sábado, noviembre 08, 2008

623. La Vieja Policlínica

Horas más tarde bajaban del ómnibus entreverados todavía en un diálogo abstruso y entrecortado. Manuel que insistía en enterarse de las últimas noticias de la patria anarquista, de los movimientos de las huestes de Satanás o de lo que pudiera opinar al respecto tanto Mandinga, su padre, como el mismísimo Jesús Cristo, advenido en nuevo asesor y consejero. Y Magdalena, que nada comprendía y a todo contestaba con evasivas mientras apuraba el paso rogando interiormente para que llegaran a la policlínica antes de que el sicólogo ese se hubiera retirado.

-¿Cómo fue que te dije que se llamaba el licenciado...?
-Giorgionne, flaca, ¿cómo más querés que se llame? Vittorio... El mismo Vittorio de siempre... O acaso...?
-Sí, tenés razón, es que con todo esto...

Manuel iba a insistir conque por muy preocupada que pudiera estar no podía.... Pero se quedó mudo no pudiendo él creer lo que estaba viendo cincuenta metros adelante. ¡La policlínica! ¡La vieja policlínica de Lagomar se mostraba allí enfrente en su completa vieja estampa de cuando todavía no le habían hecho las ampliaciones. En lugar del ala izquierda, compuesta por los cinco consultorios nuevos, volvía a reinar el viejo baldío lleno de altos yuyos que abrían sus flores filamentosas bajo una nube de minúsculos jejenes. Se detuvo.

-¿Qué ha pasado aquí?
-Nada, Manuel. No ha pasado nada. Vení, no perdamos tiempo que vamos a llegar tarde...

De golpe se precipitó desde la cima de su ingenuidad al abismo de saberse caminando en otro mundo. Cristo lo había tirado quién sabe dónde, tal vez por impericia, o por descuido, y hasta quizá sin darse cuenta! Cristo era un boludo. Pero ahora...
Retuvo por la mano a Magdalena.

-Esperá flaca. Tenemos que aclarar algunas cosas...

Fue duro convencer a la muchacha que cada vez se mostraba más ansiosa por llegar y poner en manos de alguien que entendiera del tema, a este flaco, su amado, que ahora se empeñaba en hablar incoherencias después de haberse pasado dos semanas inconciente. Se negaba a discutir la irrealidad de la realidad, de la ilusión, o de lo que fuera. Ella no era sicóloga ni médica ni nada. Ella sólo quería que su flaco estuviera bien y que cuando hablaran de una cosa, los dos se refirieran a la misma.
La muchacha era igual a Magdalena, pero era otra. Otra que aun no se había fogueado en los viajes interdimensionales, ni en las guerras cósmicas, ni en el diálogo con la gente que una vez muerta en este mundo, se trasladaba a aquella zona de las siete dimensiones y el tiempo doble... Estaba dominada por el miedo. Manuel trató de meterse en su pellejo y sentir el erizamiento que evidentemente ella había estado sintiendo a cada palabra extraña que él había pronunciado. ¡Pobre! Acercó su cara a la suya. Observó la increíble identidad de formas y rasgos, hasta los más pequeños y fugases temblores de aquella piel le eran conocidos. Se acercó más, como para un beso, y un pensamiento veloz cruzó entre las dos miradas. Si el no era de aquí... entonces habría otro Manuel que... Pero a él lo habían encontrado en su casa... Entonces el otro, ¿por dónde andaría...?

-Allá se va. Ha de ser ese que está saliendo!
-¿Quién?
-El sicólogo...
-Ah, sí... Es él. ¡Eh Vittorio! ¡Esperanos!

El otro se detuvo ya que no podían estar gritando a nadie más. Nadie andaba por aquellas calles más que ese par de muchachos agarrados de la mano que ya avanzaba a paso largo hacia él, haciéndole irremediablemente perder el minuto preciso que necesitaba aprovechar, para llegar justo a las menos cinco a la parada de Copsa, y a su casa antes del comentario mordaz de su esposa la escribana Rocencratz.
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