleno de altos yuyos que abrían sus flores filamentosas bajo una nube de minúsculos jejenes. Se detuvo.

-¿Qué ha pasado aquí?
-Nada, Manuel. No ha pasado nada. Vení, no perdamos tiempo que vamos a llegar tarde...

De golpe se precipitó desde la cima de su ingenuidad al abismo de saberse caminando en otro mundo. Cristo lo había tirado quién sabe dónde, tal vez por impericia, o por descuido, y hasta quizá sin darse cuenta! Cristo era un boludo. Pero ahora...
Retuvo por la mano a Magdalena.

-Esperá flaca. Tenemos que aclarar algunas cosas...

Fue duro convencer a la muchacha que cada vez se mostraba más ansiosa por llegar y poner en manos de alguien que entendiera del tema, a este flaco, su amado, que ahora se empeñaba en hablar incoherencias después de haberse pasado dos semanas inconciente. Se negaba a discutir la irrealidad de la realidad, de la ilusión, o de lo que fuera. Ella no era sicóloga ni médica ni nada. Ella sólo quería que su flaco estuviera bien y que cuando hablaran de una cosa, los dos se refirieran a la misma.
La muchacha era igual a Magdalena, pero era otra. Otra que aun no se había fogueado en los viajes interdimensionales, ni en las guerras cósmicas, ni en el diálogo con la gente que una vez muerta en este mundo, se trasladaba a aquella zona de las siete dimensiones y el tiempo doble... Estaba dominada por el miedo. Manuel trató de meterse en su pellejo y sentir el erizamiento que evidentemente ella había estado sintiendo a cada palabra extraña que él había pronunciado. ¡Pobre! Acercó su cara a la suya. Observó la increíble identidad de formas y rasgos, hasta los más pequeños y fugases temblores de aquella piel le eran conocidos. Se acercó más, como para un beso, y un pensamiento veloz cruzó entre las dos miradas. Si el no era de aquí... entonces habría otro Manuel que... Pero a él lo habían encontrado en su casa... Entonces el otro, ¿por dónde andaría...?

-Allá se va. Ha de ser ese que está saliendo!
-¿Quién?
-El sicólogo...
-Ah, sí... Es él. ¡Eh Vittorio! ¡Esperanos!

El otro se detuvo ya que no podían estar gritando a nadie más. Nadie andaba por aquellas calles más que ese par de muchachos agarrados de la mano que ya avanzaba a paso largo hacia él, haciéndole irremediablemente perder el minuto preciso que necesitaba aprovechar, para llegar justo a las menos cinco a la parada de Copsa, y a su casa antes del comentario mordaz de su esposa la escribana Rocencratz.

martes, octubre 28, 2008

616. La Sonrisa de Jesús

La sonrisa final de Jesucristo pareció extenderse por todo el ámbito de la cueva sin salirse empero de los límites de aquel rostro tan parecido y tan distinto a tantas pinturas relamidas y estampitas de las con bordes dorados y olor a goma arábiga. Era el mismo rostro, aunque ahora tan distinto con ese toque sarcástico. El mismo cuerpo, hostia sacramentada, aunque menos recatado o contenido entre los trapos, que el joven azul del cuadro Ingles que Ernesto había heredado y en ninguna de sus vidas había querido colgar. Pero sonriente. Sonriente de ese modo que hacía eco en los recodos de la arenisca rosada, aquí y allá, extendiendo la sensación de sonrisa por todo el entero ámbito que de ese modo también sonreía... sonreía misteriosamente ya. Hasta que de pronto todo Jesús se extinguió en un recortado perfil negro que nada contenía...
Mandinga fue el primero en asomarse al borde y mirar para adentro, que al parecer era posible, como mirar en el hueco de una sombra para ver todo lo que del mundo no se puede ver por el relumbre de la luz, Volvió la cara Mandinga hacia los otros y mostró en sus facciones la expresión del asombro, o al menos del desconcierto. Dijo algo confuso sobre que las imágenes se sucedían por un caño formado de perspectiva, al modo de la linterna mágica o esos aparatos a cuerda que mueven los muñecos fijos para producir la ilusión del movimiento. Un tubo, repitió, que se pierde hacia el pasado, como las sucesivas sombras de los sucesivos movimientos que hasta el infinito se supone que Jesús habría arrojado sobre el mundo, al mismo tiempo que por el otro extremo iría iluminando con miras al futuro.
Vinieron todos a asomarse, sin pudor ahora de invadir vida privada por entender que aquello ya no era una persona sino apenas el brocal de un hondo pozo sin fondo que tendría tal vez algún significado para entre todos dilucidar... Pero Manuel primero y enseguida varios otros, Magda y Ernesto, Cholo , Margarita y el Dengue, fueron chupados por el hueco y cayeron sobre la arena caliente de un desierto apenas matizado de escuálidos arbustos y algunos balidos de cabras. Más allá se veían una chozas y en la puerta de la primera estaba esperándoles el mismo Jesús, el de la sonrisa, ahora vestido de blanco y con la barba bien negra.

-Por aquí también hay gente que vive en cuevas-, dijo a modo de bienvenida, echándose a andar hacia las dunas, sin mirar atrás ni al parecer costarle avanzar con las ojotas sobre la arena.

sábado, octubre 25, 2008

615. El Harén

Tampoco querían sacar el tema de la ayuda que pudiera ofrecerles para resistir las andanadas de Satán. No ahora, hasta que no terminaran de digerir la extrañas cosas que acababa de decir y que les dejaba provisoriamente la impresión de estar tratando con un sujeto bastante cínico, un sofista o quizá un prestidigitador de palabras que pudieran ser entendidas de cualquier manera, como los quiromantes o los adivinadores, que logran por fin enterarse de nuestros secretos cuando nosotros mismos se los terminamos confesando, convencidos de que ya los conoce.
Él parecía estarse muy cómodo ahora que Margarita empezaba a preguntarle cosas de la historia sagrada para que él pudiera ir apartando las mentiras de las verdades que eran pocas. Reconocía haber hecho algunos milagros casi sin proponérselo, hablar a los paralíticos y caminar a los mudos, según viejas técnicas que le había enseñado el mago Simón por encargo del pícaro de Satanás que por aquella época ya había escapado del pozo y andaba buscando aliados. Tan ingenuo era en esa época que le costó bastante darse cuenta de la triquiñuela y decidirse a aplicar las técnicas sobre el propio maestro. Quiso transformarlo en un camello pero apenas logro una joroba.
Todos rieron sin saber si se trataba de un chiste mientras Jesús se ruborizaba completamente.

-Creo que nunca aprenderé a hacer un buen milagro...

Margarita preguntó si existían, los buenos milagros y en ese caso quién conocía él que los supiera hacer.
Se meció las barbas con sus largos dedos y con cejijunta mirada de loco afirmó que Satanás, por cierto.

-En una ocasión creó frente a mí toda una corte con sus lujosos palacios y plazas y mercados y un harén con mujeres perfumadas que se podían tocar. Dijo que todo sería mío y mucho más si así meramente lo deseaba, con solo asentir con un movimiento de cabeza de los que entre nosotros significa irrevocable voluntad de renuncia a ella.

-¿Quedabas para siempre sin ninguna voluntad?
-En realidad podría en el futuro hacer uso del pequeño resto que me quedaría. La voluntad de querer más placeres al precio que fuera. Era muy duro negarse. Yo era muy joven y andaba solo, atravesando el desierto, sin más compañía que un burro testarudo que me habían prestado.
-¿Qué hizo cuando te negaste...?
-¿Quién te dijo que me negué?
-Ah... Aceptaste!
-En realidad... tampoco... Le contesté que de qué me servirían placeres ilusorios que nunca podría disfrutar a pleno, acuciado como estaría por continuos nuevos deseos que debería pagar cada vez con recargados intereses. Argumentó que los placeres serían siempre reales y no condicionados más que a un sólo y único precio, que le diera el asentimiento. Todavía no cedí. Pedí comprobar por vía de los hechos la calidad del servicio. Sólo después de experimentar podría tomar una determinación tan importante. Soy virgen -le dije- no se si estas cosas me pueden satisfacer...
-¿Se la creyó...?
-Sí, tres meses de tiempo ilusorio estuve nadando entre los rosados pétalos del harén, servido sin complejos por cientos de esclavas imaginarias que vertían agua fresca desde las ánforas, bajo las palmeras del gigantesco oasis que sólo existía para mi placer y el de aquellas muchachas que, ¡la puta!, parecían más reales que yo...
-¿Y después...?
-Le pedí una prorroga. No me sentía muy seguro...
-¿Cuantas veces?
-No sé. A la larga se pierde el sentido del tiempo



miércoles, octubre 22, 2008

614. El Mensaje Oculto

Mandinga intercedió para explicar que había encontrado a Jesús todavía ignorante de la guerra cósmica, en medio del festival de las flores, la poesía y el rock.

-¿El rock..!
-Sí, qué tiene de raro? El rock, la birra y el porro...

Ernesto le interrumpió.

-¿Pero el señor..., es el mismo Jesús? ¿El que todos conocemos...?

Jesús largó la risa.

-No me digan que creyeron lo que de mi cuenta ese libro corregido y editado por los curas, ja ja!

Ernesto, todo colorado, sin embargo argumentó:

-Bueno, tan mal no le han pintado solo que..., allí toma vino y nada dice sobre que fume, ni que fuese poeta... o músico...
-Olvídense. -el gesto de aquella mano espantando moscas fue muy expresivo.

Magda, todavía argumentó:
-Pero si es todo mentira. ¿Por qué no volvió usted a decirlo?
-Ja ja, porque entre el viejo y las arpías de la iglesia me habrían arrancado las tripas otra vez.
-¿Entonces es cierto que lo mataron en la cruz?
-Junto a mis amigos ladrones...
-¿Era usted uno de ellos...?

Cristo chasqueó la lengua. Mandinga explicó que estaba molesto con los constantes "usted" y dirigiéndose otra vez al nazareno le instó:

-Dale, seguí.

-Nunca pude ser un verdadero ladrón, esas personas que desde chicos comprenden que es la manera mas digna de no morirse de hambre. Ladrón o bufón en la corte de los poderosos. A mi me invitaban a comer para escuchar mis palabras y sentir un nudo en las entrañas al escuchar la verdad esa que yo no les decía, que yo nunca les estaba diciendo, pero que ellos creían escuchar porque en realidad ya la conocían de antes. Era como otra clase de bufón. El contra. El que no hace reír sino avergonzarse y prometer un cambio de vida que por lo general era rápidamente olvidado. Yo les hablaba en parábolas, eso es cierto, pero no como se dice que para que nadie entendiese sino aquellos ya iniciados en mi doctrina. Les hablaba en parábolas porque ya desde esa época soñaba con ser poeta, y a veces me dejaba llevar por la cadencia de las palabras sin preocuparme mucho por lo que estuvieran entendiendo. Era muy joven y la heroica supervivencia de los humanos me llenaba el corazón de congoja. Me identificaba con ellos. Quería ser uno de ellos.
-Bueno, es mitad humano, no?
-Yo qué se...
-¿Cómo que no..., sabés...?
-Es que no lo sé... Dentro de lo que yo conozco hay muchos seres parecidos pero..., justamente al que menos me parezco es al que se supone que sería mi padre. Tengo muchas dudas... Podría ser hijo del carpintero no más, aunque él nunca haya dicho esta boca es mía.
-Pero viene quedando en pie la verdad de que predicabas para que la gente mejorara espiritualmente...
-Ni siquiera eso. Parece que no han entendido lo que antes he dicho. Mi mensaje nacía y crecía en la mente de cada cual, yo apenas pronunciaba palabras que me parecían agradables sin preocuparme por su significado.

Mandinga dejó escapar su aguda risita. Todos se acomodaron en los asientos. Manuel le preguntó si tomaba mate. Magda se ofreció para hacer tortas fritas




martes, octubre 21, 2008

613. Bienaventurados

Mandinga entendió que le estaban dando permiso para retirarse. De golpe le vino la emoción de la despedida y sin decir agua va cubrió de besos a Magda y Manuel antes de alargar los pasos hacia la rampa en procura de su bola que había dejado sobre el césped de Los Dogones.
Manuel observó que su madre se había ruborizado. Le guiñó un ojo y estaba tomando de la mano a la flaca para con ella retirarse y volver a la vida que les gustaba cuando el aire de la caverna se puso a vibrar de aquella manera archiconocida de cuando entraban las bolas a cada rato. Era una de las propias, de papel y engrudo, que llevaba en un costado la bandera rastafari. Claro, era Mandinga que volvía a entrar, seguramente en procura de alguna cosa que habría olvidado...
Se abrió la puerta corrediza y desde dentro de la bola surgió un relumbre tembloroso que de pronto avanzaba a lo largo de la galería máxima. Alarmados todos se pusieron de pié y vieron que Mandinga salía acompañado de otra persona, tan grande como él pero que en vez de ser negro era todo de luz. Un hombre de tes olivácea, como a veces se dice por no decir mulata, con larga cabellera y barba canosa, vestido de paños envueltos y ojotas livianas, que entre ese halo luminoso caminaba sin sacarse la sonrisa.

-Bienaventurados los que no me siguen, porque ellos encontrarán el camino.

Margarita, creyendo que era una bufonada de Mandinga, largó la risa. Vittorio la trató de contener tomándola por los hombros y mirando la aparición desde el perfil. Rulo se puso pálido. Ernesto sintió que algo muy profundo comenzaba a ceder dentro de su mente.

Mandinga, sin dejar de acompañar los pasos del otro, miraba al grupo de sus amigos y, con sonrisa algo ruborizada, a cada momento encogía los hombros y con la mano mostraba a su compañero con ese gesto que se usa para presentar a alguien.

-Bienaventurados los que necesitan ayuda, porque ya están perdidos.
-Los que no preguntan, porque no esperan respuesta.
-Los que no tienen amor, porque nunca lo perderán...

-Quién es esta persona, -preguntó Cholo.

-Bienaventurados los sabios, porque nunca aprenderán nada. Los entusiastas, porque pronto se cansarán. Los jóvenes, porque pueden envejecer. Los ricos, porque conocerán la pobreza. Y en general, bienaventurado todo aquel que escuchando no entienda y que hablando nada diga. Porque ha llegado el tiempo de la siega y en él, todo lo que haya estará de más. Y todo lo que se eche de menos será el único tesoro.

-¿Será el anticristo...? -musitó Ernesto.

-Yo soy aquel que nunca existió, en eso consiste mi eternidad.Que nunca tuvo nombre, ese es mi nombre, y aunque muchos de ustedes se han empeñado en atribuirme milagros, de verdad os digo que nada se hacer aparte de hablaros de esta forma que ustedes no entienden.

Manuel se adelantó.

-Si venís con Mandinga sos amigo, vení, sentate con nosotros y contanos... si querés podés apagar la luz...

Efectivamente el tipo apagó la luz y ahora en tres pasos entró en la rueda de sillones y taburetes, se arremangó con un brazo los géneros y se sentó alargando las patas hacia adelante como quien viene cansado de caminar.

-Bueno, habrán sentido hablar de mi. Me llaman Jesús y conozco a Mandinga desde hace tiempo. Dice que están siendo acosados por el loco de Satán...

Nadie continuó la conversación. Estaban todavía atorados con la aparición y además con la duda. ¿Estaría este pretendido Cristo, caminando por el jardín cuando Mandinga subió por su bola?

Las miradas se concentraron de tal modo que Mandinga tuvo que hablar.

-Acaso no me mandaron a buscar ayuda...?
-Pero dónde lo encontraste?

(Cristo pestañeó algo avergonzado.)

-En la nebulosa de Andrómeda. Ya iba por la nube de Oor cuando recordé de una comunidad Hippie en la que los astrónomos de aquí llaman Ax15-MRO21202, la estrella, claro, a la que orbita un viejo planeta terroso y selvático que de lejos hiede a menta. Me equivoqué y fui a dar a la gran siete. Pasé demasiado cerca de una de neutrones que me hizo doler de cabeza. Bajé en un pequeño planeta de rica atmósfera analgésica olvidándome precisamente de que ese gas era el famoso gas del olvido. Un mes, más o menos, estuve sintiéndome bien panza arriba entre los yuyos, hasta que se me ocurrió visitar una hermosa estrella que se apreciaba como muy cercana. Se veía hasta de día como un diamante azul colgado de la alta cúpula...
-No hace ni diez minutos que saliste de aquí...
-¿Diez minutos...?

La mirada desconcertada de mandinga se dirigió a Cristo, como preguntando. Cristo se encogió de hombros. Vittorio le preguntó:
-Estaba usted en esa colonia hippie de la nebulosa de Andrómeda?
-Allí sobrevivo en un planeta pacífico...

lunes, diciembre 03, 2007

441 LAS VACAS INCRÉDULAS

Es que los humanos. Aun los muertos que han vivido un montón de años en el otro mundo, tienen esa dificultad para moverse con cierta cintura por los meandros elásticos del tiempo. Fijémonos, como ejemplo contundente, en la situación que se daba en ese momento. Estaban viviendo un día cuya duración nadie se había tomado la molestia en medir, pero que si lo hubiesen hecho se habrían llevado la sorpresa de constatar que al menos triplicaba lo que en la tierra se ha tenido siempre como normal. Sobre el puente se les había hecho la noche antes de hora, a la vuelta y de inmediato, sobrevolaron las verdes praderas que progresivamente iban siendo rumiadas por millares de vacas incrédulas mientras ellos cambiaban ideas sin preocuparse de la posición del sol sobre la esfera celeste. A la sazón –me encanta esta forma de eludir el mientras- ya Aníbal Greco y Nilo Perdomo habrían, con seguridad vuelto a su Maldonado, aburridos de esperar y de ver por la pantalla del solitario monitor las peripecias de la frustrada invasión ambientalista terminada en beserío.

¿Y las Flota de los Siete Conglomerados Galácticos?

No, ellos permanecían al acecho. No rumiando pasto sino ideas de cómo rodearles y capturarles vivos, al menos capturar al Manuel ese, que tanto trabajo les venía dando y que ahora se había tomado el atrevimiento de ejecutar –no andemos con eufemismos- nada menos que al agente híbrido Douglas Doménech, producto de la más refinada tecnología genética celestial, cuya tradición y fama se remonta a la propia inseminación de Ave María por intermedio del certero pico de
Espíritu Santo, nuestra madre inmaculada. Claro que en aquel primer experimento, hecho de apuro antes de que murieran los últimos espermatozoides del viejo God, el resultado apenas estuvo medianamente acorde con las expectativas. O sea… En vez del conquistador implacable que iba a derrotar bajo sus suelas a todos los enemigo, quitarles sus mujeres, niños y riquezas e imponer en tutti il cosmos la más rigurosa ley seca. Salió un hippy de blando discurso, amigo de prostitutas, distraído y medio atolondrado bebedor de vino en copas.

Y Manuel… El Manuel, este…. Parecía ser otro engendro genético, aunque en este caso producto de tecnologías alienígenas, es decir diabólicas, mandingueras o tal vez… de ese par de psicópatas inventores que se habían terminado refugiando en los escarpados confines del gran cúmulo de agujeros negros de Ortus Nimbus, del que extraían terajulios de energía por cada segundo de sus estúpìdos experimentos. Era menester capturar al pequeño nuevo Cristo para estudiarle concienzudamente en busca de anular todos sus dotes especiales antes de ejecutarle y dar los trozos de su cuerpo para comida y bebida de los hermanos en la fe.

Esa es y será la ley. Así se hará cumplir aunque en la demanda perdamos nuestras vidas.

Manuel recién entonces llegó a preguntar en serio, qué era eso de colección completa para todos los tiempos que decía muy suelto de cuerpo Mandinga y que a él le sonaba a payada libre como cuando el payador no sabe de que mierda está hablando pero sigue enancado entre las rimas y llevado por las imágenes.

-Para mí que Bosco recibió información sobre mi viaje y sobre mi aspecto.

Mandinga se golpeó las piernas con las palmas.

-Pero Manuel! Sería como decir que yo sabía quienes eran los niños aquellos que en 1957 jugaban a la pelota por las calles de Guichón. Las cosas se dan de otra manera. Ese día bajé en el palmar que hay antes de llegar al pueblo y me procuré ese aspecto extraño que fue lo que les llamó la atención, tal cual lo había supuesto y comprobado en muchos lugares del mundo. Caminé, atravesando el pueblo sin preocuparme por llamar la atención de nadie en particular. Me siguió sólo tu abuelo porque Bosco se cagó todo cuando vio el tamaño de la falsa espada de samurai que llevaba atravesada por la espalda. Pudo haber sido al revés o haber venido cualquier otro niño de los que no estuviesen demasiado interesados en el partido, pero vino Abelardo. Y Abelardo estaba interesado desde antes en las posibilidades de desarrollar alguna meta-ciencia. Congeniamos y hasta se puede decir que nos hicimos amigos…

-Estoy entendiendo que fuiste vos quién le dio la información a Bosco…

-Bueno… lo que ocurrió también podría ser descrito de esa forma…

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

martes, enero 02, 2007

171: El discurso de Mandinga

Terminado lo del ungüento bajaron a que Cholo conociera la Galería Máxima y a revisar en la compu las últimas novedades. La noticia en toda la Web era la nueva encíclica papal “Pax in Urbis”. La segunda, el linchamiento de Saddam Hussein. Arreglo de cuentas entre bueyes, que a veces sí se cornean. En El Vaticano rezaban por su alma y Bush sonreía junto a un arbolito iluminado. Ahora, a la humanidad le restaba sólo un problema para resolver. El terrorismo. Las invasiones, los daños colaterales y la miseria iban a durar poco tiempo y, eran males menores, necesarios para que el mundo se encaminara por fin hacia lo que Dios siempre quiso de él.
Mandinga, que había bajado con ellos, miraba el monitor con aburrida expresión. Dijo que habían estado comentando las noticias con el Abuelo de Manuel en un refugio bastante seguro que habían acondicionado junto con otros dioses de linajes secundarios.
-¿Y si termina la guerra, qué pasa? –Preguntó Manuel.
-Nada que no haya pasado otras veces –murmuró Mandinga con tono de fin de oración. Pero dándose cuenta de las miradas curiosas que le rodeaban tubo que ser más explícito.
-El viejo sátrapa va a dar rienda suelta a su deseo de ser adorado como el único y verdadero. Claro que aun le queda por delante matar a su primo Alá y a su basta prole pero… No crean que se trata de un problema ideológico, como dicen ustedes, sino de cuantos clientes tengo a mi servicio chupándome las patas, nada más. Ese es el gran drama de los dioses. La vanidad.
-Vos hablás mal de los dioses, pero…sos uno de ellos, no?
-Sí. La oveja negra.
-¿Y con Cristo, como te llevás?
-Uh! El pobre Cristo… Algún día tal vez se anime a romper los lazos con su padre, pero por ahora…Ni dejándose crucificar le pudo ablandar el corazón!
-¿Nunca le hablaste de eso?
-¡Claro que sí! Todos le decimos lo mismo porque sabemos que es el único que podría cambiar las cosas. Pero tiene ese sentido de la bondad y del respeto por su padre que… Que no está mal en sí mismo…Lo que no logra entender es que su padre está totalmente enfermo. Envenenado de poder, enceguecido de egoísmo.
-¿Y por qué Dios tiene tanto poder?
-Nadie tiene más poder que el de la propia existencia. Pero cuando alguien se arrodilla frente a otro, sea por admiración o por temor, cede su poder al otro que pasa a manejarlo a su modo… Es como la publicidad de ustedes. Si un fabricante de cigarrillos convence a muchos de que su producto es lo más grande que hay, pasa a ganar mucho dinero que emplea en hacer más publicidad y convencer a muchos más de aquellas pretendidas virtudes, que por supuesto no van más allá de producir hermosos tumores cancerosos y algún que otro infarto… Los dioses somos como los cigarrillos.
-¿Pero nunca hubo un dios bueno?
-Tal vez… Tal vez El Verdadero, como nosotros le llamamos sin haberle visto nunca y sin tener pruebas de que haya nunca existido ni creado todo lo que vemos, porque… Supongo que ustedes sabrán que este viejo carcamán no ha creado nada… Lo que ocurre, según me parece, es que si El Verdadero se mostrara y pudiéramos conocer toda la verdad… los tiempos, todos los tiempos desaparecerían y las cosas fluirían instantáneamente hacia él, sin libertades ni dudas. Sería el fin de todas las historias.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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lunes, octubre 30, 2006

110 - Escenas de la Vida Real

Cuando se inició un verdadero diálogo Abelardo notó cierta lentitud en las respuestas y creyó que a los muchachos les estaba faltando un poco de práctica en el trabajo de interpretar el baile de los guijarros. Al menos eso les dijo en un último mensaje antes de mandarles un largo texto para que practicaran. No les dio más explicaciones.
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Texto que mandó Abelardo:
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La familia real estába compuesta por tres miembros: Padre, Espíritu Santo e Hijo.
El Padre era un viejo decrépito, rezongón y orgulloso,que triunfó en la guerra pero nunca en el amor. Terminada la guerra recorrió los territorios conquistados en busca de una compañera, pero nunca la encontró. Un poco por su maniática costumbre de buscarle defectos a las pocas candidatas que aparecían. Pero también, y mucho más porque las diosas y semidiosas huían de su presencia como si fuera la peste. Así fue que se terminó casando con una paloma.
Era una paloma grande, casi del tamaño de un pavo y tenía un nombre curioso, Espíritu Santo. La Espíritu Santo –porque era bien femenina a pesar de su nombre- se sentía por encima de todos cuando sobrevolaba sobre las cabezas y curioseaba en los lugares más inapropiados. El bautismo de su hijo Cristo, la decapitación de Zalomé o la destrucción -de un solo soplido- de la casa mal hecha de uno de los tres chanchitos. Siempre aparecía en la foto, en lo alto, ya fuera del lado derecho o del izquierdo, aunque con más frecuencia en el medio y lanzba rayitos de beatitud sobre la escena. Con las alas abiertas, mirando para abajo, seguro que registrando los hechos para después contarlos.
El Hijo les salió un tiro al aire. Bien que en realidad no nació de un huevo de la paloma –sufría de una obstrucción congénita del oviducto- fue ella la que trasladó e inseminó a una sierva, Ave María –muy conocida por su invención del baño- el único espermatozoide que los médicos divinos pudieron extraer con sopapas de las atrofiadas gónadas del anciano guerrero.
Tal vez por no tener muy clara la imagen materna- pues siempre sus madres le decían que no rompiera los huevos y se le alejaban volando, fue que se dio a prácticas no muy santas fuera de la vista de sus progenitores. Un mal día, por ejemplo, el arcángel San Miguel encontró al joven Cristo en pleno coito con una gallina!
-¿Qué hacés, degenerado?- le dijo-.¡ Podría ser tu madre!
-Cual madre. ¿Ave María o la paloma?
-Cualquiera de las dos. Ya te ha dicho tu padre que esas cosas sólo las puede hacer él.
-Pero Miguel, si esta gallinita él ni la conoce. Yo la he criado en mi aposento.
-Igual. ¡Todas las aves son animalitos de Dios!
-¿Y entonces…yo qué hago?
El viejo Miguel no tuvo respuesta. Fue entonces que Cristo abandonó sus dos casas. La del Señor porque era tratado allí como un entenado y la de Ave María porque lo trataba como a un dios.
Deambuló por la tierra. Se hizo amigo de los hombres- entre los que conoció el hambre, el frío y el cansancio. En un principio sólo pescadores que lo llevaban en chalanas a pescar y a la vuelta a asar los pescados y a tomar el vino. Después se fue haciendo amigos en los pueblos, conoció las fiestas y de vista las mujeres… Su mejor amigo era en esa época un tal Lázaro, generoso propietario de una generosa finca y de un par de hermanas de generosas formas.
En la casa d Lázaro corría el vino por los gargueros y era frecuente que terminara todo el mundo mamado y alegre durmiendo bajo los árboles del huerto. Un día tanto habían tomado que se acabó el vino y Cristo quiso hacer una de más. Como de broma, llenó un tonel con agua sucia y dijo a sus amigos que era vino. Sus amigos, tan borrachos estaban que no notaron diferencia , pero Lázaro tomó demasiado y al rato cayó al suelo completamente muerto. Las hermanas corrieron, entre llantos, a enterrar su hermano bajo una pesada piedra para volver enseguida frente a Cristo a rasgarse las vestiduras y tirarlas e implorarle al joven que lacerara sus carnes y las penetrara como castigo por haberlo deseado, siendo como era el mejor amigo de su difunto hermano, pecado imperdonable pero exquisito.
Cristo se sintió muy alagado por aquellas palabras y sintió por cierto un gracioso cosquilleo en el estómago, pero pudo más el sentimiento de la amistad y corrió a rescatar a Lázaro de la tumba, para traerlo de nuevo al seno de su familia y al entorno de los amigos y continuar la fiesta. Comieron durante tres días perdices y al cuarto…lo bajaron de nuevo a la tumba, ya que nadie sufría más aquella pestilencia.
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Al terminar de leer lo que había quedado escrito en el cuaderno, Magda levantó la mirada hacia Manuel.
-¿Se habrá vuelto loco?