Mandinga intercedió para explicar que había encontrado a Jesús todavía ignorante de la guerra cósmica, en medio del festival de las flores, la poesía y el rock.
-¿El rock..!
-Sí, qué tiene de raro? El rock, la birra y el porro...
Ernesto le interrumpió.
-¿Pero el señor..., es el mismo Jesús? ¿El que todos conocemos...?
Jesús largó la risa.
-No me digan que creyeron lo que de mi cuenta ese libro corregido y editado por los curas, ja ja!
Ernesto, todo colorado, sin embargo argumentó:
-Bueno, tan mal no le han pintado solo que..., allí toma vino y nada dice sobre que fume, ni que fuese poeta... o músico...
-Olvídense. -el gesto de aquella mano espantando moscas fue muy expresivo.
Magda, todavía argumentó:
-Pero si es todo mentira. ¿Por qué no volvió usted a decirlo?
-Ja ja, porque entre el viejo y las arpías de la iglesia me habrían arrancado las tripas otra vez.
-¿Entonces es cierto que lo mataron en la cruz?
-Junto a mis amigos ladrones...
-¿Era usted uno de ellos...?
Cristo chasqueó la lengua. Mandinga explicó que estaba molesto con los constantes "usted" y dirigiéndose otra vez al nazareno le instó:
-Dale, seguí.
-Nunca pude ser un verdadero ladrón, esas personas que desde chicos comprenden que es la manera mas digna de no morirse de hambre. Ladrón o bufón en la corte de los poderosos. A mi me invitaban a comer para escuchar mis palabras y sentir un nudo en las entrañas al escuchar la verdad esa que yo no les decía, que yo nunca les estaba diciendo, pero que ellos creían escuchar porque en realidad ya la conocían de antes. Era como otra clase de bufón. El contra. El que no hace reír sino avergonzarse y prometer un cambio de vida que por lo general era rápidamente olvidado. Yo les hablaba en parábolas, eso es cierto, pero no como se dice que para que nadie entendiese sino aquellos ya iniciados en mi doctrina. Les hablaba en parábolas porque ya desde esa época soñaba con ser poeta, y a veces me dejaba llevar por la cadencia de las palabras sin preocuparme mucho por lo que estuvieran entendiendo. Era muy joven y la heroica supervivencia de los humanos me llenaba el corazón de congoja. Me identificaba con ellos. Quería ser uno de ellos.
-Bueno, es mitad humano, no?
-Yo qué se...
-¿Cómo que no..., sabés...?
-Es que no lo sé... Dentro de lo que yo conozco hay muchos seres parecidos pero..., justamente al que menos me parezco es al que se supone que sería mi padre. Tengo muchas dudas... Podría ser hijo del carpintero no más, aunque él nunca haya dicho esta boca es mía.
-Pero viene quedando en pie la verdad de que predicabas para que la gente mejorara espiritualmente...
-Ni siquiera eso. Parece que no han entendido lo que antes he dicho. Mi mensaje nacía y crecía en la mente de cada cual, yo apenas pronunciaba palabras que me parecían agradables sin preocuparme por su significado.
Mandinga dejó escapar su aguda risita. Todos se acomodaron en los asientos. Manuel le preguntó si tomaba mate. Magda se ofreció para hacer tortas fritas
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miércoles, octubre 22, 2008
614. El Mensaje Oculto
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martes, diciembre 26, 2006
165: UN BRINDIS POR BORDABERRY
Cuando Rulo torció la boca para rechazar el cigarro que había armado Aníbal y del cual todos iban fumando, Julieta, que venía de sacar las pizzas del horno, se asomó y sacudió la cabeza. El Dengue al recibir el cigarro bromeó con que lo querían mamar y el Cholo propuso que se llenaran de nuevo todos los vasos y que cada uno hiciera su brindis. Así se hizo.
Ernesto brindó entonces por la humanidad del futuro. Julieta, que ya había depositado las piceras sobre la mesa con las porciones desprolijamente cortadas, brindó por su futuro hijo mojando apenas los labios en el vino, con lo que llenó de emoción a Manuel, que la observaba y ahora abrazó a la flaca sintiendo que las mujeres eran seres admirables. Desde ese estado brindó Manuel por el amor.
El Cholo, en cambio levantó su vaso lleno de rojo vino y brindó no por los veinte años de Manuel, sino por los treinta de Bordaberry a quien deseó larga vida.
El roque brindó por la amistad. El Rulo quiso que nunca les faltara el trabajo. Magdalena que se terminaran todos los problemas y fueran jóvenes para siempre. Aníbal en vez de decir el deseo de su brindis lanzó una sonora carcajada. La Mulata no quiso brindar.
Comieron y bebieron y se rieron con grandes aspavientos. Recordaron cosas del pasado en común. Cantaron sin guitarra y con poca afinación. Abrieron latas de sardinas y cajas de vino. Asaron chorizos a destiempo y hablaron tantas ingeniosas pavadas que probablemente nunca iban a poder recordar…
Al rato Manuel comenzó a ver la fiesta desde progresiva distancia, alejándose de las carcajadas y las bromas por un camino interior que de pronto le hizo perder todo contacto con la realidad externa llevándolo a un lugar desconocido donde sólo se sentían voces. Las voces eran dos y discutían… Una de las voces era la de su abuelo Abelardo y la otra…¡Y discutían sobre él!
-Yo te lo dije desde el principio, Germán. Esto no es lo mismo que escribir un guión!
-Pero igual quisiste hacerlo! Si no ¿por qué le dejaste el juego de los guijarros?
-Después me di cuenta… Todo empezó cuando yo era un niño y tenía la cabeza llena de absurdas fantasías!
-El problema es que ahora se nos salió de control.
-¡Nunca debimos intentarlo! Nos metimos a aprendices de brujo.
-Bueno, pero algo tenemos que hacer. Toda la trama de su vida ha quedado alterada. Por lo menos tendríamos que remendar algunas cosas…
-Sí. Y seguir haciendo cagadas…!
Un par de labios húmedos apoyados suavemente sobre los suyos lo trajeron de vuelta al mundo de los vivos. Los ojos luminosos de Magdalena le miraban ahí enfrente, serenos y al mismo tiempo seductores, esperándolo para seguir navegando las aguas compartidas… Alrededor se volvían a conectar los sonidos de la fiesta como un trasfondo sonoro que completaba el escenario.
Decidió seguir jugando. Se levantó y fue a subir el volumen de la música. Llevó a la flaca a un costado de la rueda y se pusieron a bailar.
narrativa
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165: UN BRINDIS POR BORDABERRY
Ernesto brindó entonces por la humanidad del futuro. Julieta, que ya había depositado las piceras sobre la mesa con las porciones desprolijamente cortadas, brindó por su futuro hijo mojando apenas los labios en el vino, con lo que llenó de emoción a Manuel, que la observaba y ahora abrazó a la flaca sintiendo que las mujeres eran seres admirables. Desde ese estado brindó Manuel por el amor.
El Cholo, en cambio levantó su vaso lleno de rojo vino y brindó no por los veinte años de Manuel, sino por los treinta de Bordaberry a quien deseó larga vida.
El roque brindó por la amistad. El Rulo quiso que nunca les faltara el trabajo. Magdalena que se terminaran todos los problemas y fueran jóvenes para siempre. Aníbal en vez de decir el deseo de su brindis lanzó una sonora carcajada. La Mulata no quiso brindar.
Comieron y bebieron y se rieron con grandes aspavientos. Recordaron cosas del pasado en común. Cantaron sin guitarra y con poca afinación. Abrieron latas de sardinas y cajas de vino. Asaron chorizos a destiempo y hablaron tantas ingeniosas pavadas que probablemente nunca iban a poder recordar…
Al rato Manuel comenzó a ver la fiesta desde progresiva distancia, alejándose de las carcajadas y las bromas por un camino interior que de pronto le hizo perder todo contacto con la realidad externa llevándolo a un lugar desconocido donde sólo se sentían voces. Las voces eran dos y discutían… Una de las voces era la de su abuelo Abelardo y la otra…¡Y discutían sobre él!
-Yo te lo dije desde el principio, Germán. Esto no es lo mismo que escribir un guión!
-Pero igual quisiste hacerlo! Si no ¿por qué le dejaste el juego de los guijarros?
-Después me di cuenta… Todo empezó cuando yo era un niño y tenía la cabeza llena de absurdas fantasías!
-El problema es que ahora se nos salió de control.
-¡Nunca debimos intentarlo! Nos metimos a aprendices de brujo.
-Bueno, pero algo tenemos que hacer. Toda la trama de su vida ha quedado alterada. Por lo menos tendríamos que remendar algunas cosas…
-Sí. Y seguir haciendo cagadas…!
Un par de labios húmedos apoyados suavemente sobre los suyos lo trajeron de vuelta al mundo de los vivos. Los ojos luminosos de Magdalena le miraban ahí enfrente, serenos y al mismo tiempo seductores, esperándolo para seguir navegando las aguas compartidas… Alrededor se volvían a conectar los sonidos de la fiesta como un trasfondo sonoro que completaba el escenario.
Decidió seguir jugando. Se levantó y fue a subir el volumen de la música. Llevó a la flaca a un costado de la rueda y se pusieron a bailar.
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