martes, junio 17, 2008

554. El Pozo

Después de unos momentos de duda Federico comenzó un nuevo interrogatorio sin convencerse de que alguien pudiese ser arrojado al boleo, desde hipotéticos mundos paralelos y caer justo en frente de su casa. Que se pudiera salir vivo de un enfrentamiento con el mismísimo Satanás, cualquiera fuese la realidad de éste. Que pudiese alguna persona tener hijos en este mundo y no tenerlos en otro. Que...

-Esto me supera completamente.
-¿Te parece que podemos haber inventado todo eso...?
-Tal vez lo crean verdadero...
-¿Estamos locos? Los dos...
-Los fanáticos creen todos en el mismo.
-No tenemos ninguna religión.
-La de ustedes... Pueden sufrir de un delirio místico sui géneris, creerse profetas de una nueva fe...
-Podemos ofrecer pruebas palpables...
-¿Llagas sangrantes y esas cosas?
-No. Pruebas materiales, hechos que ocurren fuera de nosotros.
-¿Como qué...?

Ahora los muchachos quedaron ellos pensativos. A Manuel de pronto le entró por dudar de si eran en realidad capaces de presentar el tipo de pruebas que acababan de ofrecer... No se le ocurría por el momento ninguna. Estaban fuera de los lugares donde se encontraban las pruebas... Y además... ¿Por qué carajo tendría él que andar continuamente convenciendo incrédulos? ¿Por qué no dejarlos con sus dudas y simplemente volver a sus asuntos, a su casita verdadera, a sus planes...
En vez de volver lo que le ocurrió fue un abismamiento. Otra vez, como aquella, se sumió en las pesadas tinieblas del ámbito solitario. Su propio ser. Allí, donde una tenue luz difusa apenas permite tener alguna noción de espacio. Allí donde se esconde, ya lo sabía, ese contrincante tenaz de sí mismo, su contradictor, su antipersona.

-(¿Estás ahí?)
-(Estamos)
-(¿Qué querés ahora? ¿Por qué me trajiste?)
-(No te traje, caíste solo. Cada vez que querés renunciar caés en el mismo pozo.)
-(Entiendo. Vos sos el pozo.)
-(Todavía estás para chistes?)
-(Dale. ¿Qué carajo querés?)
-(Ya te lo he dicho. No quiero nada más que seguir. No podemos renunciar)
-(Estoy podrido de todo esto. Qué, acaso te asociaste con Satanás para complicarme la vida?)
-(La vida es esa. Nuestra vida...)
-(Aceptar el castigo?)
-(Manuel, Manuel... No abuses de mi paciencia. Lo único que no podemos es huír. Andá y convencé a ese hombre. Él te puede ayudar a volver a tu mundo y continuar con la lucha que nos ha tocado en suerte.)
-(¿Suerte...?)
-(No hagamos juegos de palabras. Las opciones son dos. Sólo dos... Aceptar el desfío o... el pozo...)

Al otro día, una vez que los labios de Magdalena se apartaron de los suyos, Manuel se enteró, de haber estado unas horas inconsciente, de haber sido atendido por un médico clinico que le inyectó vitaminas, una enfermera que le hizo inhalar eflubios inconducentes, una curandera que le aplicó cataplasmas de hortigas y ventosas; todo sin ningún resultado. Que después habían ido a buscar al licenciado Giorgionne de la Policlínica, quien a su vez trajo un aprendiz de hechicero que tras recitar varias fórmulas en guaraní, logró que el paciente abriera los ojos y se pusiera de pie para comenzar la frenética actividad que en ese corto lapso de tiempo puso la máquina de Abelardo en condiciones optimas de funcionamiento tras el tendido de un grueso cable de alimentación desde el taller mecánico de la esquina, pasando por sobre los canteros de la quinta y otras operaciones que sin dudar un momento ni tituvear, había conducido, como viejo organizador de operativos de emergencia. Por eso Magda le había besado y con ello terminado de despertar, para comenzar a entender que todo lo que se había hecho, se había hecho bajo su mando y que ahora las luces de aquel engendro parpadeaban a la espera de las primeras instrucciones
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